Suscríbete

La Nueva España

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Acaba de publicar el libro «Fray Pedro o la dudosa memoria. Una vida heterogénea» Enric Trillas Ruiz Matemático

“Con un niño puedes hablar de música pero no de matemáticas; algo falla en la escuela”

“Cuando asumí la presidencia, el CSIC era un organismo desmoralizado y endogámico; hoy está todo mejor, pero ha crecido demasiado”

Enric Trillas, en la sede de Oviedo de LA NUEVA ESPAÑA. | Irma Collín

Enric Trillas Ruiz (Barcelona, 1940) es una eminencia de las matemáticas. Es catedrático de Ciencias de la Computación e Inteligencia Artificial de la Universidad Politécnica de Madrid, presidió el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) entre 1984 y 1988, y dirigió el Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial. En 2006 se instaló en Oviedo para poner en marcha el Centro Europeo de Soft Computing en Mieres, clausurado en 2015. Trillas acaba de publicar el libro “Fray Pedro o la dudosa memoria. Una vida heterogénea”.

–¿Por qué una autobiografía y en conversación con Fray Pedro Compadre?

–Hacía mucho tiempo que pensaba escribir una autobiografía, pero no encontraba la manera de hacerlo. La idea de escribir una biografía típica no me atraía. Estuve dos años de profesor emérito en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Oviedo y, para ir a casa, bajaba hasta la Junta General para coger el autobús. En ese recorrido, cruzaba el campo de San Francisco y un día se me ocurrió acercarme a la estatua del santo. Leí la placa y ahí se hablaba de Fray Pedro Compadre. Me llamó la atención. Me metí en Google y empecé a interesarme por su historia. De repente se me ocurrió que dialogar con Fray Pedro podría ser una manera original de escribir la biografía. Y empecé.

–Y acabó la primera parte de una trilogía...

–Sí, la segunda parte ya la tengo escrita. Y la tercera está en curso. En la primera explico muchas cosas de Fray Pedro, todo lo que averigüé de él, pero también hablo de otros franciscanos. En parte, mi atracción por Fray Pedro surge de haber estado interesado en otros franciscanos, como Guillermo de Ockham, Roser Bacon, Ramón Llul... Filósofos, el comienzo del empirismo... Como me rechazaron seis editores el libro, cada vez que me lo devolvían, crecía. Lo volvía a leer y añadía contenido. Sobre todo, quise escribirlo, no por mi vida, sino porque hay cosas que solo recuerdo yo, que los otros que estuvieron involucrados han muerto. Y si no lo escribes, vuela.

–Está jubilado. ¿A qué se dedica ahora?

–Estoy en un libro con un compañero del País Vasco, en un artículo con unos amigos de Palermo, en otro artículo con un colega de León... Al margen de escribir esa locura de la trilogía (se ríe).

–¿Cómo ve el sistema científico español?

–Ha mejorado mucho. Piense que en el año 1969 por producción científica ocupábamos el lugar 29 en el mundo. Osea nada. Actualmente andamos por el 9 o 10. Los años de Felipe González supusieron un salto muy grande.

–¿Y la ciencia asturiana?

–No desentona, hay de todo: desde vulgaridades hasta gente muy buena.

–Desde que fue gestor hasta ahora, ¿en qué ha cambiado la investigación española?

–En que ya no es ciencia española; es ciencia como la de los demás sitios. Cuando te constriñes a un sitio, reduces. En el año 70 aún no había mucha gente que hablase inglés, que publicase en revistas internacionales... Nos hemos internacionalizado.

–¿Qué necesitamos ahora?

–Más inversión. No llegamos al 2% del PIB. Los países más desarrollados superan el 2,3. Por tanto, necesitamos dinero. Dinero bien gastado. Para malgastarlo, no merece la pena. Cuando yo llevaba un año y pico en el Consejo (el CSIC), el Ministro Maraval me dijo: ‘Oye, ¿por qué tú eres el único que me pide poco dinero?’. ‘No, Ministro –le contesté yo–, le pido aumentos constantes. No quiero gran cantidad de dinero porque no lo gastaré, quiero ejecutar el presupuesto cada año’. No sé en este momento, pero hace menos de diez años todavía había muchos organismos científicos que no ejecutaban todo el presupuesto. Eso no tiene sentido. Si te dan diez es para gastar diez, no siete.

–¿Ha mejorado el CSIC?

–Mucho. Cuando me hice cargo del Consejo, en el año 84, era un organismo desmoralizado. Durante años, el Gobierno había intentado suprimirlo, pero no lo consiguió. El CSIC no tenía dinero y algo mucho peor: era una carcasa endogámica. Osea salían unas pocas plazas y las ganaban los de la casa. Eso en el mundo de la investigación es algo horrible, un desastre. Hoy en día, la situación es muy distinta. Si alguien me preguntara de qué estoy más orgulloso de mi etapa en el CSIC, contestaría: de eliminar aquellas oposiciones, de hacer tribunales abiertos... Supongo que eso habrá empeorado, porque la endogamia hay que perseguirla continuamente, pero la entidad todavía vive de aquella renovación. Se ha mejorado mucho también en infraestructuras. Ahora bien, no sé lo que le pasará con el crecimiento que le han otorgado al meterle el Oceanográfico...

–¿Es malo?

–Cuando yo entré había 130 centros y cuando salí había 90 con diez de ellos nuevos. Ahora vuelven a estar en los 130. Hubo una cosa que el Gobierno no me dejó terminar: quise fusionar el CSIC con el CNRS francés y el CNR italiano. Sigo pensando que eso hubiese sido una gran solución.

–¿Por qué?

–Porque hubiese sido un centro del sur de Europa. Los tres tienen mucho en común. Primero, se generan de una manera parecida. Y segundo, son intercambiables.

–Acaban de cesar a la asturiana Rosa Menéndez al frente del CSIC.

–La conozco, es una persona excelente. El Consejo ha crecido de tal manera... Si me ofreciesen la presidencia no la aceptaría. Eso no puede ser obviamente: tengo 82 años. Pero es que aunque tuviese menos años, tampoco me atrevería.

–Los padres de la inteligencia artificial han sido los ganadores del premio “Princesa de Asturias” de Investigación de este año.

–Está de moda la inteligencia artificial. Nadie podría haberlo previsto en el año 82. En aquella época no había catedráticos suficientes para crear el área de Inteligencia Artificial; tuvo que ser de Inteligencia Artificial y Ciencias de la Computación.

–¿Se enseñan bien las matemáticas en los colegios?

–Nunca se han enseñado bien, porque no se viven las matemáticas. No son fáciles, pero se explican mal. Pretender que un alumno de 16 años se aficione él solito a las matemáticas... Para mi gusto habría que aprender aplicándolas. ¿A qué? A todo, las matemáticas se aplican a todo. Deberían trabajar por proyectos, pero no solo con los profesores de Matemáticas, sino con los de Física, los de Química, los de Literatura... No se hace. La enseñanza está compartimentada en asignaturas como si la vida estuviese compartimentada en materias. Con un niño de 15 años puedes hablar de música –de la suya, claro–, pero no de matemáticas. Algo falla.

Compartir el artículo

stats