Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

LXXIV Temporada de ópera

“La flauta mágica” desafina con la escenografía y brilla con su música

El reparto logra una velada musical de calidad que suscitó los pateos del público por la reinterpretación de la conocida obra de Mozart

Marina Pardo, Serena Pérez y María Miró. | Julián Rus

La Ópera de Oviedo presentó ayer su nueva producción de “La flauta mágica”, de Mozart, una visión particular del director Albert Estany que decidió desplazar la acción desde el tradicional cuento de hadas con marcados guiños a la simbología e iniciación masónica hasta los entresijos de un teatro. Una propuesta que no fue especialmente bien recibida por una buena parte del público, que respondió con pateos cuando salieron a saludar el director de escena y su equipo. Fue una velada en la que primó la parte musical por encima de la escénica y, en este sentido, brillaron especialmente el Airam Hernández, Tamino; Jaquelina Livieli, como Pamina y Manel Esteve como Papageno.

En esta producción se reutilizó el decorado que la Ópera de Oviedo presentó en el programa doble de “Pagliacci” y “Una tragedia florentina”, que simula con todo lujo de detalles, a modo de espejo, la propia sala del Teatro Campoamor ovetense.

Si algo ha demostrado este título mozartiano en sus 230 años de historia es su versatilidad para adaptarse a propuestas y situaciones muy distintas, pero en esta producción el texto y la escena entran en ocasiones en conflicto por la lejanía que existe entre ambas. Son varios los personajes que resultan ambiguos por el mero hecho de que el libreto de la ópera los define en un sentido completamente distinto. También los objetos, que al igual que en los dramas de Wagner desempeñan una función muy específica, se ven alterados aquí, todo pese a la comicidad que pueda tener el uso del móvil como elemento hipnotizador en vez del carillón.

Se mantuvo aún en este segundo título de la temporada lírica la distancia de seguridad entre asientos, aunque el ambiente estaba más distendido que en los meses anteriores. Aún se escucharon pateos cuando la alocución grabada del principio llegó a la versión en asturiano.

Marina Pardo, Serena Pérez y María Miró. Tendido en el suelo, Airam Hernández | Julián Rus

En el terreno musical la función mejoró considerablemente. Airam Hernández, en el papel de Tamino, se volcó con el personaje, a veces heroico, otras ingenuo y curioso. Vocalmente estuvo acertado, cantando con seguridad, buen fraseo y proyectando sin dificultad. Un buen tándem fue el formado por Pamina y Papageno, a quienes dieron vida Jaquelina Livieli y Manel Esteve. Sus números conjuntos destacaron por el empaste de ambos cantantes y la química en escena. Livieli, que canta con gran sensibilidad, estuvo rotunda, con una voz uniforme en todo el registro, delicada pero resuelta, y con una línea vocal muy cuidada. Esteve le dio mucha personalidad a Papageno, con una interpretación entrañable pero un poco gamberra, que afrontó con naturalidad. También en el plano vocal fue uno de los más aplaudidos

La reina de la noche, tan temida por los demás personajes como por las sopranos que se enfrentan a ella por la dificultad que entraña, fue encarnada por Serena Sáenz. Aunque le puso genio, se vio desbordada por algunas agilidades en las dos arias. Tampoco la escena la ayudó. Entró en escena a prisa y corriendo cuando la partitura de Mozart la prepara con mimo.

María Miró, Serena Pérez y Marina Pardo en los roles de las tres damas hicieron una buena labor de conjunto Reinhard Hagen hizo un Sarastro con nobleza. Destacó su presencia escénica y la capacidad para afrontar el registro más grave del personaje. Lucas Macías, al frente de la Oviedo Filarmonía y el coro de la ópera de Oviedo, tuvieron un papel destacado a la hora de arropar a todos los solistas.

Compartir el artículo

stats