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Los investigadores captados piden apoyo para quedarse: “Venir fue una apuesta”

"Tenemos hambre de hacer grandes cosas", afirma el talento que estaba en el extranjero y que fue atraído por el Principado en diciembre con el programa "Margarita Salas"

Por la izquierda, Manuel Plaza, Francisco Calderón, Sara Fernández y María Fernández, en un laboratorio de la Facultad de Medicina. | M. G. S.

Lo mejor: volver a hacer ciencia “en casa”. Lo peor: los trámites burocráticos (como siempre).

Después de cinco meses en Asturias, ese es el balance que hacen los investigadores retornados del nuevo programa de captación de talento “Margarita Salas”. La puesta en marcha de este plan, a finales de 2021, fue una de las grandes apuestas del consejero de Ciencia, Borja Sánchez, y gracias a él pudieron regresar a la región un total de catorce investigadores de alto nivel. Trabajando ya a pleno rendimiento en los laboratorios del Principado, los beneficiarios de las ayudas aseguran que el cambio “ha merecido la pena” y que lo positivo supera a lo negativo. Eso sí, alegan dificultades para gestionar la financiación recibida (tuvieron escasos días para decidir en qué gastaban el 75% del dinero, 15.000 euros) y piden “continuidad” para sus proyectos en Asturias. “Esto que hemos hecho es una apuesta. Si no tuviésemos la ilusión de quedarnos aquí, no hubiésemos venido. Pero necesitamos apoyo. Tenemos hambre de hacer grandes cosas y de abrir nuevas líneas de investigación”, afirman cinco de los primeros catorce científicos “Margarita Salas” reunidos por LA NUEVA ESPAÑA.

Más de dos años en el extranjero. Son la fisióloga del ejercicio María Fernández del Valle, las biólogas Sonia Romero Romero y Sara Fernández Fernández, y los químicos Manuel Plaza Martínez y Francisco Calderón Celis. Todos ellos llevaban como mínimo dos años en el extranjero. María Fernández mucho más: una década en Estados Unidos. Tres de ellos son asturianos y los dos restantes, de Santander y de Cuenca, pero con conexiones con el Principado. El cántabro Francisco Calderón hizo el máster y la tesis en el departamento de Química Física y Analítica de la Universidad de Oviedo, y la conquense Sonia Romero se doctoró en Recursos Biológicos y Biodiversidad también en la institución académica asturiana. “Me gustó la Universidad de Oviedo y se presentó la oportunidad de venir”, explica Calderón, que llevaba dos años y medio en Francia.

“Ha compensado el cambio”. Los cinco “Margarita Salas” confiesan que estar en el extranjero “acaba pasando factura a nivel de salud mental”. Sobre todo, “si te vas solo”. “Yo gano ahora bastante menos de la mitad de lo que percibía en EE UU, pero creo que me ha compensado el cambio. Estoy mucho más contenta aquí”, confiesa María Fernández, que lleva más tiempo fuera que dentro de Asturias, ya que estudió en Madrid tanto la carrera de Ciencias de la Actividad Física y el Deporte como el doctorado. “Aquí puedes tener un mal día y luego irte a tomar una caña con los amigos. Allí no tienes a la familia y es una vida más focalizada en el trabajo”, expresa Manuel Plaza, que hasta este contrato estuvo trabajando tres años en Alemania. Para Sara Fernández, el covid supuso “un punto de inflexión”. “Llevaba dos años en Irlanda y estaba pensando en hacer otro postdoc allí o en otro país. Pero llegó la pandemia y pensé: ‘Me quiero ir a mi casa’”. Al poco, el Gobierno del Principado lanzó el primer plan de atracción de talento “Margarita Salas”. Aunque no descarta marcharse más adelante. “Es complicado hacer ciencia en Asturias”, admite.

Un futuro en la región. De momento, el contrato actual es por dos años, hasta diciembre de 2023. De ahí que los jóvenes científicos beneficiarios reclamen “continuidad”. “Han invertido dinero para que viniésemos. Y aquí estamos, pero no garantizan nuestra continuidad”, destaca Francisco Calderón. “El miedo que me dio cuando solicité esta ayuda era: ¿Será un parche? Cuando acabe el contrato, ¿volveré a quedarme en el limbo?”, se pregunta Sara Fernández. El gijonés Manuel Plaza pide directamente apoyo a la Universidad de Oviedo, la institución de acogida en la mayoría de los casos. “Abrimos líneas nuevas y aportamos frescura”, subraya. Mantener este talento es la única forma de que la ciencia asturiana se sitúe a la vanguardia y haya relevo generacional. “Lo que nos queda por delante es o bien optar a plazas de profesor, que salen pocas y la competencia es muy alta, o seguir echando solicitudes a todas las ayudas que se nos presenten. Ese es un trabajo adicional y que no se ve”, sostiene María Fernández.

Nuevo tratamiento para la anorexia. ¿Qué investigan el talento captado? María Fernández del Valle, gijonesa de 43 años, es licenciada en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte y estuvo seis años formándose en fisiología clínica del ejercicio en el hospital Niño Jesús de Madrid, utilizando el ejercicio físico para tratar el cáncer pediátrico o la parálisis cerebral. Tras diez años como investigadora en Estados Unidos, Fernández ha vuelto a Asturias, a la Facultad de Medicina, para incorporarse al grupo de investigación Intervenciones Traslacionales para la Salud (ITS). Su proyecto es sobre la anorexia. Lo que propone la gijonesa es estudiar esta enfermedad desde otra óptica. En concreto, estudiando en detalle la microbiota intestinal y los marcadores epigenéticos, además del efecto modulador del ejercicio de fuerza. “Las pacientes sufren una desregulación biológica importante y el mayor pico parece ocurrir tras la realimentación. Se ha visto ya que el ejercicio de fuerza individualizado en anorexia tiene una mayor aceptación de ganancia de peso y mejora la masa y la función muscular. Además, el ejercicio es capaz de promover cambios epigenéticos y en la microbiota en personas sanas y con otras enfermedades”, profundiza. Fernández agradece el apoyo que ha recibido su proyecto, ya que, asegura, “es muy difícil conseguir financiación para la anorexia”.

Cuantificar proteínas a través de los átomos. Francisco Calderón Celis es de Santander y tiene 32 años. Estudió la carrera de Química en Bilbao, pero cursó el máster y el doctorado ya en Asturias. Está en el grupo de Espectrometría Analítica y Bioanalítica (GEAB), donde se dedica al desarrollo de plataformas analíticas para la cuantificación de biomoléculas. Su línea de investigación se centra en el estudio cuantitativo de proteínas a través de sus átomos. “Las proteínas son fundamentales y están relacionadas con los procesos biológicos. Pero no solo es importante saber que están ahí sino cuántas de ellas hay. Porque eso puede ser clave para entender, por ejemplo, su influencia en una patología y para descubrir biomarcadores”, explica. Sin embargo, a día de hoy hay una limitación analítica para poder cuantificar proteínas a nivel global. El cántabro busca una solución, mediante la detección de átomos, que permitiría hacerlo de forma más precisa y directa y, sobre todo, “no específica”.

La fotoquímica se abre camino en Asturias. Manuel Plaza Martínez, gijonés de 31 años, ha vuelto a la Universidad de Oviedo, donde se licenció y se doctoró, procedente de la Universidad Técnica de Múnich (Alemania). Pertenece al grupo de Química Orgánica Sintética y Catálisis (QOSCAT), que está volcado en el desarrollo de metodologías para la síntesis de nuevas moléculas. “En mi caso, durante el postdoctorado me formé en fotoquímica (reacciones químicas promovidas por la luz), que es un tema muy candente a nivel global y del que se está publicando mucho. Son técnicas amigables con el medio ambiente, menos tóxicas, y con potencial para desarrollar moléculas con aplicación farmacéutica”, detalla. Esta novedosa línea de trabajo no existía, según asegura Plaza, en la Universidad de Oviedo. “Al final un investigador postdoctoral busca hacer algo único y mi meta ahora es transferir ese conocimiento en Asturias”, comenta.

ADN ambiental para evaluar las poblaciones de salmón o anguila.

Sara Fernández Fernández, ovetense de 31 años, es bióloga y, tras dos años en Irlanda, ha regresado al grupo de investigación ARENA en el que se doctoró. “La mayoría de las líneas están relacionadas con la gestión de recursos naturales. Mi investigación se centra en los ríos. Utilizo técnicas de ADN ambiental para evaluar las poblaciones piscícolas. El caso del salmón o la anguila europea, por ejemplo. También uso biomarcadores como los macroinvertebrados”, detalla. El objetivo final, añade, es mejorar las técnicas de monitorización, ya que las actuales (como las de tipo visual o la colocación de trampas de insectos) son más costosas y requieren conocimientos taxonómicos. “La técnica del ADN ambiental está ahora en auge pero no se había aplicado a los ríos hasta que empecé la tesis. Todas tienen sus limitaciones, pero esta no es intrusiva, no molesta a los organismos, y es más rápida”, apunta.

Corales de profundidad. Sonia Romero Romero, de 33 años y natural de Cuenca, es licenciada en Ciencias del Mar y doctora en Recursos Biológicos y Biodiversidad por la Universidad de Oviedo. Después de dos años de estancia posdoctoral en Hawái, asegura que la “apetecía” regresar a España y surgió la oportunidad de las ayudas “Margarita Salas”. Se ha incorporado al Instituto Español de Oceanografía, del CSIC, en Gijón, aunque hasta agosto estará haciendo una estancia en Francia. “El objetivo de mi proyecto –señala– es profundizar en el estudio de la ecología trófica del coral de profundidad ‘Lophelia pertusa’ y analizar su plasticidad trófica comparando ejemplares de varias localizaciones dentro del océano Atlántico y el mar Mediterráneo”. Romero explica más: “‘Lophelia pertusa’ es un coral que habita entre 200-1.200 metros de profundidad. Allí los organismos dependen de la materia orgánica producida en la capa superficial del océano. Pero esa materia es consumida a medida que desciende por la columna de agua, por lo que los ecosistemas profundos están limitados por el alimento”.

Sonia Romero.

“Tuvimos que gastar el 75% del presupuesto (15.000 euros) en solo tres días”, se quejan


A juicio de los investigadores, los contratos “Margarita Salas” son “buenos” y, sobre todo, valoran que incluya un presupuesto para la realización de un proyecto propio (en otros programas no es así). Sin embargo, los científicos describen muchas trabas administrativas en los primeros meses de vida del plan de atracción asturiano. Para empezar, la convocatoria de las ayudas se retrasó mucho, casi un año, y el plazo para la presentación de solicitudes, que incluía la redacción del proyecto, “estuvo abierto solo quince días”. A consecuencia de todo ello, los investigadores se incorporaron a sus nuevos puestos de trabajo las pasadas vacaciones de Navidad. Eso generó otro problema mayor: debieron gastar tres cuartas partes del presupuesto (15.000 euros) en cuestión de días y recién aterrizados en Asturias.

“Eso fue una locura; yo tuve tres días para decidir en qué gastar ese dinero”, indica Manuel Plaza. “No nos dejaban pasar esa cuantía para 2022, que hubiera sido lo lógico, porque nosotros realmente empezamos a trabajar en enero de este año. Además, en función del tipo de investigación que hagas, hay dinero que puedes gastar antes y otro que no”, se queja Francisco Calderón. “Son temas administrativos que no casan con los calendarios de la investigación en general. Falta flexibilidad”, opina en la misma línea María Fernández.

En el caso de Sonia Romero fue “imposible ejecutar los gastos”, por lo que “el presupuesto inicial proyectado para la realización del proyecto quedó muy reducido”. Además, se queja, “esa limitación hará inviable que pueda financiar alguna participación en congresos o el coste de la publicación de resultados en revistas de alto impacto”. Los beneficiarios de la línea junior (20.000 euros) dispondrán solo de 5.000 euros este año y de “cero” en 2023. “¿Y si necesito ir a un congreso o comprar un reactivo? ¿De dónde saco el dinero?”, protestan. Por si fuera poco, en algún caso no fue financiada la cuantía total solicitada para sus proyectos, lo que, dicen, hará más difícil culminar los experimentos.

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