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Reyes Monforte Escritora, publica «La violinista roja»

Reyes Monforte, escritora: “Asturias fue una de las primeras misiones de la espía soviética más importante”

“En la CIA se preguntaban quién demonios era esa mujer´, África de las Heras, que movía los hilos del espionaje mundial”

Reyes Monforte.

La escritora Reyes Monforte aborda en “La violinista roja” la fascinante vida de África de las Heras: “Me encontré por primera vez con ella durante el proceso de documentación de otra novela, hace ocho o diez años. Y me cautivó que una española nacida en Ceuta, en 1909, terminara siendo la espía soviética más importante del siglo XX, la española más condecorada por la URSS y una de las primeras mujeres en alcanzar el grado de coronel de la KGB. En los despachos de la CIA, la pregunta que más se escuchaba era “¿Quién demonios es esta mujer?”, porque no sabían quién era, tan solo que había una mujer que movía los hilos del espionaje mundial, frustraba operaciones secretas, encabezaba misiones imposibles, descubría secretos de Estado y dibujaba en el tablero de la Guerra Fría la amenaza de una Tercera Guerra Mundial y un ataque nuclear”.

–¿Qué experiencias vivió en la revolución de Asturias de 1934?

–Fue una de sus primeras misiones: actuar de correo con las directrices de la insurrección minera y con las claves para las comunicaciones telegráficas, así como llevar armas a los mineros. En la novela, África de las Heras se encuentra con Aida LaFuente, la Rosa Roja, la joven revolucionaria cuyo padre era el encargado de pintar los carteles y decorados del teatro Campoamor además de fundar el Partido Comunista de Oviedo. Me gustó mucho novelar esa parte de la novela que transcurre en Asturias, en escenarios como el edificio de la universidad, la Audiencia de Oviedo, la iglesia de San Pedro de los Arcos donde fue asesinada la joven Aida el 13 de octubre de 1934, la Cámara Santa de la Catedral que fue pasto de las llamas o la estación, las sublevaciones en Mieres, Langreo, Grado, Laviana, Aller, San Marín del Rey Aurelio, Pola de Lena, las fábricas de armas de Trubia y La Vega…

–¿Es un personaje muy actual? ¿Una adelantada a su época?

–Una mujer que no entendía de épocas, tan solo de ideales: los suyos, y los anteponía a todo y a todos. Dejó su impronta en el actual orden mundial.

–¿De qué estaba hecha el alma de África de las Heras?

–Del alma rusa de la que tanto escribieron Dostoievski, Tolstoi, Pasternak… De coraje, valor, ideales (discutibles o no), arrojo, templanza, frialdad, valentía; y al mismo tiempo belleza, inteligencia, ternura, glamour, misterio, secretos, sensualidad y un sentido liberal de la sexualidad…

–Se cruzó con muchos personajes históricos, ¿cuál influyó más en su personalidad?

–Quizá sería más certero preguntar cómo les influyó a ellos conocer a África de las Heras bajo cualquiera de sus identidades, ya que muchos ni siquiera sospecharan de con quién estaban en realidad, como le sucedió a Hemingway, a Orwell, a Frida Kahlo, a Trotski, a Diego Rivera, a la Pasionaria, Ernesto Guevara, Salvador Allende, a los principales espías soviéticos de la Guerra Fría, como Kim Philby, el más conocido de Los Cinco de Cambridge, o a Rudolf Abel, el famoso agente soviético que fue intercambiado en el famoso puente de Glienicke, el llamado Puente de los espías… África se codeó con el Quién es quien del siglo XX, y de todos esos encuentros salió airosa.

–¿Qué rasgos de la espía son más inquietantes?

–Su capacidad para estar en todos los acontecimientos claves del siglo XX y que nadie pudiera verla. Era una especie de matrioska de la que no paraban de salir nuevas identidades: María de la Sierra, secretaria y traductora de Trotski, subcomandante Ivonne, la operadora de radio en los bosques de Ucrania, Znoy, limpiadora en distintas misiones, María Luisa de las Heras, modista de alta costura en París y dueña de una tienda de antigüedades en Montevideo… Una mujer de mil caras, de mil identidades…

–¿Qué pensaría de ella alguien como Putin?

–¿Sobre África? Una espía leal, fría, calculadora, que no se detenía ante nada ni ante nadie, que anteponía sus ideales a cualquier lógica… Putin estaría encantado. Para ellos, es una heroína del pueblo soviético, como en su día lo fue Ramón Mercader cuando asesinó al gran enemigo de Stalin, León Trotski. Es más: África terminó sus días como María Pavlovna, instructora de la nueva generación de espías soviéticos; quién sabe si Putin estaría entre ellos.

–Como el Cid, ¿ganó batallas después de muerta?

–Se puede decir que sí. El mejor espía es aquel que nadie sabe que existe, que nadie sabe cómo es, qué idioma habla, de qué país viene, cómo habla, como mira… Y eso lo consiguió África de las Heras incluso después de muerta. No se supo nada de ella como espía soviética hasta 8 o 10 años después de su fallecimiento, ocurrido en 1988, cuando aparecieron las primeras informaciones periodísticas. Desempeñó su oficio a la perfección: nunca fue descubierta, nadie sospechó de ella, ni siquiera sufrió ninguna purga estalinista, como sí lo hicieron muchos de sus compañeros y superiores, que acabaron detenidos en la Lubianka, a Lefortovo, enviados al gulag o ejecutados.

–No llegó a ver el fin de la URSS… ¿La hubiera frustrado?

–África dice en la novela que el mejor espía sabe cuándo aparecer en escena y cuándo debe marcharse. Y ella siguió ese axioma incluso en su vida: falleció unos meses antes de la caída del muro de Berlín y de la disolución de la Unión Soviética, de la que se cumplen 30 años. No pudo ver cómo todo por lo que había luchado, es decir, la Revolución, el comunismo y la Unión Soviética, se desvanecía de la noche a la mañana. Es imposible saber cómo habría reaccionado, porque murió con 79 años, pero analizando su vida, ella siempre actuó con valentía, determinación y siguiendo sus ideales, sin entrar en si eran los correctos o no.

–A pesar de sus muchos amores, ¿solo tuvo uno verdadero?

–África renunció a todo por sus ideales: a su familia, a tener una vida normal, incluso a la memoria de su hijo muerto. No tuvo muchos amores reales porque su profesión no se lo permitía: “Esconde siempre a quien amas y nunca podrán atacar tu punto débil”, decía. Se casó tres veces: la primera con una capitán de la Legión, Arbat Gil; la segunda con el escritor uruguayo Felisberto Hernández, un reconocido anticomunista y enemigo de Stalin, como parte de una trampa de miel urdida por Moscú para conseguir que África se asentara en Montevideo y desde allí crear la mayor red de espías soviéticos que operó durante 20 años en todo el mundo; y la tercera vez, también impuesta por Moscú, con un espía soviético de origen italiano, Valentino Marchetti, cuya inesperada muerte hizo que la policía montevideana detuviera a África para tomarle declaración. Yo creo que su amor más duradero, y así aparece en la novela, fue Ramón Mercader, el guerrillero catalán que pasó a la historia como el asesino de Trotski; a los dos les unían muchas cosas: ideales, circunstancias …

–¿Cómo llega una niña bien a abrazar el comunismo?

–Rompiendo con el destino que la vida le tenía establecido. África nació el seno de una familia acomodada de militares; ella misma se casó con un capitán de la Legión con quien tuvo un hijo que murió a edad temprana. El matrimonio fracasó y se trasladó con su madre a Madrid, donde se hospedó en una pensión cuya dueña tenía un hermano, miembro del PSOE y de la UGT, que fue quien le abrió la mente a la lucha obrera. Y desde allí, a todos los escenarios importantes del siglo XX: la revolución de Asturias de 1934, la guerra civil española, ejerciendo de interrogadora en la checa de San Elías de Barcelona, donde fue captada por los servicios de inteligencia de Stalin, México donde formó parte del operativo para asesinar a Trotski , la Segunda Guerra Mundial actuando como operadora de radio soviética –violinista, así se las llamaba– en los bosques de Ucrania luchando contra los nazis, el París del Telón de Acero, la Guerra Fría, el espionaje atómico, Bahía de Cochinos, la guerra de Corea…

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