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“Lagartija Nick”, jauría y maravilla

La banda granadina pone de largo la semana Saco con un concierto arrebatador, homenaje a la poesía de Buñuel y deudor del “Omega”

“Lagartija Nick”, ayer, sobre el escenario del Campoamor con imágenes de “Un perro andaluz” en la pantalla. | Miki López |  MIKI LÓPEZ

“Lagartija Nick”, ayer, sobre el escenario del Campoamor con imágenes de “Un perro andaluz” en la pantalla. | Miki López | MIKI LÓPEZ / Chus Neira

Chus Neira

Chus Neira

Oviedo

Deseó Antonio Arias que no pasen otros 31 años para volver a Oviedo después de despedirse del Campoamor con una desaforada interpretación de “Celeste”, sobre un poema de José Val del Omar, y su anhelo parecía casi incomprensible tras la hora y cuarto larga, hipnótica, arrebatadora, atemporal y extraña que la banda granadina acababa de ofrecer, construyendo un muro de rock en estado libre sobre los textos y las imágenes de Luis Buñuel, otros contemporáneos del 27 y abrazándose en el recuerdo de Enrique Morente y aquel “Omega”.

Dentro del espectáculo con el que la semana Saco inauguraba sus cine-conciertos, metidos en las síncopas y los acoples, el feedback y la distorsión, las imágenes remezcladas y hechas loop y las metáforas luminosas de aquellos autores, no había tiempo. Ni 31 años ni aquí y ahora. Antonio Arias (voz y bajo), Juan Codorníu (guitarra), Eric Jiménez (batería) y JJ Machuca (teclados) saltaron al escenario con un bucle de imágenes de “Un perro andaluz” a sus espaldas, viejos proyectores de Super8 arropando el escenario y tanta rabia como precisión y arte para tocar alto, tocar rápido y tocar hondo.

Fueron canciones de su nuevo proyecto, que será un homenaje a Buñuel, con lo que abrieron. Antonio cantaba dejándose el alma, rapsoda y agitador, con sus tres compañeros metidos dentro de una música feroz, y con la alianza incombustible entre su bajo y la batería de Eric Jiménez, tan inagotable como gozosa mientras los obispos de “La edad de oro” volvían a pudrirse en la pantalla del Campoamor.

Las imágenes y el repertorio fueron tocando el imaginario de aquella generación sublime. Fuera Nueva York o Lorca, el cuarteto estaba entregado, dijeron, a las fuerzas telúricas de ese escenario, del viejo teatro, que abrazó las derivas del grupo: de los sonidos más duros del rock a las lisergias o las cabalgadas asincompadas donde el flamenco empezó a colares por el escenario hasta ser río. Se cantó a la guerra. Primero en los textos de los poemas, el verso de “el mayor espectáculo del mundo”, luego en los tonos sombríos de un rock más oscuro y pesado sobre textos de Val del Omar y después, tras un primer aterrizaje por el repertorio de “Omega” con “Vuelta de paseo”, con “Sarajevo”, de “Los cielos cabizbajos”, el disco sobre ciudades bombardeadas que la banda sacó hace un par de años. Recordó Antonio antes al llorado compadre Jesús Arias, del que hicieron “Agonía”, y luego dijo que “la única manera de posicionarse es con las víctimas, ahí no nos equivocamos nunca”. Cantó a los amantes de Sarajevo en un tiempo medio desolador que arrastró al llanto y siguió con “Guernika”, más brutal, más allá de la progresión, más larga.

Que Oviedo tenga la peña Enrique Morente trajo al escenario a Francis Ligero, “el más flamenco de la ciudad”, celebraron, y con su guitarra española los cuatro perros andaluces encararon el fin de fiesta regresando otra vez a esa piedra angular de su carrera y de la discografía del rock patrio que es “Omega”. En esas claves de flamenco, post punk y lirismo a flor de piel se dejaron llevar y tocar con versos de Lorca y canciones como “Ciudad sin sueño”. No iban a perder la ocasión de hacer un poco más de ruido cuando el teatro pidió más y ellos volvieron, una vez más, a la jauría del rock transformada en poesía. Una maravilla.

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