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Adiós a Carlos Sierra, el gigante bohemio del último realismo asturiano

El pintor, nacido en Siero y afincado en Oviedo, fallece a los 79 años | Berta Piñán: "Fue un ejemplo de talento desbordante" | Alfonso Palacio: "Era uno de los más importantes de su generación" | Fernando Alba: "Fue compañero de fatigas, nos hicimos mucho bien"

Carlos Sierra, hace tres años, fotografiado en Latores con el Monsacro al fondo. Carolina Díaz

El pintor Carlos Sierra Cueto, un gigante por su presencia, trayectoria y ánimo creador, falleció el domingo por la mañana. Tenía 79 años y deja tras él una obra comprometida con un realismo trascendente, traspasado por la magia y la naturaleza y muy atada al dibujo que, ya desde pequeño, en su Lieres (Siero) natal sintió como una necesidad urgente. También en sus últimos meses, contaban ayer sus hijos, las acuarelas, los bocetos fueron una rutina diaria desde la residencia del Naranco donde se había trasladado. Tampoco al final, pese a todo, se olvidó de pintar ni dejó de hacerlo.

Carlos Sierra había sufrido hace cuatro años un ictus del que se fue recuperando, regresando al taller y a sus cuadros dominados, en este último tiempo, por la naturaleza. Su estado de salud se agravó, no obstante, en los últimos meses y la familia anunció ayer su fallecimiento en Oviedo, tras haber sido ingresado a principios de la semana en el hospital al empeorar su salud.

Adiós a Carlos Sierra, el gigante bohemio del último realismo asturiano

Su trayectoria, escueta en exposiciones individuales y esquiva con las convenciones del mercado del arte, reflejó ese aire bohemio y rebelde que arrastraba y que cultivó y alimentó en sus años en París y en Ibiza. Destacan, en todo caso, el homenaje que le brindó el Certamen Nacional de Pintura de Luarca en 1987, la muestra “La realidad iluminada” en el Centro de Arte Moderno Ciudad de Oviedo en 1997 y la desarrollada en Pola de Siero en 2015.

Con orígenes en la familia langreana de su abuela, donde él vislumbraba una saga mítica, en su infancia y primera juventud en Siero ya aprovechaba el papel de estraza de las compras para dibujar, como luego haría, llegado a Oviedo, con los sacos de arpillera convertidos en lienzo. En la capital asturiana encontró un hogar que, pese a las idas y venidas, nunca abandonó, amó y retrató. En Oviedo tuvo su primer contacto profesional con el dibujo, como grafista publicitario, vinculado primero a LA NUEVA ESPAÑA a través de Gisbert y mediante Manolo Brun y luego con otras agencias, que le mandaron a Madrid para perfeccionar su técnica. La medalla de oro del IV Certamen Nacional de Arte Juvenil de 1964 fue uno de sus primeros reconocimientos y le permitió viajar a Barcelona y abrazar otros aires y otros artistas. Ese reconocimiento y ese viaje lo compartió, precisamente, con un amigo inseparable, compañero y colega, que ayer evocaba su figura con cariño y pena. El escultor Fernando Alba tuvo en Carlos Sierra, "uno de los grandes amigos y compañero de fatigas en busca de lo imposible". Aquel viaje a Barcelona, decía ayer, fue "muy enriquecedor", descubriendo "sagradas familias" y "viendo las cosas en vivo". "Era un momento muy de juventud, de crecimiento, cuando las cosas se arraigan de una forma especial; también tuvimos que soportar miradas retrógradas y soportar mil historias, aunque era un orgullo transgredir", resumió Alba. En Oviedo, concluyó, los dos eran amigos entrañables que descubrían "mediterráneos en una botella de sidra o un plato de pollo": "En este universo de soledades nos hicimos mucho bien y si no nos hubiésemos tenido no sé qué hubiera sido de nosotros". Fernando Alba lamentó además que "la coyuntura asturiana, una vida artística muy dura, impidió que fuera suficientemente valorado fuera".

Adiós a Carlos Sierra, el gigante bohemio del último realismo asturiano

En aquellos años sesenta Carlos Sierra también había vivido cinco años en París, ganándose la vida como retratista en Montmartre y empapándose de existencialismo y posimpresionismo. De esas fechas (1966) son sus dos primeras exposiciones, en los Ateneos de Oviedo y de Gijón.

Su otra gran experiencia vital la tuvo en Ibiza en los años setenta, ya con pareja y con hijos. En la isla entró en contacto con las corrientes orientalistas, con el taoísmo y trató a Eduardo Úrculo, también instalado allí.

De vuelta a Oviedo, donde fijó su residencia, siguió desarrollando su obra dentro de unas coordenadas realistas alejadas, sin embargo, de la escuela del hiperrealismo español canónica. Su pintura tenía unas características personales muy destacadas, tales como la presencia de cierto dramatismo y un velo poético, la reducción de la paleta cromática, su interés por la naturaleza en forma de indagación y la reducción de los elementos para reducir la figuración a los elementos esenciales.

La consejera de Cultura, Berta Piñán lamentaba la pérdida de "un referente de su universo artístico de las últimas décadas": "Todos nos unimos al pesar de su familia y amigos por la enorme pérdida. Carlos Sierra manejó con maestría una mirada particular, siempre rica en influencias y marcada por el realismo mágico, que se aprecia en su obra. Fue un ejemplo de talento desbordante y autodidacta, que debemos reivindicar como una parte fundamental de la historia de la pintura contemporánea asturiana", declaró.

El director del Museo de Bellas Artes, Alfonso Palacio, lo definió como "uno de los artistas más importantes de su generación y el mejor representante de una tendencia, la realista, atravesada muchas veces en su caso de connotaciones poéticas, irreales y magicistas, donde el tiempo parece haberse suspendido". "Minucioso a la hora de entender su trabajo", profundizó Palacio, "la naturaleza y el paisaje urbano fueron sus dos fuentes de inspiración más importantes, detrás de los cuales supo ver y revelar al espectador la belleza que se esconde en las cosas aparentemente más humildes e intrascendentes, como lo hiciera en su día su admirado Luis Fernández. En este sentido, también fue un gran admirador de todo lo relacionado con el mundo y la cultura orientales. Pintor de una fina sensibilidad, con su muerte nos deja un gran vacío".

El crítico de arte y periodista Evaristo Arce también lo retrataba ayer como "el artista por antonomasia". "Independiente, introspectivo, rebelde con causa, bohemio sin artificios, irrepetible y único, nunca se sometió a las leyes del mercado ni a los imperativos de las tendencias. El éxito, que lo tuvo, le resultaba grato, pero sin agobios ni ansiedades. Fue popular y querido y él correspondió generosamente a esos sentimientos. Vivió para el arte y siempre pendiente de sus amigos, que fuimos muchos. Todos lloramos hoy su ausencia inesperada e irremediable".

La despedida de Carlos Sierra, como él había deseado, será sencilla y discreta. Sus hijos, Noel y Julián, lo enterrarán hoy en la intimidad familiar en el cementerio de Lieres.

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