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El folklore es el nuevo pop: de Rodrigo Cuevas a C. Tangana, lo tradicional se cuela en la modernidad

“Vetusta Morla” abraza la copla y el trío de pandereteiras “Tanxugueiras” se postula para Eurovisión

El movimiento de fondo colea desde hace algunos años, y es ahora cuando se manifiesta de un modo más palmario, filtrándose en las distintas escenas, desde la más experimental hasta la más comercial. Si bien, hasta hace muy poco, guitarras eléctricas o sintetizadores podían representar la modernidad, se abren paso ahora la zanfona, la botella de anís o las voces de armonías ancestrales. Y la copla, el “cant de batre” y el corrido castellano, legados de los que los artistas se sirven para construir obras rampantes, sin temor a ser acusados de retrógrados o de rurales.

Lo observamos en artistas como C. Tangana, “Vetusta Morla” y Amaia, que han acudido a los legados tradicionales en sus nuevos trabajos, si bien llueve sobre mojado, en un escenario previamente sembrado por creadores que concibieron su idea de modernidad mirando hacia atrás y hacia adentro: desde el un día cantautor indie gijonés Nacho Vegas hasta la misma Rosalía con su jondo de vanguardia y sus polifonías litúrgicas. De ahí, al folk de la Alcarria de “Los Hermanos Cubero”, el music hall con raíces asturianas (lengua incluida) de Rodrigo Cuevas, el neoflamenco de la catalana María José Llergo, los palos tradicionales con tratamiento de shock electrónico de “Maria Arnal i Marcel Bagés”, el rock andaluz (y andalusí) de “Califato ¾”, las eurovisivas pandereteiras de “Tanxugueiras”, las coplas y saetas psicodélicas del dúo madrileño “Ruiseñora”, el canto ancestral venido del futuro de la mallorquina Joana Gomila y la menorquina Anna Ferrer... Esto es un no parar, y lo que vendrá.

Rodrigo Cuevas

Está claro que “se han perdido los complejos y los prejuicios”, y que “ya no da vergüenza trabajar con materiales tradicionales”, observa Francesc Viladiu, director del veterano festival “(a)phònica”, de Banyoles, centrado en la voz. En su opinión, manda ahora “la búsqueda de la singularidad y del producto de kilómetro cero, que se manifiesta en la música del mismo modo que en el comercio o la comida”. El mayor adiestramiento de los músicos jóvenes del ámbito popular respecto a sus mayores, donde dominaba el amateurismo, es otro factor.

Marisa Valle Roso Bernardo Baragaño

Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de música tradicional? Porque, veamos, ¿qué música está exenta de pasado? Quizá solo se trata de ver dónde se sitúan las raíces: el rock y el pop no son entes abstractos o flotantes, sino construcciones anglosajonas que absorbieron señales del folk irlandés, el country o la herencia africana palpable en el blues y el góspel. Pero la denominación de origen parece no existir cuando una expresión se convierte en hegemónica y global, y el acento connotado tan solo se dispensa a “los otros”, a los que quedan fuera de la foto.

Ahí se sitúa la reflexión de Edi Pou, miembro del aventurero dúo “Za!” “Es como cuando se popularizó la etiqueta de ‘músicas del mundo’, como si las músicas anglosajonas no fueran de este mundo, cuando si vas hacia atrás seguramente llegarás hasta los trovadores ingleses”, observa. Ve cierto agotamiento del canon pop-rock. “La cultura anglo está en un ciclo de decadencia y la sociedad se abre a otras influencias. Hace un tiempo fueron las músicas de culturas lejanas, y ahora se mira a la tradición propia”, añade el músico , quien apunta a la tendencia al kilómetro cero y a “la reivindicación de lo local”.

Anabel Santiago Xurde Margaride

En realidad, el título de este artículo entraña una redundancia: la palabra folklore alude al carácter popular, de donde procede la forma pop. ¿Hablamos de lo mismo, entonces? Sí en su naturaleza originaria, si bien cada etiqueta ha desarrollado significados distintivos. Como apunta Edi Pou, “en el folk pesan la colectividad y el asociacionismo”, mientras que el pop va asociado “a la producción industrial y a la creación de ídolos”. En el folklore son más importantes las canciones (concebidas para ir de boca en boca) que los artistas y las estrellas, si bien está por ver si, en este nuevo orden en que se celebra lo más enraizado, los creadores sabrán apañárselas para que sus composiciones sigan vivas dentro de un siglo, o más, del mismo modo que el catálogo que les precede.

Post-folk: la revolución de los hijos de la tradición asturiana

El dúo "L-R", Leticia Baselgas y Rubén Bada.

El siglo XXI llegó a la música tradicional asturiana con el éxito casi planetario del gaitero de Villaviciosa José Ángel Hevia, que vendió más de dos millones de copias con su disco “Tierra de nadie”. Hevia, un virtuoso de la gaita conocedor en profundidad de la tradición, revolucionó el género no solo en lo musical, también lo digitalizó con la gaita electrónica multitímbrica. Los músicos de la escena asturiana actual no se han olvidado de seguir revolucionando la tradición, y siempre desde un profundo conocimiento de las esencias.

Es el caso de Marisa Valle Roso –que justo hoy publica su nuevo disco, “Lo fugaz”, que estrena mañana, sábado, en la Laboral– y de Anabel Santiago, dos jóvenes reinas de la tonada que han sabido abrir nuevos caminos. Valle Roso reconfigura la tonada en algunos temas de su último trabajo, lo mismo que hacía Santiago con el LP de 2018 “Y_andá”, con el que “electronizó” muchos géneros con la ayuda del músico Fruela 757. Deslumbrante fue el trabajo “Manual de cortejo” (2019), de Rodrigo Cuevas, con Raül Refree, también en la misma línea de subvertir la tradición folklórica desde el conocimiento profundo del cancionero. Y no menos interesantes es la labor musical que están desarrollando en los últimos años el dúo “L-R”, formado por Letizia Baselgas (voz y pandereta) y el multiinstrumentista Rubén Bada. Su último trabajo, recién editado, lleva por título “N.O.S.” Se presentan como un grupo “post-folk”, término que bien podría extenderse a todos los mencionados.

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