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Lorenzo Caprile | Modista, premio de la Asociación Española de Sastrería

"Vestir de segunda mano es la forma más sostenible de hacerlo"

"Una máquina de coser es un electrodoméstico como otro cualquiera, y hasta hace nada estaba en todos los hogares"

El modista Lorenzo Caprile, ayer, en Oviedo. | Miki López

La Asociación Española de Sastrería (AES) entregó anoche en Oviedo su premio anual a Lorenzo Caprile (Madrid, 1967). El diseñador necesita poca presentación. Está entre los preferidos de las celebridades, puede presumir de una clientela fiel y sus apariciones en televisión lo han convertido en un rostro popular. Aunque no es sastre sino modista, ha ingresado en la AES como socio simpatizante, y expresa su admiración por «un gremio históricamente más organizado que el de los modistas, que somos más difíciles de poner de acuerdo».

–Conduce en Telemadrid el programa «Coser y contar». ¿La prenda que más le ha impresionado?

–Hay un montón en relación con anécdotas ligadas a la historia de Madrid o inventadas en la ciudad. Tengo debilidad por el personaje de Isabel II y ha sido maravilloso entrar en las tripas del Museo Arqueológico y ver el corsé que le salvó la vida. Ha llegado tal cual a nosotros gracias al intento frustrado de magnicidio; si no, se hubiera destruido. Es un objeto de ingeniería que habla de la Revolución Industrial, las nuevas técnicas de construcción, la máquina de coser... Habla de que las mujeres estabais encorsetadas. El «fuera los corsés» de los años veinte, lo que hizo Chanel, fue el primer símbolo de liberación de la mujer. El corsé –y yo me lo he puesto– hace una figura muy elegante, un porte majestuoso... en fin, es muy de mujer objeto. 

–La moda habla.

–La moda es el lenguaje más primitivo y universal que existe. Antes era posible decir si eras hombre o mujer viendo lo que llevabas puesto, aún se puede saber de dónde eres, en qué trabajas, si estás o no de viaje, y hasta hace poco hasta si eras del Norte –de Oviedo, de Santander o San Sebastián– o del Sur, y ya no te digo la edad... Desgraciadamente, ya no es así. En esta sociedad nuestra tan globalizada todos vestimos igual de mal, con cinco marcas globales.

–¿No es buen momento para el sector de la moda?

–La alta costura siempre gozará de buena salud. Es un show, publicidad, superlujo. Eso es para cuatro o cinco grandes casas que pueden gastarse un par de millones de euros en un desfile. Para la industria, este es un momento extraño. No hay una moda general, hablamos de tribus, de estilos... A principios de este año Letizia recicló un traje de Valentino de finales de los setenta; imagínese que Sofía apareciera en los años ochenta con un traje de María de las Mercedes.

–El vintage.

–Yo tengo una colección que no para de crecer, me visto siempre de segunda mano y soy un defensor a ultranza. Es la forma más sostenible de vestirse. Construir una prenda es complicadísimo, es una utopía pensar en que todos los procesos que requiere sean ecológicos.

–Es un maestro en la confección de vestidos de novia, pero cada vez hay menos bodas.

–Proporcionalmente se siguen celebrando las mismas. A mí, que haya más o menos no me afecta porque soy muy pequeño, soy una realidad diminuta en la moda: hago 150 trajes al año. Marcas más industriales, como Pronovias y Rosa Clará, a las que respeto mucho y para las que he trabajado, puede que sí lo noten.

–¿Ser pequeño es una ventaja?

–Para mí, sí. Nunca he creído en eso de crecer y crecer y crecer, eso no es real, y ahora los sociólogos me dan la razón, así que soy el más moderno. Crecer y crecer, ¿para qué? Te sometes a un estrés que no sirve para nada. Lo que tienes que hacer es mantener el compromiso contigo y con lo que haces, y con tu equipo, y mantenerte en una media. Si superas la barrera del sonido, no puedes mantener la calidad.

–¿Cuánta gente trabaja en su taller?

–Somos quince personas, se me van jubilando y ya vamos por la tercera generación. El próximo curso, el 2023-24, cumplimos 30 años de taller. Para mí es un orgullo, los veo irse contentos y nos reunimos una vez al año. He cumplido como empresario. 

–Habla como de una familia.

–Sí, una familia.

–¿Qué inspira sus diseños?

–La cliente que tengo delante, su físico y su personalidad. Luego, en el fondo, este trabajo es mi vida, así que todo: el Congreso de sastres, con profesionales y técnicas maravillosos; unas telas, un viaje cultural, un museo, una película, la gente por la calle, el Instagram...

–¿Anda por las redes?

–Sí, hay páginas muy buenas, archivos históricos de moda, de las revistas de moda, del «Vogue», el «Elle», de «Marie Claire»...

–Le gusta investigar.

–En cualquier profesión es obligado saber qué hicieron antes que tú. Si Balenciaga o Pertegaz o cualquier otro ya resolvió un problema, eso que me llevo, y puedo dedicarme a pensar en otra cosa.

–Ha hecho el vestuario de una obra teatral que se estrena este mes en Valladolid y un par de vestidos para la exposición «Hijas del Nilo» en Madrid.

–Cuando te gusta la ropa te gusta investigar cómo se construían las prendas. Para «Hijas del Nilo» hicimos un estudio sobre la técnica egipcia del plisado y qué material emplear para lograr el efecto más parecido al suyo. De ahí salieron dos trajes de novia para una pareja homosexual, y gustaron muchísimo. Los escenarios y las personas son diferentes, pero se trata de ropa.

–El Museo de Bellas Artes de Asturias expone un traje de Yves Saint Laurent.

–Han pasado veinte años e Yves es un genio. Está bien que se trate la ropa como una obra de arte, pero sin olvidar el contexto.

–¿Usted tiene alguna prenda fetiche?

–No es una prenda, es una mochila que me compré en el 96 en Nueva York con Iciar Bollaín, una tarde que coincidimos –yo iba a mi escuela y ella a un festival–. Ha sobrevivido a mudanzas y crisis vitales. No es de marca ni nada de eso, la meto en la lavadora.

–¿Volverá «Maestros de la costura»?

–Espero que sí, de corazón, que esto sea un intermedio dado el momento peculiar por el que pasa TVE. Ha servido para que se pierda el miedo a las chapuzas costureriles. Todo el mundo va al Leroy Merlin, cambia una bombilla, pero hay que coger un bajo, poner una cremallera, coser un botón y es un melodrama. Una máquina de coser es un electrodoméstico como otro cualquiera, y hasta hace nada estaba en todos los hogares.

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