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Castros de Asturias: invertir, estudiar... y segar

El Plan Director de los Castros, conocido esta semana, incide en la necesidad de impedir que la naturaleza se coma un patrimonio arqueológico único

El arqueólogo Ángel Villa y Eduardo García, en el castro de Mohías, en Coaña. | Miki López MIKI LOPEZ

El mapa de los castros de Asturias cuenta hoy con alrededor de 300 referencias. La mayoría de esos enclaves no han sido estudiados desde el punto de vista arqueológico o lo han sido de forma muy parcial. Se trata de un inmenso patrimonio histórico al que hay que situar en el espacio temporal que va desde finales de la Edad del Bronce, durante toda la Edad del Hierro y hasta los dos primeros siglos de nuestra era, con la plena implantación del Imperio romano en las tierras del norte peninsular.

El Principado de Asturias acaba de dar un salto cualitativo de enorme trascendencia: la aprobación del Plan Director para la Gestión del Patrimonio Castreño en Asturias. Acostumbrados a que los textos administrativos naden entre dos aguas, contemporicen y tengan vocación difusa, sorprende del nuevo plan su contundencia crítica –habría que decir autocrítica– y su valentía a la hora de abordar los problemas (muchos) y las posibles soluciones (unas complejas, otras no tanto). Un primer paso para reforzar la puesta en valor de un tesoro cultural que nos singulariza y que tiene aquí, en Asturias, algunos de los ejemplos más impresionantes de la cultura castreña de la península Ibérica e, incluso, del llamado Arco Atlántico.

El plan director se centra en algunas medidas que en realidad son pura intendencia. Labores de limpieza y seguridad, también de señalización e información con paneles que faciliten la lectura de los yacimientos. Cuestiones muy básicas que, sin embargo, no se han llevado a cabo jamás en la mayoría de los castros de Asturias. Ya no se trata solo de fortalecer el atractivo turístico de estos enclaves, sino de garantizar su supervivencia.

San Chuis. MIKI LOPEZ

Segar para ver algo

Los redactores del plan director ponen ejemplos. Cuatro de ellos, muy cercanos entre sí: los castros de San Isidro y Pico da Mina (San Martín de Oscos), y los de Santa Cruz (Pesoz) y El Castelón, en Illano. “Es acción prioritaria –se señala en el documento– la recuperación del programa de siega estacional”. San Isidro es un ejemplo claro. Se trata de una fortificación romana, un campamento para albergar unidades militares cercanas a las minas de oro de la comarca. Sus murallas impresionan, y también las piedras hincadas sobre el terreno que cubren un amplio espacio de aproximación y que dificultarían cualquier posible ataque. San Isidro es espectacular... pero llegar hasta el campamento no es fácil y ahora, en primavera, la vegetación es capaz de adueñarse del paisaje y de sus piedras, de tapar literalmente la construcción. Es, salvando todas las distancias, como si dejáramos crecer la hiedra de forma incontrolada sobre la fachada de Santa María del Naranco.

Chao Samartín MIKI LOPEZ

Señalizar para no perderse

La señalización es otra asignatura pendiente que afecta a la mayoría de los castros. No tendría ningún sentido hacer un esfuerzo en todos y cada uno de los yacimientos castreños en Asturias, entre otras muchas razones porque unos se sabe que están pero poco más; otros se encuentran en espacios casi inaccesibles y buena parte de ellos se levantan en terrenos que son propiedad privada, lo que dificulta cualquier acción promotora.

El plan director reclama medidas de señalización en Los Castros (Degaña) y en el Picu’l Castro, en el concejo de Caravia. Se trata este último de uno de los castros emblemáticos de Asturias porque fue el primer castro del oriente asturiano que se excavó de forma sistemática entre 1917 y 1918 y, por tanto, un escenario pionero en las investigaciones de la Edad del Hierro en Asturias.

Hoy el castro de Caravia forma parte de un paraje en total abandono “y su reconocimiento es prácticamente imposible para personas no formadas en la materia”. Estamos ante uno de los casos más llamativos de desidia histórica. El castro que regaló la famosa fíbula del caballito, todo un emblema de la orfebrería castreña, está perdido entre la maleza.

Bajo un monte de eucaliptos malvive el castro de Doña Palla, en Peñaullán (Pravia). Es un yacimiento de “particular relevancia” en la historia de Asturias, dice el texto del plan director, pero en estos momentos ya no es que no sea visitable en condiciones mínimas de decoro, sino que el enraizamiento forestal pone en peligro las estructuras de piedra.

San Isidro MIKI LOPEZ

En el caso de Los Castros, en Degaña, un emplazamiento “de elevado interés artístico” que se encuentra bajo una densa cobertera de matorral, existe un proceso de grave deterioro como consecuencia de esa difícil convivencia entre construcciones milenarias y naturaleza astur. El Plan Director de los Castros hace hincapié en el interés del Ayuntamiento de Degaña por poner en valor este yacimiento emplazado sobre el Camino Real y que es uno de los castros localizados a mayor altura en el Principado.

Los Castros es uno de los siete yacimientos castreños que este año tendrán una partida presupuestaria de mantenimiento. Son apenas 24.000 euros, pero que saben a gloria, y lo mismo sucede con Mohías, San Chuis, Larón, Caravia y El Esteiro. Algo más de la mitad de los 297.000 euros presupuestados irán a parar al castro de Coaña para actualizar su centro de recepción de visitantes.

La Talá: saber qué es

El plan director recoge unos párrafos específicos para el castro de La Talá, en Llanes, sobre los acantilados y al lado mismo del casco urbano. Y esa especificidad nace de una situación un tanto insólita: la Arqueología no ha permitido hasta ahora establecer su filiación castreña.

Sabemos que ahí hubo un recinto fortificado, con foso y parapeto, pero en realidad nunca se han llevado a cabo excavaciones ni recuperado materiales que pudieran dar pistas concretas. El plan aconseja la ejecución de una campaña de exploración arqueológica, con apertura de sondeos y prospecciones geotécnicas. En el sexto libro de la colección La Cultura Castreña Asturiana, que LA NUEVA ESPAÑA publicó el pasado verano, se dice: “La tesis castreña se sustenta en que los indicios defensivos responden a los cánones de los castros (...) Hay una circunstancia que respalda la cronología de la Edad del Hierro, y es la ausencia de restos de cal con la que frecuentemente se revestían las construcciones medievales”.

Hay muchas otras cosas que hacer, y todas tienen verbo. El de verificar, que es poner en marcha intervenciones arqueológicas de urgencia para confirmar o no algunos yacimientos. El de actualizar, por ejemplo el inventario de castros con vistas a su incorporación al atlas castreño de Asturias. Y, muy importante, el de adquirir terrenos castreños por parte de la Administración regional. Antes se aludía a que un número importante de yacimientos castreños están en propiedades privadas, lo que genera un problema para todos. Para la Administración porque tiene las manos atadas, y para los propietarios porque su margen de actuación está sujeto a normas estrictas y por tanto también es muy limitado.

El Principado tuvo durante algún tiempo un fondo anual para la adquisición de yacimientos arqueológicos, pero los malos tiempos económicos acabaron con la iniciativa. Si en todos estos años no había dinero ni para desbrozar, como para pensar en comprar...

La Talá MIKI LOPEZ

Un impulso al mantenimiento y a la consolidación arqueológica de algunos castros asturianos supondría sin duda el aumento del número de poblados castreños que hoy tienen la declaración de Bien de Interés Cultural (BIC). Son los de San Chuis (Allande), Pendia (Boal), Coaña y Mohías (Coaña), el Chao Samartín (Grandas) y la Campa Torres (Gijón).

Campa Torres y Coaña son en la actualidad los dos únicos castros visitables a través de rutas guiadas con personal especializado. El Chao Samartín se encuentra en obras, pero sigue abierto su museo, y otros castros son visitables por libre, como los de Pendia y Mohías, San Chuis y Os Castros de Taramundi.

Y muchos otros están ahí, teselas escondidas del gran mosaico de la cultura castreña de Asturias. Se trata de acercarse a ellos, con buenas botas de monte y una mochila con lo indispensable (tampoco nos vamos al Himalaya...). El esfuerzo merece la pena.

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