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En los hórreos con "palla de centén" de Manolo "los chourizos saben meyor"

"Si por mí fuera no caía ni uno", dice el artesano premiado por los Amigos del Hórreo por su finura cubriendo graneros del Occidente

José Manuel Trabadelo, en plena faena, ejerciendo como «cubridor de horros». | Ángela Ferreira

A José Manuel Trabadelo (Teixeira, 1950) fue su padre, Armando, el que le enseñó a cubrir hórreos. Como antes había hecho con él mismo su abuelo, Aquilino Trabadelo López. Fue el suyo un aprendizaje natural, uno de esos saberes que no ocupan lugar porque son indispensables para la vida en la aldea.

Por eso, ahora que la Asociación Amigos del Hórreo Asturiano ha premiado su finura poniendo cubierta vegetal a un granero de la localidad de A Lleira, y le ha otorgado el "Lliño" anual de la Asociación –uno de los galardones de la entidad, en concreto el que destaca la labor artesana–, Trabadelo se acuerda de su padre y de su abuelo para dedicárselo, por haberle enseñado bien.

Hórreo de Casa Agosto, propiedad de José Manuel Trabadelo y su familia, con la cubierta que puso el pasado mes de septiembre. | Ángela Ferreira

Dicen los que le conocen que está lleno de orgullo de que alguien haya valorado su maestría con la cubrición de los hórreos con "palla de centén a veo" o lo que es lo mismo, con paja de centeno, una tradición centenaria a la que le quedan pocos sabios en el occidente astur. Un orgullo que habla de su humildad, la misma con la que hace años, cuando la comunidad vecinal de los Oscos ganó el premio al "Pueblo Ejemplar", mostró su saber hacer a los Reyes de España en el hórreo de Casa Curón, el que está al lado de la iglesia.

Trabadelo, en pleno trabajo. | Daniel Fernández García

Lo suyo son muchos años de ensayo y error. Recuerda Manolo Trabadelo que el primer hórreo que cubrió fue el de su propiedad y si se echa la suma, igual ha mejorado la vida útil de más de una veintena de graneros de su zona, a razón de una cubierta cada cuatro o cinco años. En Teixeira, Oscos, y hasta en pueblos de la comunidad vecina han recurrido a su ayuda, que él presta desinteresadamente. Dice que si por él fuera, "no caía ninguno", y que va a seguir subiéndose a cubrir hórreos "hasta que pueda". No le duelen mucho las cuatro o cinco horas que, de media, tiene que invertir en cada reparación. Y eso siempre depende "de lo grande que sea el hórreo", afirma con total lógica.

Manolo siente debilidad por los graneros. Lo siente sin que vayan prendidas, al hilo, grandes filosofías etnográficas. Para él son pieza fundamental del trabajo rural, indispensables para sacarle lo mejor a los productos del campo. Por eso mismo, no es que le gusten más o menos de centeno, de pizarra o de paja. Es, sencillamente, que "si no es de palla no vale pa dejar la carne. Os chourizos nun saben igual si nun é de palla", incide.

Otro detalle de la cubrición. | Daniel Fernández García

"Manolo tiene claro que él quiere un hórreo de cubierta vegetal porque lo usa como almacén y es ahí donde la familia siempre ha puesto a curar la carne. Y la carne no cura igual si la cubierta es vegetal que si es de louxa –pizarra–. Él te lo explica así de fácil: sin la paja no saben igual los chorizos", repite Ángela Ferreira Martínez, guía turística de la zona del Occidente y la persona que, por iniciativa propia, propuso a Manolo para el premio.

Desde hace unos meses Manolo tiene un ayudante al que pasarle su sabiduría con la paja. Que tenga claro que no le va a enseñar de precios porque Trabadelo nunca ha cobrado por lo que hace.

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