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Fauna

¿Mueren las abejas por la mano cruel de los ayuntamientos?

La agonía de esta especie a los pies de las tipuanas de Barcelona es un misterio aún sin resolver, aunque con tres posibles culpables

Abejas. Zeta

Opción A, esto es una fe de errores. Opción B, tomarse estas líneas como las últimas páginas de una novela de Agatha Christie, cuando todos los personajes de la obra están presentes y Hércules Poirot está a punto de desvelar quién es el culpable de la alta mortandad de abejas a finales de la pasada primavera en Barcelona y en algunas ciudades vecinas. Ustedes deciden. La cuestión es que el pasado 18 de junio se publicó en este diario una posible respuesta a esa pregunta. Muchas calles del área metropolitana estaban entonces alfombradas con pétalos de tipuana y, en mitad de ese hermoso espectáculo floral, una atenta mirada permitía descubrir con horror abejas en plena agonía y, en el peor de los casos, ya muertas. Se acusó entonces a la varroa, un ácaro (desde los cánones humanos de lo que es bello) de repugnante aspecto, como un minúsculo centollo que se agarra al dorso de las abejas y literalmente les chupa la vida. Puede, no obstante, que el asesino sea otro: ¿los ayuntamientos? Es una acusación muy gruesa que merece ser desgranada.

La situación es la siguiente. Por un lado está la ya presentada varroa. Su amenaza es sobradamente conocida. Vampiriza a las abejas en la misma colmena, incluso cuando aún no han dado su primer vuelo. Es motivo de gran preocupación entre los apicultores. Con su parasitación impiden el normal desarrollo de las abejas infectadas. Crecen atrofiadas. Se publicó en junio que su presencia entre las flores de tipuana era porque, fieles a su fama de laboriosas, salían incluso enfermas a recolectar néctar y algunas no conseguían regresar al panal. Para algunos observadores de ese fenómeno, la pregunta lógica, lanzada tal cual a las redes sociales, era si la tipuana, un árbol importado de suramérica, podía ser tóxico para la familia animal de las ‘apidae’. La respuesta científica fue que no. La confusión la podía provocar una singularidad de la tipuana, su época de floración. Cuando se visten de amarillo no hay otro árbol en flor en la ciudad, así que para los insectos recolectores de néctar aquello es un hipermercado de obligada visita. Había abundantes abejas muertas junto a los alcorques porque no podía haberlas en otro lugar. No había más árboles en flor. Como bien sabe todo detective de novela, hay que ser prudente en las deducciones.

Una pareja pasea por La Barceloneta. Joan Cortadellas

A la vista de que Poirot seguía aparentemente una pista equivocada (desde aquí se piden sinceras disculpas por el error, incluso a las varroas), Zuhari, una asociación consagrada al estudio y conservación de las abejas, se puso en contacto con este diario para señalar a otro potencial culpable, los piretroides, palabras mayores, un insecticida químico con el que durante años se ha tratado a las tipuanas para liberarlas de otro parásito, el ‘Platycorypha nigrivirga’, por decirlo vulgarmente una de tantas variedades que hay de pulgón. Al otro lado del Atlántico, donde nació la tipuana, a ese insecto que tortura los árboles con su picadura le llaman, con gran acierto como se verá, chicharrita de la espuma, porque resume muy bien el problema.

La tragedia de las tipuanas, como algún especialista ha escrito en alguna ocasión, es que lloran. El pulgón, de la familia de los áfidos, chupa la savia de los brotes más tiernos de esa especie vegetal y, en ese proceso, crea una melaza que gotea desde las ramas hasta caer, ¡ay, catástrofe!, sobre los coches aparcados en las calles y sobre los toldos de las terrazas de los bares. Fueron las quejas vecinales y de los restauradores las que en muchos municipios llevaron a usar como remedio los piretroides, resumen desde Zuhari. No se calcularon las consecuencias, añaden. Con esa solución, de paso, se envenenó indiscriminadamente a las abejas. Esa es la acusación.

Una varroa, parásito de las abejas.

Dos ayuntamientos consultados, el de Barcelona y el de L’Hospitalet de Llobregat, dos municipios con una buena presencia de tipuanas, aseguran que ya no emplean agentes químicos para la desparasitación de esos árboles, dicen que solo usan tratamientos naturales. En L’Hospitalet, por ejemplo, donde las aceras de la Granvia son en junio un espectáculo digno de ser visto, casi un cuadro impresionista, emplean técnicas de endoterapia para terminar con las plagas de pulgones, o sea, que no se rocía a los árboles con nada, se les vacuna directamente a través de la corteza del tronco dentro de los flujos de la savia y, además, con dos condiciones, solo a los árboles que realmente puedan ser problemáticos por su ubicación y, segundo, jamás en época de floración.

También desde el departamento de Parques y Jardines del Ayuntamiento de Barcelona se asegura que todo el tratamiento que se lleva a cabo para la salud de las tipuanas es con productos naturales inofensivos para las abejas. Literalmente se las lava con agua y un jabón especial. Es un buen remedio, pero no duradero. Se pueden reinfectar. Mejor solución es una que suele pasar inadvertida para los barceloneses. Los responsables del cuidado del verde urbano instalan en algunos árboles cajitas repletas con centenares de ‘Coccinella septempunctata’, o sea, mariquitas, o, si prefieren otro de sus nombres, vaquitas de San Antonio. Son un eficaz enemigo natural de los pulgones. Los devoran y, con ello, reestablecen el orden natural.

Dos mariquitas.

Esta parecerá una batalla minúscula, pero es una cuestión que cada vez será más importante en la ciudad, pues el reto climático se pretende encarar en Barcelona, entre otras medidas, con un notable incremento de la masa vegetal, una decisión, como resulta obvio, no tan simple como en principio podría parecer. El uso intensivo de una única especie, como sucedió antaño con los plátanos, puede ser contraproducente en caso de plagas. Con las tipuanas, aunque a otra escala, también ha ocurrido un poco ese error. Se han plantado hileras de ellas. En cualquier caso, lo interesante es que la gestión de esa nueva ciudad más verde deparará sorpresas.

Desde Zuhari, sin embargo, desconfían de todas esas buenas palabras. “Solo hay que ver a las abejas, agonizan con la lígula fuera, eso es un caso muy claro de envenenamiento”. La lígula, solo por aclarar conceptos, es lejanamente el equivalente a la lengua humana. Lo ideal sería llevar a cabo una autopsia de los cadáveres de algunas abejas afectadas para descubrir qué agente tóxico las hace retorcerse hasta la muerte. Eso resolvería el caso. En ausencia de ese trabajo de investigación (que alguna universidad debería lanzarse a realizar, por favor, cara a la próxima floración de las tipuanas), los responsables de Zuhari lo que han hecho es un examen minucioso de la escena del crimen. Destacan, por descartar primero la hipótesis de la varroa, que las abejas afectadas muestran un desarrollo físico correcto. Si estuvieran enfermas, dicen, no saldrían a recolectar. La agonía que sufren es larga, señal de han ingerido algo inadecuado. Refuerza esa tesis, en su opinión, el detalle de la lígula. Si fueran Guillermo de Baskerville dirían que alguien ha puesto veneno en las esquinas de los libros prohibidos. Como lo suyo es el medio natural, la sospecha es que el veneno está en las flores.

Hay, antes de terminar, un tercer posible culpable. Sí, aparece justo ahora, cuando termina el texto. Eso suele ocurrir a veces también en los relatos de Agatha Christie, datos que la autora ocultaba a los lectores, y solo Neil Simon se atrevió a criticarlo y ridiculizarlo en el guion de ‘Un cadáver a los postres’. La sospecha, en este caso, la traslada Octavi Borruel, biólogo municipal a cargo del equilibrio ecológico de algunos parques de Barcelona. Explica que otra opción es que las flores de la tipuana, cuando las temperaturas son muy altas, fermentan. La intoxicación, en este caso, sería distinta, pero intoxicación al fin y al cabo.

Tal vez la próxima primavera se pueda resolver este misterio.

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