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Menchu y Marisol, dos ondas gemelas

Las hermanas Álvarez del Valle compartían pasión por la radio y mantenían una sintonía fraternal que nunca bajó de volumen

Marisol del Valle y Menchu Álvarez del Valle, en el domicilio madrileño de la primera, en febrero de 2013.

Marisol del Valle y Menchu Álvarez del Valle, en el domicilio madrileño de la primera, en febrero de 2013.

Marisol Álvarez del Valle no solo despidió ayer a su hermana ocho años mayor, Menchu: también se fue una confidente siempre al quite, una amiga sin fisuras, y una compañera de profesión que ambas sintonizaron desde niñas. Ondas gemelas de convicciones vitales que (re)transmitieron desde guaja a Letizia Ortiz, que reinó en televisión antes de hacerlo en La Zarzuela. Y no solo como ejemplo a seguir: la Reina hizo un máster en el Instituto de Especialistas en Periodismo Audiovisual que su tía abuela, nacida en 1935, fundó en los años 90.

Ambas hermanas coincidían en dar mucha importancia a su vocación a sus padres, sobre todo a su madre, Plácida. Qué voz tenía. “Como no había televisión ni radio”, contó Marisol del Valle, “salvo una galena que se oía fatal, el entretenimiento familiar era leer en voz alta obras de teatro o poemas, y luego lo comentábamos. Era una formación divertida e interesante. Y yo, por mi cuenta, recitaba mucho a mis compañeros en el liceo asturiano. Un día, sin decirme nada, me apuntaron a un concurso de radio y lo hice fatal, se me olvidó la poesía a la mitad, pero el fracaso no me hizo daño en la vocación”.

Menchu Álvarez del Valle, en el acto de entrega de los Premios Nacionales de Radio, en 2013.

Marisol del Valle se fue en 1955 a Madrid: “Menchu era la estrella, era alguien muy importante, y yo sería siempre la última del barrio. Así que se convocó una oposición en la Voz de Madrid, me presenté y la gané. Todo cambió”. Trabajó con el mítico Bobby Deglané, quien la llamaba, con su famoso verbo florido, “la rosa de la Costa Verde”. Ambos hicieron un programa espectáculo en directo de cuatro horas en un teatro, “Todas las noches sorpresa”. Terminaban con agujetas en el diafragma de hablar tan rápido. “Colgaban carteles en la Gran Vía con fotografías nuestras a tamaño natural. Ni Sara Montiel. Pero fue duro para mí. La timidez...”. Y un día la llamó una oyente: “Hacía un calor que achicharraba, y muchísimas personas se quedaban solas en su piso. Aquella mujer estaba enferma, no tenía quién la atendiera y durante una semana no pudo levantarse de la cama. Y me dijo que la había mantenido con vida gracias a mi voz alegre y simpática, como si le dijera: sigue viviendo, te estoy acompañando. Y a partir de entonces me di cuenta de lo mucho que podía influir tu voz en los demás, y tuve muchísimo cuidado de no contaminar a la gente con ella”.

A Menchu le brillaban los ojos cuando hablaba de su hermana: “Tiene una voz maravillosa, una voz de soprano extraordinaria. Recibió clases de canto de un gran profesor, y muy claro: o cantas o hablas, le dijo, porque la impostación de voz es diferente. Y ella se decidió por la radio. Fuimos durante mucho tiempo compañeras, pero nunca competimos entre nosotras”. Aunque se llevaban ocho años, nunca se notó que hubiera diferencia de edad entre ellas: “Marisol fue siempre una niña muy madura. ¡Y pinta muy bien!”.

Marisol Álvarez del Valle, en el acto de entrega de los Premios Nacionales de Radio, en 2013.

El día que nació Marisol se la pusieron en brazos a su hermana: “Tenía unos ojos de mala uva –y además aquellos ojos negros enormes– que ni te cuento. Meca, pensé, a ver si nos vamos a llevar mal... ¿Pelusa? Bueno, algo de eso debió de haber, porque sé que una tía me llevó con ella una temporada, pero poca cosa”.

Ambas hermanas compartieron la condición de pioneras: mujeres periodistas en un mundo sintonizado por hombres. Fue justo y necesario que recibieran a la vez el Premio Nacional de Radio en 2013 a su extraordinaria trayectoria. La voz de Menchu se apagó, pero su recuerdo siempre estará en antena para Marisol. A todo volumen.

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