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Entrevista

"A los niños, algunas veces hay que decirles que no, y un no rotundo"

El psicólogo Alberto Soler puso hace siete años en marcha el videoblog 'Píldoras de Psicología', en el que cada semana trata "un tema diferente relacionado con el crecimiento personal y la crianza de los hijos"

Alberto Soler, en una conferencia reciente. JAVIER ARIAS (CORTESÍA FUNDACIÓN TELEFÓNICA)

El psicólogo Alberto Soler, licenciado por la Universidad de Valencia y especialista en psicoterapia, puso hace siete años en marcha el videoblog ‘Píldoras de Psicología’, en el que cada semana trata "un tema diferente relacionado con el crecimiento personal y la crianza de los hijos".

¿La educación y la crianza interesan?

Afortunadamente parece que cada vez más. La percepción que tengo en las conferencias en las que he estado es que es un tema de creciente interés para las familias. Cada vez hay más recursos y esos recursos van de la mano del interés que muestran las familias.

¿Ese interés se corresponde con hacer luego los deberes en casa?

Sí, dentro de las limitaciones que todos tenemos. Vivimos en un entorno social y económico que es un poco hostil hacia las familias y la crianza. Por mucha motivación que tenga la familia luego en el día día hay una serie de condicionantes que nos lo ponen muy complicado. Especialmente las dificultades de la conciliación. Las familias hacen grandes esfuerzos para tratar de superar esas dificultades y compensarlas.

Solucionar los problemas de conciliación, ese entorno hostil, es muy complicado. Implica a toda la sociedad.

Los problemas que tenemos actualmente en nuestro país acerca de la educación y la crianza son un problema político. Es muy difícil hablar de estos temas y no hablar de política, de ayudas a las familias, fomento de la natalidad, permisos maternales... Hacen falta unos poderes públicos que se pongan al lado de las familias y que les den recursos para que dejemos de ser uno de los países con una tasa de natalidad más baja de Europa.

Muchas parejas y personas solas deciden no tener hijos porque les resulta imposible económicamente.

Totalmente, y con los estudios que se realizan vemos que el hecho de no tener hijos no se corresponde con un mayor hedonismo o egocentrismo de las nuevas generaciones. Esa dificultad viene de no poder reunir las condiciones económicas y materiales para poder llevar a cabo ese proyecto. De hecho, en nuestro país, las madres a las que les preguntamos, tienen menos hijos de los que les habría gustado tener.

¿La generación de padres y madres actuales se ve incapaz de darle a sus hijos todo lo que le dieron sus familias?

Eso de dar todo es relativo, cada generación da a sus criaturas lo que puede. Si pensamos en cuestiones materiales hay quienes han tenido la fortuna de satisfacer esas necesidades materiales. Pero muchas veces satisfacer necesidades o quizás deseos o caprichos materiales lo que encubre son otro tipo de necesidades que no están cubiertas, como el tiempo compartido, el ocio. Es muy complicado realmente llegar a satisfacer de una forma diligente todas las necesidades de las criaturas y todas ellas son legítimas: atención, formar parte de su vida social, el tiempo... Es muy complicado por esas condiciones que tenemos y que no lo facilitan.

El título de la conferencia que imparte ahora mismo habla de normas, límites, premios y castigos. Por partes. ¿Cuándo y cómo hay que poner normas?

[Ríe]¡Me estás pidiendo que te resuma dos horas de conferencia en una pregunta!

Los periodistas somos así.

Vamos a intentarlo. Hay que poner normas cuando sea razonable y positivo para el desarrollo de la criatura. Ése sería el resumen, la versión extendida, en la conferencia. [Ríe] Las normas y los límites son esenciales e imprescindibles para el desarrollo de los niños y niñas, pero la clave, al final, es cuándo y cómo ponerlas. No todo vale con tal de poner normas. Venimos de unos modelos que quizás están un poco escorados hacia el autoritarismo y se ha primado el cumplimiento de ciertas normas por encima de orto tipo de factores. Afortunadamente, a día de hoy tenemos información que nos dice que no es una buena idea. No basta el cumplimiento de las normas y el respeto de los límites a todo precio porque eso al final tiene consecuencias en la salud mental en la infancia. Tenemos que ser capaces de identificar en qué momento tenemos que aplicar cada una de las normas y, sobre todo, cómo hacerlo de una forma que sea respetuosa y beneficiosa para la criatura.

Hay familias a las que les cuesta mucho poner normas y límites.

Por eso hay un elemento clave a la hora de poner ciertos límites que es contemplar tres pilares: seguridad, salud y respeto. Si la conducta que está llevando a cabo la criatura implica un peligro para su seguridad o la de otra persona, un daño para su salud o la de otra persona o una falta de respeto tanto hacia él mismo u otra persona tenemos que poner límites. Ahí los límites son innegociables. Lo que está más allá de esas tres situaciones al final son preferencias o valores de cada familia que en cada momento pueden decidir si ponerlos o no. Hay que ponerlos. Lo que pasa es que a veces para no irnos a un extremo podemos caer en el otro.

¿Hay que negociar esos límites con ellos?

Depende de con qué asunto y depende de con qué edad. Por ejemplo, no podría negociar con una niña de dos años si bebe o no lejía. Es absolutamente innegociable, pero hacerlo con un hijo adolescente sobre si vuelve a las doce o a la una sí, claro. Hay que negociarlo. La imposición al final genera resistencia y todos aceptamos de mejor gana las normas en cuya elaboración hemos participado. Es una buena idea negociar en función del tema y la edad, pero aunque suene políticamente incorrecto, hay cosas innegociables: no insultes a tu abuela, no bebas lejía, no te tires por el balcón.

Los premios mal usados...

Nada en exceso, todo tenemos que ser capaces de usarlo con cautela. Siempre va a ser mejor usar un premio que un castigo para educar a una criatura. Eso no quiere decir que sean estrategias necesarias o deseables. Al final la línea que separa un reconocimiento o una recompensa de un chantaje es muy delicada. Como es tan fácil atravesar esa línea es necesario que vayamos con un poco de cautela si no acabamos en un día a día mercantilizado: "Si no haces esto, no te doy lo otro", "como has hecho esto ahora no hay tal cosa"... Es agotador.

Castigo, esa palabra que nos gusta tan poco. A veces no queda más remedio, ¿no?

A ver, la característica fundamental que tiene el castigo es que su objetivo es hacer daño a la otra persona. Esto choca mucho a las familias, pero es así. Imagina que tú haces algo que no me gusta y no quiero que lo repitas y entonces te hago daño físico o emocional para que asocies tu conducta a ese daño y que la próxima vez que tengas la tentación de llevarlo a cabo se te quiten las ganas. Es muy poco educativo porque enseña a evitar el castigo, no a cambiar la conducta. Lo que recomendamos son otras herramientas diferentes, como las consecuencias lógicas o naturales. Su objetivo no es hacer daño a la otra persona sino reparar el daño que hayan hecho y mostrar una alternativa conductual que sea constructiva. No en caliente, que no busque hacer daño... Va mucho más allá que una diferencia terminológica.

¿Les podemos pedir a ellos que decidan esa consecuencia?

Sí, nuevamente en función de la edad y de la situación. Sí, decir "vamos a ver qué podemos hacer para reparar esta situación". Recordemos que no buscamos hacer daño sino reparar el que se ha causado. Si tu hijo de siete años vuelve de casa de un amigo con un cochecito que le ha robado en el bolsillo. Pues sí, "cariño, ¿qué hacemos con esto?". Igual al niño se le ocurre escribirle una carta al amigo para pedirle perdón, devolverle el juguete...

Dedicar su paga a comprarle otro nuevo.

Por ejemplo, sí. Han partido de él y son buenas ideas. Podemos negociar esas alternativas siempre que están pactadas suelen dar mejor resultados, estimula el pensamiento crítico.

Es lo que buscamos, no obediencia a ciegas.

¡Claro! Porque a veces podemos tener criterio y a veces no. Sobre todo si vemos las cosas en caliente. Los padres no siempre tenemos la razón. Ni nosotros ni otras personas, por eso tenemos que enseñarles más a que obedezcan sí o sí que sean capaces de respetar a los demás y de tener ese pensamiento crítico.

No nos podemos olvidar de los centros educativos. Cada vez se deja más en sus manos la educación de los niños, pero luego padres y madres desautorizan a los docentes.

Sí, en ocasiones puede ocurrir, quizás por una falta de pensamiento acerca de cuál es el mejor enfoque. En última instancia estamos hablando de diferentes miembros de un mismo equipo. Estamos buscando los mismos objetivos familia y escuela, pero hay ocasiones en las que se acaban viendo como entes contrapuestos. No es frecuente, pero en ocasiones la escuela puede ver que algunas familias no están suficientemente pendientes de la educación de sus hijos o pueden culparles de algunas características que tengan las criaturas. En algunas otras ocasiones, que tampoco son frecuentes, es la familia la que culpa a la escuela del trato que se está dando a su hijo porque las cosas no las hacen como ellos consideran que deberían hacerse. Habitualmente suelen estar equivocados tanto la familia como la escuela y buscan en última instancia el bienestar de las criaturas. Lo que suele haber son problemas de comunicación. Cuanto más frecuente y más fluida sea la comunicación entre la familia y la escuela de forma más rápida se atajan estos malentendidos. Esa comunicación debe ser muy seguida y muy extensa y no sólo mediante notas, también con mensajes de texto y entrevistas periódicas.

Eso de que los niños de ahora no son como los de antes...

Los niños de ahora son exactamente iguales a los de hace decenas de miles de años cuando éramos cazadores recolectores e íbamos por la sabana buscando algo que cenar. El ADN es el mismo, lo que ha cambiado es el entorno y nos adaptamos de la forma que mejor podemos. Seguimos teniendo las mismas necesidades, aspiraciones... Ahora como en cualquier otro momento, pero cambian el momento cultural e histórico y eso cambia la percepción que tenemos. Cuando nace un niño no sabe si está en el siglo XXI o en la sabana africana. La necesidad que tiene de movimiento y actividad es exactamente la misma viva en un piso de 40 metros en un cuarto sin ascensor o de manera nómada por la selva.

¿Hay que decirles no?

Claro, sí, por supuesto, pero tenemos que intentar que en nuestro vocabulario haya otras palabras. Debemos intentar evitar que sea la palabra 'trending topic' de todas las familias y hay alternativas que pueden ser mejores, pero a veces hay que decirles que no y el no es rotundo. "No hagas esto", "no corras por una gran avenida", "no insultes a la abuela". ¿Podemos enfocarlo de una forma más constructiva? Por supuesto: "trata a tu abuela con respeto", "intenta cuidar a tus amigos", "ve cogido de la mano por la calle"... Lo podemos orientar de otras formas, pero hay veces que tenemos que ser rotundos y decir que no. Lo que pasa es que si estamos todo el día diciendo que no, el "no" que hace 427 pasa desapercibido porque es uno más. Si sólo usamos el no en aquellas ocasiones en las que realmente es importante va a destacar mucho más y probablemente tendrá mucho más efecto.

Se lo preguntaba porque a raíz de las agresiones sexuales que está habiendo entre menores...

Es una barbaridad, sí.

...algunos expertos se plantean si lo que ocurre es que el no de la chica de la que finalmente abusaron es el primer «no» serio que escuchan en su vida y no saben gestionarlo.

Tiene sentido. La cosa es que vivimos en una sociedad machista patriarcal en la que no se respeta de la misma manera el no que dice un hombre que el no que dice una mujer. Esto es así, sin tapujos ni paliativos. Que sea el primer no que escuchan, pues de manera absoluta, obviamente que no, pero muchas familias es cierto que por huir de esos modelos autoritarios pues quizás se han escorado demasiado a un lado muy permisivo en el que igual no han establecido los límites de la forma adecuada. No es fácil educar, de ahí la utilidad de este tipo de eventos. Para dar recursos, porque vamos muy despistados y para no acabar en guatemala acabas en guatepeor.

Hay un salto tan grande con cómo educaban nuestras madres o nuestras abuelas, que se basaban en lo que les enseñaban las suyas, que no sé si somos la primera generación de padres y madres que no usan ese conocimiento porque no lo comparten, porque lo consideran antiguo.

Sí que hay una parte de ruptura, pero no sé si es la primera vez que se produce. La intuición me dice que eso, cuestionar los modelos previos, forma parte de la evolución de la sociedad. En todos los conocimientos e imagino que también se produce en la familia. Es importante que aunque esté ahí esa ruptura y que los modelos que usaban nuestros padres no nos valgan hoy en día, que lo hagamos desde el máximo respeto. Tanto ellos como nosotros actuamos con los recurso que tenemos y tratando de hacer las cosas de la mejor forma posible. Otra cosa es que más adelante, con la perspectiva del tiempo, tengamos información que nos dice que quizás aquellas decisiones que tomamos no eran las mejores. Eso lo sabemos ahora, pero en aquel momento no. Tenemos que ser comprensivos y empáticos con aquellos que venían antes que nosotros, que tenían menos información y que también con la mejor de las voluntades trataron de hacer las cosas.

La última parte de la charla habla del respeto. ¿Sabemos lo que es?

Pues es un tema muy curioso, porque tradicionalmente se ha visto de una forma muy vertical, de abajo arriba. El respeto a los mayores. Pero en ocasiones se nos ha olvidado que los pequeños y las pequeñas también merecen ese respeto en la forma en la que se les trata y se les educa. Es importante señalar que el respeto nos implica a todos. No sólo hacia los mayores sino también hacia esas personitas. Especialmente hacia ellas porque no pueden defenderse y pedir ese buen trato y ese respeto que parece que queda limitado a las etapas intermedias de la vida. Si vemos el trato que se da a los niños pequeños en algunas escuelas infantiles o en algunas familias, o el trato que se les da a los ancianos en algunos centros de mayores o en algunas familias nos llevamos una impresión bastante triste. Sólo damos respeto a quienes son capaces de defenderse, pero entonces, ¿estamos respetando o estamos teniendo miedo a las consecuencias?

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