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Rafael Reig Escritor asturiano, publica «El río de las cenizas»

"Me repele hablar de demonios interiores y otras vacuidades vanidosas"

"Nos aplaudíamos a nosotros mismos, para sentirnos mejores personas y más solidarios"

Rafael Reig

Llega el desenlace para un hombre que, en una residencia, intenta redimirse mientras la garra de la pandemia se acerca. Se acerca. Ineludible. "El río de las cenizas" (Tusquets), última novela del escritor Rafael Reig (Cangas de Onís, 1963), fluye por las aguas con las que sueña el protagonista, "un río de montaña, tributario del Guadarrama, seguramente. El cauce emocional discurre a través del tiempo, un río que fluye hacia delante y hacia detrás, igual que el de la literatura, según la célebre expresión de Eliot. También atraviesa la novela el río de la sangre: la relación entre padres e hijos",

–¿De qué forma influyó la pandemia en la novela?

–Convirtiéndose en algo ineludible, frente a lo que no podías mirar para otro lado, y eso me permitió crear una epidemia inventada, que pudiera hacer uso del humor.

–¿El drama vivido en las residencias pesará sobre nuestras conciencias para siempre?

–Lo dudo mucho, salvo en los casos de personas directamente implicadas. Me refiero a familiares y allegados a las víctimas, no a los políticos, cuya conciencia es algo conjetural. En cuanto a los demás, siempre es más agradecida la posición de víctima, ponerse a sufrir por las tragedias, que la posición de culpable, es decir, preguntarnos de qué manera hemos colaborado, por acción u omisión.

–¿Ajustar cuentas con el pasado sirve de algo?

–Aunque contar, en el sentido de relatar algo, y contar, en el sentido cuadrar las cuentas o sumar las monedas, sean el mismo verbo, son cosas distintas. Al relatar un pasado también echas cuentas, pero nunca cuadran, como nunca cuadra tampoco un arqueo de caja, que en general sólo sirve para darte cuenta de cuánto has perdido.

–¿Conoce ya el sentido de su vida?

–Ni por asomo, pero ya me da lo mismo, no soy religioso, no necesito encontrarle un sentido a mi vida. Por otra parte, ¿no sería mucho peor que tuviera sentido? Suponer que la vida tiene un sentido y que está oculto es comenzar a resbalar por ese derrumbadero que desemboca en la fe.

–¿Cómo es posible la redención?

–Hombre, si estás preso, tengo entendido que puede haber redención de pena por el trabajo. Si tienes fe, a lo mejor crees en la redención de los pecados. No es mi caso, así que no contemplo la redención. Como con el sentido, me parece que parece que somos irredentos, y mejor así.

–¿En qué momento la pandemia dejó de hacerle gracia?

–Me sigue haciendo gracia, si quieres llamarlo así, y al mismo tiempo me parece una tragedia espantosa. No sé los demás, pero soy capaz de ver cualquier cosa desde un punto de vista y otro contrario. A mí mismo también.

–¿Hay héroes a los que aplaudir en su novela?

–Espero que no, no escribo tebeos de superhéroes ni guiones para Netflix. No creo que las novelas necesiten héroes. En cuanto a los aplausos, en fin, creo que nos aplaudíamos a nosotros mismos, para sentirnos mejores personas y más solidarios.

–¿Recapitular tiene algo de capitulación?

–Toda vida es una cadena de capitulaciones, grandes y pequeñas, y al mismo tiempo de resistencias íntegras, de ambos tamaños también.

–¿Se siente mayor a sus 59 o los lleva bien?

–Aún son 58, hasta septiembre, pero lo llevo muy bien. Siempre he sido laborioso amigo de la rutina, así que me siento protegido si trabajo y si no hay muchos cambios entre un día y otro.

–¿Cómo sale el agua del pozo de sus recuerdos?

–En la memoria tenemos instalada una depuradora de aguas, siempre sale limpia, aunque con demasiado cloro de recuerdos construidos.

–¿Qué cosas reducen la velocidad y aumentan el placer de vivir?

–La rutina y el trabajo lento. Escribo a mano, estudio, juego al ajedrez, paso buenos ratos pintando acuarelas, para no hablar de los paseos por el monte.

–¿De qué le rescata la literatura?

–¿Necesito rescate, estoy secuestrado? Seamos sinceros, uno escribe porque quiere. Me repele un poco hablar de rimbombancias, de "demonios interiores" y otras vacuidades vanidosas.

–A estas alturas, ¿sabe por qué y para qué escribe?

–Es obvio que para ser leído, cosa a la que no puedo obligar a nadie. También como digo, porque me gusta.

–¿Qué le da miedo de la vejez?

–Creo que lo mismo que a todo el mundo: la incapacidad. Por eso vivo de tal manera que lo más probable es que me caiga muerto de repente.

–¿Leer vacuna contra algo?

–Me temo que no. Los nazis leían mucho, como es sabido. Si es una vacuna, será como las usamos, que te puedes volver a infecta en cualquier momento.

–¿Y ahora qué, señor Reig? ¿Ya tiene otra historia que contar?

–Estoy en ello, pero, como suelo decir, yo escribo para saber qué es lo que quería contar.

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