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Silvia Tro Santafé Mezzosoprano, interpreta a Orsini en “Lucrezia Borgia”

“La ópera es el arte máximo porque lo tiene todo: teatro, música, voces, baile...”

“La lírica sufrió más que la hostelería y no nos llegó ninguna ayuda: tengo un compañero que tuvo que trabajar de repartidor de Deliveroo”

Silvia Tro Santafé, en el patio de butacas del teatro Campoamor. | Luisma Murias

La mezzosoprano valenciana Silvia Tro Santafé tiene una extensa carrera a sus espaldas y el verano que viene su treinta aniversario como cantante lírica. Hace tiempo que no recala en la temporada de ópera de Oviedo, donde hace ya muchos años cantó en “El barbero de Sevilla”, “Cossi fan tutte” y “Alcina”. Tenía ganas de volver y lo hace interpretando a Orsini en la “Lucrezia Borgia” de Donizetti, que se estrenará el 7 de diciembre en el teatro Campoamor.

–¿Cómo afronta el personaje de Orsini?

–Hago un papel de travestido, un papel compuesto para una mujer pero que en realidad es un hombre. Esa era una práctica muy común en el siglo XIX, que empezó Haendel, siguió Rossini y culminó Donizetti, y Bellini también lo hizo. Verdi hace algún papel travestido pero por entonces ya se había abandonado esa práctica. Donizetti lo escribió para Marietta Brambilla, que era una cantante italiana. A Maffio Orsini, Donizetti y el libretista lo retratan como un soldado leal y comprometido con Gennaro, y esa lealtad los lleva a los dos a la muerte.

–¿Vocalmente?

–Es un papel que no tiene grandes extremos. Cuando se escribió esta obra, el término mezzosoprano no existía. Se escribió para contralto, que era la voz del niño que no era soprano, alguien que hace de hombre con una voz femenina. Era todo muy flexible. No significa que tenga que estar hecho por una contralto como se entiende hoy en día, también lo puede hacer una mezzosoprano. De hecho es imposible saber qué voz tenía Brambilla, se podría hacer uno una idea por lo que ella cantaba: Arsache en “Semiramide”, de Rossini, y por lo tanto la tesitura es parecida, o el Pierotto de la “Linda di Chamounix”, que también compuso Donizeti. Brambilla no tenía muchos agudos o al menos no se sentía cómoda con ellos.

–¿Usted se ha acercado al personaje intentando recuperar las tonalidades más aproximadas al original?

–Es que en aquella época se escribía para cantantes concretos: para aquella cantante que le gustaba al compositor, para la que le decían que tenían que estrenar una ópera, y se tenían que adaptar a sus voces. Había cantantes famosas y se les hacías las obras a ellas. Era la manera de vender entradas: con el nombre de la cantante. Estaba Giuditta Pasta o María Malibrán. Rossini escribió para Marietta Marcolini la Isabella de “La italiana en Argel” o componía para la Malibrán, de la que estaba enamorado. La terminología era más flexible, cantabas en tu tesitura y si no te la cambiaban. Estrenaban en París, luego en Venecia, era otra cantante y cambiaban el aria, la adaptaban a ella. El mundo de la ópera era alta costura. Hoy en día somos más rígidos en ese sentido, todo el mundo tiene que adaptarse a la música. Se guardan las distintas versiones que se hacían entonces y de hecho de “Lucrezia Borgia” hay dos versiones distintas y las dos las escribió Donizetti. Él era bastante preciso, lo escribía todo, incluso recitativos acompañados, y quería exactamente lo que escribía.

–¿Eso facilita el trabajo del cantante o lo hace más complejo?

–Tú puedes ser igualmente creativo dentro de los límites que te impone la partitura, con los silencios, con el color de la voz, con la intensidad del sonido, con la expresión, con la intención. No solo somos cantantes, somos intérpretes.

–¿Y a veces eso se olvida?

–La parte actoral es muy importante. Salir al escenario, abrir la boca, cantar y no hacer mucho más: eso es algo que se acabó hace tiempo. Se hacía en el año 40, en los 50, tras la Segunda Guerra Mundial. Luego vino la Callas y lo revolucionó todo, porque ella hacía mucho más.

–¿Ahora se afrontan las producciones operísticas como un espectáculo popular, como una película o una obra de teatro?

–La ópera siempre fue popular, en el siglo XIX lo era y mucho desde luego, era cultura popular, nada elitista. La gente cogía una entrada para estar de pie, se llevaba la merienda e iba a pasárselo bien.

–Pues hoy todavía se piensa en la ópera como cultura para élites.

–La gente dice que es así por el precio de las entradas, pero es mentira porque las entradas de un partido de fútbol son carísimas. No es un problema de precio, es un problema de percepción. También es verdad que en aquella época no había más distracción, no tenían teatro ni cine. El teatro de prosa y la ópera eran el entretenimiento de la época. Ahora tenemos más donde elegir y ahí está la ópera en competición con otras formas de cultura. La ópera es sofisticada, una forma de arte bastante elevada pero eso no significa que no sea popular. La música es totalmente accesible. Está todo subtitulado y se está haciendo un esfuerzo para trasladar el argumento de la ópera a la actualidad. Los sentimientos y las relaciones no han cambiado con el tiempo, son los mismos.

–Ahora, con tantos estímulos, ¿la gente se sigue dejando llevar fácilmente por la energía de la música? ¿Cómo se percibe desde el escenario?

–Yo cuando voy de público a ver ópera quiero que me sorprendan, voy en una actitud vulnerable, no en plan crítico. Quiero que me emocionen, quiero desconectar del teléfono, igual que cuando leo un libro. Todas las personas que conozco, que no habían estado nunca expuestas a la ópera, la primera vez que han venido se han quedado alucinadas. La ópera es el arte máximo, porque es teatro, baile, música, voz, lo sinfónico, la prosa, la escenografía. ¡Si hasta Picasso hizo decorados para ópera! Lo tiene todo. Y es un espectáculo en vivo, sin micrófonos.

–¿Cómo está siendo esta tercera temporada en pandemia?

–Ha sido complicada, con cancelaciones, se han pospuesto cosas, siempre estás con el ay. En Viena han cancelado todo, en Munich también, en Holanda la premiere de “La Traviata” era el 5 de diciembre y piensan que no van a poder estrenar. Nosotros estamos sufriendo más que la hostelería, porque no nos han llegado ayudas de ningún tipo. Nuestro trabajo es ocasional, temporal. Muchos compañeros no han cobrado absolutamente nada durante un año y medio. Tengo un compañero que se tuvo a poner a trabajador de repartidor de Deliveroo, que no se nos caen los anillos, pero que demuestra lo maltratada que está la cultura. No solo en España, en muchos teatros de Alemania no han pagado nada por las cancelaciones, tampoco en Italia. En Francia sí. A mí me cancelaron un contrato en Marsella y me lo pagaron íntegro, pero es que en Francia la cultura está muy apoyada. En Francia es increíble, de hecho todos los artistas nos tendríamos que ir a vivir a Francia.

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