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Nacho Vegas mueve el mundo desde Navia

El cantautor gijonés arranca en el occidente asturiano, en familia y con ovación, la gira nacional de su último disco, "Mundos inmóviles derrumbándose"

Nacho Vegas, en primer término, el viernes, en el inicio de su gira en el teatro Fantasio, en Navia. RICARDO SOLIS

Con los nervios a flor de piel el teatro Fantasio de Navia saludó ayer el inicio de la gira nacional del último disco de Nacho Vegas, “Mundos inmóviles derrumbándose”, compuesto en su mayor parte allí cerca, en Ortigueira. En familia, por la complicidad del público, y sala abarrotada, el cantautor se fue deshojando un repertorio catárquico y brutal, hasta concluir con ese himno al fondo de uno mismo que es “El Ángel Simón”.

En realidad, la muerte tuvo la penúltima palabra. “Michi Panero”, como no podía ser de otra forma, cerró la fiesta después de un sincero “presta mucho”.

Colas a la entrada del Fantasio, este viernes, en Navia. RICARDO SOLIS

A lo largo de más de hora y media hubo mucho material del ultimo trabajo, puesto en escena por una eficaz escenografía esférica de Ramón Isidoro, y bastantes apuntes de toda su discografía. Tímido y hierático, vestido de burdeos y pata de elefante, como el penúltimo concursante del festival de la canción de 1972, Nacho Vegas comenzó con “Belart”, “ Detener el tiempo” y “El don de la ternura”, donde cayeron las primeras dedicatorias para el belga que le alquiló una casa aquí y para todo el Occidente. Ya con la guitarra en mano, “La séptima ola”, decorada con colchones de mellotron, dio paso a “Ser árbol” y la versión más canónica del Nacho cantautor ecofeminista de los años “violéticos”, a la que siguió “Muerre'l branu”, la versión de John Prine que Pablo Texón, “arguyu de les lletres asturianes”, convirtió en una deliciosa balada de seronda.

El asturiano, sin reinvindicaciones explícitas, estuvo presente en todos sus parlamentos, en un amestao algo elaborado y en la adaptación de algunas letras. Mención digna y especial fue “Matar vampiros”, en la que el público ya se había soltado el pelo y el músico empezaba a sonreír bajo el flequillo del tímido incurable.

La banda al completo, encima del escenario del Fantasio, el inicio de la gira del disco "Mundos inmóviles derrumbándose", de Nacho Vegas. RICARDO SOLIS

El personal siguió viniéndose arriba con “Lo que comen las brujas” y “Hablando de Marlén”. Esta última dejó uno de los mejores momentos del recital, con la banda en estado de gracia y Nacho Vegas cantando como quien busca las palabras en esa prosodia a tientas tan suya. A su lado, el brujo Joseba Irazoki desplegaba guitarras imposibles, como un Charlot eléctrico, sacándose genialidad del error, el acople y la disonancia. Al otro extremo del escenario, en la otra guitarra, Juliane Heinemann hacía lo contrario: dulzura, sonrisa y maña. Por detrás, Hans Laguna, “una de las personas que más quiero”, y su inseparable Manu Molina, “desde el principio de los tiempos”, pusieron unas bases de golpes justos, ritmo esencial, y crecidas épicas. Ferrán Resines completó el reparto de “esa xente que hace posible las giras, eso ye lo guapo”. Entre las butacas le gritaban “¡valiente!”, que es como se saludan algunos en el chigre, y él cantaba a la otra gran muerte de su repertorio, inmortal ya pese a su reciente incorporación, la de “Ramón y sus putos y travelos”.

Todavía hubo una primera despedida con las inmensas “La gran broma final “ y “La pena o la nada” antes de esos bises que fueron del llanto a la celebración, todo un mundo en movimiento.

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