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Mercedes Arriaga Filóloga, interviene en el Congreso Internancional de la Asociación Universitaria de Estudios de las Mujeres

"Los estereotipos femeninos siguen siendo los medievales: mujeres idealizadas o absolutamente carnalizadas"

"No he visto ‘Blonde’, pero imagino por donde irán los tiros: iconos como Marilyn se leen como víctimas, es la mirada masculina o androcéntrica"

Mercedes Arriaga. | Fernando Rodríguez

Mercedes Arriaga Flórez (Oviedo, 1960) es catedrática de Filología Italiana de la Universidad de Sevilla, preside la Asociación Española de Italianistas y el año pasado fue distinguida con la Orden de la Estrella, una de las máximas condecoraciones que otorga la República italiana. Presidió la Asociación Universitaria de Estudios de las Mujeres (Audem) y ahora dirige un grupo de investigación sobre escritoras, pionero en España. Ayer intervino en el 14.º Congreso Internacional de Audem, dedicado en esta ocasión a la misoginia en la literatura y en las artes.

–La misoginia en la historia de la cultura no parecía haberse abordado muy científicamente hasta ahora.

–Nunca se había tratado. Hay historias de la misoginia bastante generales, aparte de la de Anna Caballé, y no es un tema que pertenezca al pasado. Obviamente, desde la Edad Media hasta aquí las mujeres han conseguido cuotas de igualdad, que no quiere decir igualdad real, pero pervive un retazo cultural en las imágenes que proyecta la literatura, el cine y otras manifestaciones artísticas que nos dice a los hombres y a la mujeres cómo nos representamos y cómo nos vemos en el mundo. En ese plano simbólico todavía queda mucho por hacer, los estereotipos siguen siendo los medievales: la mujer idealizada o absolutamente carnalizada, la mujer ángel o la mujer demonio, la madre o la cortesana. Hay que desmontar los mecanismos culturales a través de los que nos percibimos.

–¿Cómo?

–Una cultura que no se hace cargo de la herencia de las mujeres nos lleva a la conclusión de que las mujeres no han contribuido al progreso, que no han hecho aportaciones valiosas, y eso es falso. Lo primero que hay que hacer es estar representadas, porque si no, aunque haya una igualdad efectiva, hay una percepción sesgada porque todos los iconos son masculinos.

–A propósito de los estereotipos, ¿ha tenido ocasión de ver «Blonde»?

–No la he visto, la tendré que ver. Me imagino: el estereotipo de la rubia tonta que se deja manipular, imagino que irán por ahí los tiros. Es muy común en nuestra cultura representar a las mujeres como víctimas, como agentes pasivos, y no como agentes activos de su propia vida. Es la mirada con la que se leen iconos como Marilyn o como otros, una mirada muy masculina, o muy androcéntrica.

–En la Edad Media ya había mujeres reivindicando su espacio en la literatura y la cultura.

–A partir del Renacimiento, incluso antes, las abadesas medievales, Hildegarda de Bingen, Rosvita de Gandersheim... Ellas luchaban por tener su propio espacio en contra del poder de los obispos. La contestación hacia la cultura patriarcal misógina empieza más o menos ahí, por lo menos en nuestra cultura, y luego ya está Christine de Pizan, 1404, y el libro «La ciudad de las damas», donde escribe claramente que los libros dicen lo que dicen porque están escritos por hombres, porque a las mujeres sabemos que se nos acusa en falso, decía ella. Toda la tradición misógina de la Iglesia y de la filosofía griega insistía en las inferioridades de las mujeres, intelectual, física y moralmente, y Christine de Pizan es una de las primeras en decir que no, que todo eso no está en la naturaleza de las mujeres, y abre el debate de la querella de las mujeres que se va a prolongar hasta casi la Revolución francesa. En definitiva, se adelanta a Simone de Beauvoir, que va a decir aquello de mujer no se nace sino que se hace, que depende de cómo te socializas y que el contexto en el que creces llena de contenido tu feminidad. El engranaje de todo eso está ya en Christine de Pizan: las mujeres pueden salir de su inferioridad porque su inferioridad no es algo natural, es cultural y algo que nos atribuyen otros.

–Hay misoginia en la representación de las mujeres y en el menosprecio intelectual: a Pardo Bazán le negaron la entrada en la Academia en varias ocasiones.

–Claro, le pasó a Pardo Bazán, y primero a Gertrudis Gómez de Avellaneda. Todos los intentos que hicieron varias escritoras por entrar en la Academia fueron arrinconados, simplemente porque eran mujeres. No es un argumento científico ni intelectual, es simplemente un prejuicio.

–¿Ha habido excepciones en la historia de la literatura?

–En el Renacimiento italiano hay una serie de escritores, aliados, filóginos –así se llaman–, que en la querella de las mujeres se colocan al lado de ellas y hacen interpretaciones nuevas de textos que utilizaban los misóginos. El Renacimiento lo es en tanto y cuanto en ese momento histórico se da una cultura de colaboración, los hombres incorporan a las mujeres al sistema literario y eso produce grandes artefactos culturales. En Italia eran las mujeres poderosas las que se ocupaban de la cultura, los artistas les dedican sus obras, interpretan su pensamiento, esa colaboración hace que florezca la cultura. Eso es algo que deberíamos utilizar como argumento para nuestro presente y nuestro futuro: si hombres y mujeres colaboran podemos hacer una cultura más democrática, más inclusiva, con más sensibilidad, mejor.

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