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Guerra en Ucrania

De un búnker a Orihuela: el largo periplo de una mujer ucraniana para huir de la ciudad más bombardeada

Svetlana pasó una semana en un refugio de la II Guerra Mundial en Járkov - Después, cinco días en coche hasta Polonia y 34 horas hasta Alicante, en compañía de su perro Maffin, para reecontrarse con su familia

Svetlana pasea con su mascota cerca de su nuevo hogar, en una urbanización de la costa. / TONY SEVILLA

A las 5 de la madrugada del 24 de febrero Svetlana se despertó al oír fuegos artificiales que en realidad eran bombas sobre Járkov, la segunda ciudad más grande de Ucrania y la más bombardeada hasta ahora. Cogió a Maffin, su perro, y se refugió con su hijo y sus dos gatos en el metro. Después fueron a un búnker de la Segunda Guerra MundialCada dos horas sonaban las alarmas. Toque de queda desde las 3 de la tarde hasta las 6 de la mañana; es decir, quien saliera sería considerado como una diana militar. Sin tregua, muchos optaron por quedarse en este lugar diseñado para irse lo antes posible. Un solo aseo para cien personas. La temperatura era similar a la de la calle, bastantes grados por debajo de cero. Al segundo día distinguían los tipos de ataque por el sonido. Un rugido que hacía temblar las paredes y los ánimos.

Al séptimo, fueron a buscar unas cosas a su piso. La aviación rusa lanzó una bomba a solo 500 metros. Fue entonces cuando tomaron la decisión de marcharse. "Muchos siguen en el búnker", lamenta, mientras recuerda a una joven de 15 años con neumonía, un niño de seis con su madre y su abuela, una mujer de 92 y un bebé de cinco días. Era 3 de marzo, el día de su 50 cumpleaños. Tardaron cinco días en atravesar mil kilómetros por carretera hasta Polonia.

Es un genocidio porque se bombardea a civiles, aunque la propaganda rusa lo niegue

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Despedidas a los hombres, que "se quedaban para servir y proteger al país", describe. También su hijo, de 26 años. Por sus condiciones de salud, no ha hecho el servicio militar, que en Ucrania es obligatorio, pero en cualquier momento el ejército lo puede requerir. No ha manejado nunca un rifle. "Por una cuestión de supervivencia para el país, para la existencia del Estado ucraniano, es posible que empiecen a llamar a gente sin preparación", incide.

Luego, seis horas de cola para cruzar a pie la frontera. Impensable hasta entonces dejar todo atrás. En el horizonte, el reencuentro con su marido y su hija, de 20 años, que tres días antes de la guerra habían viajado a una urbanización de Orihuela Costa para visitar a familiares, con un billete de vuelta ahora incierto. Subió a un minibús de siete plazas con la única compañía de Maffin para llegar 34 horas después a su nuevo destino: Alicante. Fue la primera noche que pudo dormir acostada después de dos semanas. 

Svetlana, su sobrino Peter y su perro Maffin. / TONY SEVILLA

Ese 24 de febrero, su sobrino, Peter, que vive en la costa oriolana desde hace 8 años, se levantaba dispuesto a celebrar su 20 cumpleaños. "¿Has visto?", comentaron sus padres. Él pensó que estaban hablando de su regalo. Luego escuchó la palabra invasión, y todos entraron en shock. Si cae Járkov, será una gran pérdida para Ucrania por su carga simbólica. Situada al este, destaca por sus lazos culturales con el país vecino. Muchos, como Svetlana, tienen el ruso como lengua principal.

Se trata de estar en contra de una guerra sin más razón que un deseo fascista e imperialista

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"No es una cuestión de nacionalidades, sino de posicionarse contra la guerra más injusta del siglo XXI, sin ninguna razón aparte del deseo fascista e imperialista de intentar recuperar los antiguos territorios de la Unión Soviética", continúa el joven ruso -"y un cuarto ucraniano"-. Svetlana lo define como "un genocidio", porque "se está bombardeando a la población civil", a pesar de que "mucha gente piense que es una invención de los ucranianos", prosigue Peter. Además de provocar brechas insuperables entre familias, "Putin ha logrado lo que no pudo hacer la historia: unir a la población de Ucrania, históricamente dividida entre el este y el oeste, contra un enemigo común", opina ella.

Cada día que pasa siente culpa por haber abandonado el país. No sabe si su casa sigue en pie y afirma estar preparada para que todo esté destruido. Cuando regresen, porque "volveremos", insiste, "ayudaremos a reconstruir la ciudad más bonita de Ucrania".

Mientras, muestra en su móvil imágenes de edificios acribillados, como la "casa de la palabra", un edificio que en el 37 albergó la represión de Stalin y que se había reconvertido en residencia para escritores. "Quiero hablar de esto para que la gente entienda que lo que está ocurriendo puede suceder en cualquier país", subraya. Que hay ruiseñores que cantan encima de los fusiles y en medio de las batallas, diría el poeta, para recordar que "no estamos tan lejos de esta amenaza que supone un peligro para la seguridad europea y para toda la humanidad", concluye Peter entre referencias a la Segunda Guerra Mundial.

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