A lo largo de su ya larga andadura, la Universidad de Oviedo ha contado con profesores de gran profundidad de pensamiento cuya influencia ha tenido un gran impacto dentro de España, como, sin ánimo de ser exhaustivo, han sido el ilustrado Benito Jerónimo Feijoo, los krausistas del Movimiento o Grupo de Oviedo, la escuela de derecho mercantil de mediados del siglo pasado, la de derecho internacional de la segunda mitad del mismo, la figura del filólogo Emilio Alarcos, cuyo centenario se conmemora ahora, notables químicos encabezados por José Barluenga, y bastantes otros que, no por olvido sino por necesidad de espacio, no voy a mencionar.

Sin embargo, las dos figuras más internacionales e innovadoras que ha producido la Universidad de Oviedo han sido Leopoldo Alas Clarín y Carlos López Otín. Hay un nexo que une a estas dos figuras universales, que está representado por el intento de cancelación que se ha intentado hacer sobre sus personas y sus obras, intento al fin fallido pero que ha ocasionado muy graves daños colaterales. En el caso de Clarín, como refleja Ricardo Labra en su reciente libro “El caso Alas Clarín. La memoria y el canon literario”, la animadversión que “La Regenta” había provocado en amplios sectores de la alta burguesía ovetense, la Iglesia e incluso sectores de la Universidad, opacó sus aportaciones intelectuales como profesor y su prestigio como crítico, a la vez que su doble condición de escritor y crítico dificultó su aceptación por los escritores realistas-naturalistas españoles. Pese a ello, aquello que tiene valor no periclita y hoy en día hay casi unanimidad a considerar a “La Regenta” como la obra cumbre de la literatura española del siglo XIX.

El caso de Carlos López Otín es diferente, dado que su actividad fundamental estaba restringida a las paredes del laboratorio y la exposición mediática generada por opiniones polémicas sobre su entorno social era mucho menor que la correspondiente a un escritor o un crítico, concitando una ausencia de resentimiento y una admiración prácticamente total entre sus alumnos, colegas y muchos sectores sociales donde había ejercido una importante función de divulgación de la ciencia. Sin embargo, la envidia es un vicio abominable con especial arraigo en España, donde cuando alguien no puede igualarse por arriba con otro trata de hacerlo por abajo segándole los pies, visión raquítica que conduce al fracaso colectivo, a aquel que se hunda el templo conmigo y con todos los filisteos, lo contrario de lo que es práctica en otros países como EE UU, donde pese a que también hay filias y fobias, la generalidad de los profesionales (la política es otra cosa) trata de colaborar con otros para salir ganando todos.

La envidia y el odio a la excelencia propias de los mediocres, con la plataforma masiva que proporcionan las redes sociales, han hecho que desde su entorno universitario surgiera una campaña de acoso y derribo para descalificar sus impresionantes logros científicos, que siguen ahí, incólumes, lo mismo que el afecto y solidaridad de la inmensa mayoría de los que le conocen o han oído hablar de él. Alumnos, compañeros y todo tipo de gente e instituciones científicas, lo han expresado estos días desde LA NUEVA ESPAÑA y, muchos otros, aquí y fuera, lo habían manifestado con anterioridad. Los asturianos son, por regla general, nobles y generosos, pero sus instituciones no tratan demasiado bien a los que aportan valor añadido a esta tierra. Otín y su grupo lo han dado todo por Asturias y por elevar el nivel científico de esta región, sin pedir nada a cambio. Por no pedir no han solicitado ni siquiera proyectos de investigación para no restar dinero a otros grupos, obteniendo exclusivamente sus fondos a través de convocatorias nacionales e internacionales.

Y Asturias, sus instituciones, no han estado a la altura. La Universidad no ha actuado con la prontitud y contundencia que requería el caso. Solo ahora, que la mayoría de las cosas han prescrito, se ha creado una comisión de investigación, de cuyos resultados soy escéptico, cuando debería haberse constituido desde el comienzo, a la vez que actuado por vía judicial contra la web “For better science” que propalaba la campaña, cuyo contenido llegaba en tiempo real desde Oviedo, y contra el gestor de la misma, pese a que ignoro las posibilidades de éxito de dicha acción al estar residenciada en Alemania, pero habría sido algo simbólicamente importante.

Por otra parte, los premios “Princesa de Asturias” son una idea extraordinaria que ha potenciado la imagen de Asturias, a la vez que han sido prestigiados por muchos de sus ganadores. Hemos sido muchos los que hemos firmado nuestro apoyo a López Otín en diversas ediciones, sin que los jurados hayan considerado oportuno otorgarle el Premio de Investigación Científica y Técnica. Todo es opinable, pero el jurado de un premio se ve sometido a diversos lobbys de presión y la decisión final puede ser una u otra con igual justicia o, peor aún, a veces se cometen graves despropósitos.

Cualquiera de las tres líneas de investigación principales de López Otín hubiera sido merecedora del galardón sin desmerecer de los premiados más relevantes y muy por encima de bastantes otros. Así, desde Oviedo ha liderado la contribución española al Consorcio Internacional del Genoma de Cáncer, desvelando la secuencia completa del genoma tumoral de cientos de pacientes de Leucemia Linfática Crónica. Igualmente, ha contribuido al primer análisis global de las claves moleculares y celulares del envejecimiento, definido los mecanismos moleculares que causan distintos síndromes de envejecimiento prematuro y desarrollado estrategias para su tratamiento. Ha descubierto más de 60 nuevos genes humanos y estudiado su participación en los procesos patológicos, especialmente en el cáncer. Además, ha participado en la anotación funcional del genoma humano y de otras especies de relevancia biomédica y evolutiva. En este último apartado cabe destacar su contribución en la secuenciación del genoma del chimpancé que fue considerado por la revista “Science” como el descubrimiento científico más relevante acaecido en 2005.

Si bien la grandeza de las personas está en la entrega a un proyecto de vida que mejore en alguna medida el bienestar físico, emocional o estético de los otros, el reconocimiento a esa labor y el desagravio de las injusticias recibidas no debe ser a título póstumo.