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Ricardo Menéndez Salmón Escritor, publica la novela “Horda”

“El hipercapitalismo en el que vivimos es rapaz y amenaza con destruirnos”

“Pertenezco a la que quizá sea la última generación que asoció la transmisión de conocimiento al libro como su contenedor de privilegio”

Ricardo Menéndez Salmón. | IRMA COLLÍN

Una sociedad donde las palabras han perdido su significado. Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971), colaborador habitual de LA NUEVA ESPAÑA y diputado de Podemos en el Parlamento asturiano, ofrece en su nueva novela, “Horda”, un futuro que parece conjugarse en presente...

–Es el drama al que apunta la novela. De tanto emplear sin sentido ciertas palabras, o con un sentido completamente interesado, las hemos vaciado de significado. Y cuando vacías una cosa, luego puedes llenarla de lo que se te antoje. También a las personas, por cierto. Al fin y al cabo, las personas somos el recipiente donde viajan las palabras empleadas de manera perversa.

–¿La política camina hacia la infantilización?

–Hay de todo, como en botica. Lo que sí le concedo es que se ha instalado una urgencia, una prisa, una necesidad por decirlo todo deprisa y ahora, y decirlo hoy, y mañana, y pasado mañana, que por supuesto no favorece la madurez de los discursos. Enric Juliana lo ha expresado mediante un aforismo admirable: “España genera más política de la que puede digerir”.

–Ray Bradbury imaginó un mundo donde los libros ardían.

–Pertenezco a la que quizá sea la última generación que asoció la transmisión de conocimiento al libro como su contenedor de privilegio. Quizá por ello siento que la destrucción del libro lleva aparejada la destrucción de la palabra, y con la destrucción de la palabra, la muerte de la civilización. Es posible que sea una versión reduccionista, pero me cuesta abandonar la idea de que palabra-libro-humanidad forman un continuo.

–El reciente apagón de Facebook y Whatsapp dejó a millones de personas virtualmente mudas, sordas y ciegas.

–Pensé mucho en “El silencio”, la última novela de Don DeLillo, cuando sucedió el apagón. Y cómo su pronóstico, el hecho de que la tecnología nos hace paradójicamente vulnerables, se cumplió ese día de modo fascinante. Digo fascinante porque esa obra de DeLillo muestra por enésima ocasión el poder de la novela para interpretar el mundo como ninguna otra disciplina humana.

–¿Vamos hacia un mundo de robinsones encerrados en sus casas con unas gafas de 3D?

–Estamos en él hace tiempo. Nada tan contagioso como una imagen. Nada tampoco tan engañoso. “Horda” es en ese sentido una novela sobre aquello que Baudrillard llamó “el desierto de lo real”. Si la modernidad se fundó sobre la producción, la posmodernidad lo hace sobre la simulación. Y en las sociedades de la simulación nuestra identidad reposa en la apropiación de imágenes. La pregunta es qué les queda a los robinsones cuando se quitan las gafas. O dicho de otro modo, a qué realidad regresan cuando la imagen cesa.

–¿Vivimos ya experimentos de Magma, “un monumental dispositivo que emite estímulos visuales sin descanso”?

–Por supuesto: circuitos cerrados de televisión que emiten 24 horas diarias, cámaras de videovigilancia que zonifican cada centímetro cuadrado del planeta, un Internet insomne…

–¿A Dios le quedan dos telediarios si manda Magma?

–Un biólogo evolucionista, un astrofísico o un filósofo del lenguaje dirían que Dios es una hipótesis innecesaria. Creo que su muerte, en este caso, no tiene nada que ver con la dictadura de la imagen. A Dios lo retiraron de la circulación las grandes heridas en el narcisismo humano: Darwin, Marx y Freud.

–¿La literatura tiene futuro?

–La literatura es el recuento de lo que hicimos, lo que temimos y lo que perdimos. No creo que ningún futuro pueda renunciar a esos tres verbos.

–¿De qué nos vacuna la risa?

–Del exceso de solemnidad. De la creencia en las verdades únicas. Y hasta cierto punto del temor a la muerte. Yo me imagino a Epicuro en su Jardín como un hombre que reía mucho.

–¿Los monos nos recuerdan lo que fuimos o lo que seremos?

–En la novela se juega con ambos motivos, aunque no querría ir más allá, por aquello de no desvelar la trama. Yo puedo pasarme horas observando monos. Me resultan extraordinariamente sedantes.

–¿Las ideologías son rapaces?

–Pueden serlo, pero también debemos conceder que son inevitables. No hay que olvidar el doble empleo del término en Mannheim, su gran teórico. Porque hay un uso parcial de ideología como concepción privada por parte de un grupo, pero también hay una formulación general de ideología como cosmovisión de una época. A mí es esta segunda interpretación la que me interesa. Y si usted me pregunta cuál es la ideología dominante de la época, le responderé que sólo hay una: el hipercapitalismo. Y que de ahí proceden nuestros problemas. Porque el hipercapitalismo en el que vivimos sí que es rapaz. La rapacidad es su marca de agua. Y esa marca de agua amenaza con destruirnos.

–¿La pandemia nos ha dejado llenos de palabras vacías?

–Hace unos días, en el Parlamento, hablando de salud mental con el consejero Pablo Fernández Muñiz, le dije que la pandemia no inventó nuestros problemas, pero que sin duda agravó nuestras negligencias. Y que la pandemia no inventó la ansiedad que nos acecha como el más formidable espíritu de nuestro tiempo, pero que arrasó las redes de apoyo y solidaridad que nutrían la vida de tantas personas. En ese sentido, la pandemia debería servir para volver a llenar de significado palabras que hemos pronunciado durante mucho tiempo como un brindis al sol: comunidad, equidad, fraternidad.

–¿Cuál es la enseñanza moral que alberga “Horda”?

–Que debemos cuidar las palabras que decimos. Porque de lo contrario, cualquiera va a poder apropiarse de ellas para hacer que digan una cosa distinta a lo que significan.

–Lo dedica a tres niños. ¿Qué mundo les espera?

–A mis hijos los he tratado de educar siempre en dos principios irrenunciables: justicia e igualdad. Porque sin justicia e igualdad, hablar de libertad es una quimera. Y al tiempo les he intentado inculcar la idea de que son unos privilegiados, pero que los privilegios materiales, intelectuales e incluso afectivos de los que gozan, implican unos deberes. Lo que nos compromete con el bienestar son las responsabilidades que asumimos de forma colectiva. Me gustaría que el mundo que ellos forjaran con sus decisiones caminara en esa dirección. Que luchara contra la injusticia y la desigualdad.

–Una frase final de “El señor de las moscas”: “Se perdió en un laberinto de pensamientos que resultaban oscuros por no acertar a expresarlos con palabras”. Como dicen en las redes sociales, ¿comparte?

–Comparto. Me parece además que ahí se esconde una certera imagen de los poderes de la literatura, como en aquella frase de Onetti referida al estilo de Faulkner que algunos consideramos un credo: “Ese afán de decirlo todo, aunque sea imposible”.

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