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Crítica musical: El León de Oro, una arquitectura de polifonía religiosa

El coro asturiano mociona en el Jovellanos con un repertorio marcado por el misticismo

El León de Oro, dirigido por Marco Antonio García de la Paz. | Juan Plaza

Se acabaron los carnavales, con sus excesos, y llegó el tiempo de contención y recogimiento que caracteriza a la cuaresma. Puede ser casual, pero el repertorio que el miércoles (de ceniza) presentó El León de Oro en el teatro Jovellanos parecía apuntalar el cambio de ciclo. Piezas de música religiosa y de carácter casi místico que alcanzaron lo sublime en las voces de esta coral asturiana, y es que no son muchos los coros que pueden afrontar con solvencia unas obras de estructura tan compleja cuidando todos los matices.

Los integrantes de El León de Oro arrancaron el recital -dedicado al pueblo ucraniano- con la “Misa en mi bemol mayor “Cantus Missae”“ de J.G. Rheinberger, que explora todo tipo de recursos para transmitir los afectos de cada parte: amplios registros, transición de dinámicas y cromatismos que acercan la obra al policoralismo renacentista sin perder la impronta romántica. La coral supo imprimir un aire piadoso al Kyrie, con un continuo fluir de melodías que emergían y se fundían con discreción en el entramado de voces. El Credo sonó con la solemnidad y la contundencia pertinente. Y el cierre fue un delicado Agnus Dei, que discurrió con un diálogo equilibrado de voces que hizo contener la respiración al público en su final. La riqueza de la obra de Rheinberger hizo que, a continuación, los salmos de Mendelssohn resultaran conservadores.

Tanto “Jauchzet dem Herrn, alle Weltz” como “Richte Mich Goott” presentan esa huella barroca deudora de la música de Bach. El León de Oro resolvió bien, apostando por la inteligibilidad del texto y la compensación de fuerzas en la arquitectura coral. Algo más de colorido hubo en el “Geistliches lied“ de Brahms, con un cuidado avance silábico de la melodía acompañado por el piano. Especialmente emocionante resultó el pasaje en el que las voces crecen en intensidad sobre una nota pedal en el instrumento.

El “When David Heard” de Eric Whitacre aparecía como la nota discordante del programa, por ser una obra de finales del XX; pero encajó a la perfección con el carácter del concierto y dio la oportunidad a la coral para demostrar su buen hacer con la música contemporánea. Se trata de una pieza casi programática; el inicio grave dibuja ya una atmósfera fúnebre, pero lo más sobrecogedor fue el pasaje en el que se reitera “my son” con melodías y tiempos entrecortados hasta disolver el compás para evocar el clímax del lamento. Todo confluyó en un emocionante final en el que el silencio fue progresivamente ganando espacio a la agonizante melodía. Simplemente sobrecogedor. La ovación fue prolongada y mereció como propina el bis del Kyrie.

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