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Asturias exporta talentos

Alberto Valcárcel: “Los asturianos no saben bien lo modernos que son”

“Somos capaces de sentirnos a la vez muy asturianos, muy españoles y muy europeos sin que eso suponga ningún conflicto”

Alberto Valcárcel. Alberto Valcárcel.

ALBERTO VALCÁRCEL (Madrid). El avilesino Alberto Valcárcel es un diseñador de vestuario de cine y televisión tres veces nominado al “Goya” por “Tarde para la ira”, “Paradise Hills” y, en este momento, por “El amor en su lugar”. Entre sus trabajos más destacados están los diseños para “Superlópez”, “A quién te llevarías a una isla desierta”, “Antidisturbios”, “La zona”, “Olmos y Robles” y “Los reyes de la noche”. 

Alberto Valcárcel.

El diseñador de vestuario de cine Alberto Valcárcel comenzó a hilvanar su fructífera carrera para la pantalla de forma inesperada: “Un cortometrajista avilesino me pidió opinión sobre su corto. Yo me di cuenta de que al personaje la ropa que llevaba no le representaba. Y para su siguiente trabajo me llamó para colaborar con el vestuario”.

Y así empezó todo. A las puertas de una ceremonia de los “Goya” que quizá reconozcan su magnífico trabajo para la película “El amor en su lugar” (dirigida por Rodrigo Cortés, un talento en constante progreso internacional), Valcárcel recuerda la Asturias de su infancia como “un sitio oscuro y lluvioso, la sensación de llevar los zapatos mojados, paraguas negros, verdín y musgo, pero también el viento de las castañas, que me parece la sensación más agradable del mundo. Tengo la sensación de que toda mi infancia transcurrió en invierno y mi adolescencia en verano, en la playa y zanganeando en Santa María del Mar y Arnao y las noches en verbenas de prao. Yo era como la vieja de las avellanas, estaba en todas”.

Pero no todo era fiesta. El mundo ha evolucionado muy rápido desde los años setenta: “Yo sufrí mucho bullying de pequeño. A veces se me hace difícil separar la mentalidad propia de aquellos años de la mentalidad típicamente asturiana, pero al ver el éxito de Rodrigo Cuevas, a quien admiro muchísimo, me doy cuenta de que el mundo ha cambiado, y Asturias, también. La tradición ahora es compatible con todo, y eso me gusta”.

Un dato relevante, revelador: su padre estuvo trabajando un tiempo en Estados Unidos, “y estuve allí de pequeño. Para un niño que compraba en Casa Antonio y Casa Pili entrar en enormes y modernos centros comerciales, que aquí no llegaríamos a ver hasta 20 años después, fue un viaje al futuro. Descubrí con mis propios ojos que el mundo no era homogéneo y que hay más realidades que la que uno ve de cerca”.

Otro dato que coser a su biografía: es descendiente de vaqueiros, y “es posible que genéticamente tenga predisposición a la trashumancia, aunque es mucho más probable que lo haya normalizado al verlo en mi familia como algo natural, mi padre viajaba y mi abuelo era marino. La patria es de donde eres y eso te lo llevas a donde tienes trabajo. No me siento en el exilio, siento que parte de mi forma de diseñar es porque procedo de un sitio donde se cuida la imagen y se viste bien y se aprecia más la calidad que el ser estridente, ese es mi patrimonio y de ello vivo. Como el que exporta manzana, queso o pescado”.

No es nostálgico: “Mi trabajo me hace muy feliz y eso me hace vivir fuera. Me pesa no estar en los momentos buenos y en los malos de la familia y no ver crecer a mis sobrinos; eso sí es duro. Pero me he ido a vivir a la sierra de Madrid porque se parece más a nuestro paisaje, siempre que tengo invitados pongo chorizos a la sidra y me emocionan muchísimo las gaitas y los tambores cuando me pillan por sorpresa. La casa de cualquier asturiano fuera es tan asturiana como la de cualquiera que vive en Asturias. La morriña es gallega... Eso sí, olvídate de los oricios y de las berzas, ni saben lo que son, en esta vida no se pueden tener huevos y pitinos”.

Su trabajo es “terriblemente inestable, saber aceptar los momentos inactivo fue realmente complicado, he conseguido desarrollarme como profesional haciendo cosas día y noche, entender que hay momentos de espera y que eso es natural fue un verdadero progreso”.

Recuerda, y advierte, que la mayor parte de España solo sabe de Asturias que “se come muy bien y que todo es muy verde y muy bonito, tienen una imagen bastante rural. Asturias es un sitio mucho más moderno de lo que se piensa, me atrevería a decir que los asturianos no saben bien lo modernos que son. Una cualidad que damos por descontado pero que no es tan común en otros sitios es la ética laboral. No tener palabra en Asturias es vergonzoso. Admiro que eso sea lo normal. Lo mismo me pasa con la cortesía, es parte de nuestra cultura y no nos damos cuenta de lo desagradable que es la gente hasta que no salimos”.

Quizá mirar más de cerca la realidad de otros sitios “nos hiciera sentir que nuestras peculiaridades no son impedimentos, son ventajas. La mayor parte de Asturias ama el progreso y respeta su tradición. Tenemos un nacionalismo moderno, somos capaces de sentirnos a la vez muy asturianos, muy españoles y muy europeos sin que eso suponga ningún conflicto”.

Asturias, subraya, fue ejemplar durante mucho tiempo en la pandemia, antes de que la ómicron lo pusiera todo en erupción, “hizo su trabajo y no ha presumido por ello. Sentí orgullo al ver que el mundo del que soy no anteponía las fiestas, las celebraciones y los caprichos. Tenemos prioridades y una fuerte escala de valores”.

Y si un dirigente político asturiano le pidiera consejo, llegado el caso, ¿cuál le daría como prioridad total? “En mi trabajo imagino mundos fantásticos en los que criaturas extrañas hacen cosas inverosímiles, pero soy incapaz de imaginar que algún político me hiciera esa pregunta”.

Pongámoslo más fácil. Un joven asturiano se plantea salir fuera a probar suerte. “Le diría que hay un mercado para la gente que hace las cosas bien y con rigor, pero que no se piense que ahí fuera se atan los perros con longanizas”.

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