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Los mitos del catarro, desenmascarados

Tras casi tres años de pandemia de COVID perviven falsas ideas sobre las infecciones de transmisión respiratoria | El frío las facilita, pero hace falta exponerse a los gérmenes

Una mujer se aplica un pañuelo a la nariz. MARTA G. BREA

Cuando aún quedan semanas para el inicio del invierno, ya estamos en lo que algunos llaman tripledemia: triple epidemia de COVID, gripe y bronquiolitis. La locura prenavideña no augura nada bueno en cuanto a la incidencia de virus de transmisión respiratoria, con la atención primaria ya saturada. Pasados casi tres años de pandemia, y pese a las toneladas de información publicada, perviven falsas creencias y medias verdades sobre este tipo de patologías, especialmente en relación con el frío que caracteriza a esta época del año. Muchas infecciones son banales en adultos sanos, pero otras son peligrosas para bebés, mayores e inmunodeprimidos. Con opiniones de expertos trataremos de desenmascararlas para pasar mejor el primer invierno pandémico sin mascarillas obligatorias.

“No es nada, di negativo en el test de COVID”

La disponibilidad de test tápidos permite que nos podamos autodiagnosticar, y la pandemia nos puede hacer creer que lo único importante es el COVID. Sin embargo, hay más de 200 virus que pueden causar el resfriado común, siendo los rinovirus y adenovirus los más frecuentes. Cuatro coronavirus humanos –que no son el del COVID– provocan el 15% de los resfriados. El virus respiratorio sincitial (VRS) causa también resfriados en adultos sanos, pero provoca bronquiolitis potencialmente graves en bebés y mayores. El pediatra gallego Federico Martinón-Torres lo llama “el verdadero COVID-19 de los niños”, ya que 1 de cada 56 recién nacidos sanos que se infecta por VRS acaba ingresando en el hospital. De manera análoga, la gripe estacional no suele provocar demasiados problemas en adultos sanos, pero causa hospitalizaciones entre niños y mayores de 65 años. Por eso Galicia vacuna este año de la gripe a niños de entre 6 meses y 5 años. Es “una papeleta menos” de hospitalización para los pequeños, dice Martinón, y además reduce la transmisión del virus a los abuelos.

“Si me protejo del frío me libraré de los resfriados”

Tradicionalmente se tiende a pensar que caminar descalzos por un suelo frío, salir al exterior con el pelo mojado o exponernos al aire acondicionado o a otras corrientes de aire nos hace enfermar, olvidando que los gérmenes (virus o bacterias) deben entrar necesariamente en la ecuación. Sin ir más lejos, en este Mundial de Catar, la prensa deportiva ha publicado que varios jugadores españoles estaban con catarro y dolor de garganta “por el fuerte aire acondicionado”. La médico y divulgadora Esther Samper recuerda en su libro “Si escuece cura: 50 malas prácticas de salud al descubierto” que “podrías estar en la mismísima Siberia a -40 grados y con bañador que, si no estás en contacto con ningún virus, no vas a sufrir ningún resfriado. Por el contrario, podrías llevar más capas que una cebolla y coger un resfriado por estar en contacto con un virus”.

Entonces, ¿el frío no influye en estas enfermedades?

Como hemos visto y deberíamos saber por la pandemia de COVID el frío no contagia, contagian ciertos virus y bacterias, pero, ¿de qué forma y hasta qué punto los cambios bruscos de temperatura y el tiempo frío facilitan las enfermedades de transmisión respiratoria, como los catarros y las gripes? ¿Cuál es el mecanismo por el cual las bajas temperaturas nos hacen más susceptibles a estas infecciones? El epidemiólogo Juan Jesús Gestal Otero, profesor emérito de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Santiago, señala que “el frío y la sequedad disminuyen las defensas en las mucosas, lo que favorece la infección si uno se expone a los gérmenes al mismo tiempo (a veces los gérmenes ya están allí). La humedad relativa más baja y el frío disminuyen las defensas a nivel de las mucosas de la garganta y vías respiratorias”. En lo que respecta al COVID, por ejemplo, un estudio chino fijó la temperatura ideal de transmisión del SARS-CoV-2 en 8 grados.

¿De qué manera influye la humedad relativa del aire?

En cuanto a la humedad relativa, recordemos que suele ser más baja en invierno. Es importante que nuestras mucosas de la nariz y la garganta no se resequen, para lo que es fundamental beber agua suficiente, mantenerse hidratado. De esa manera expulsaremos mejor por los mocos los virus, bacterias y otros patógenos y partículas.

Además, muchos virus de transmisión respiratoria permanecen activos más tiempo en ciertas condiciones de humedad. Un reciente estudio del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), liderado por la experta mundial Lydia Bourguiba, concluyó que una humedad relativa de entre el 40 y el 60% –ni muy alta ni muy baja– se asocia a menos infecciones y muertes por COVID. Para ponerlo en perspectiva, la mayoría de las personas se sienten cómodas entre el 30 y el 50 por ciento de humedad relativa. La cabina de un avión, por ejemplo, registra cerca del 20%. Los aviones disponen de filtros de alta eficiencia (HEPA) para atrapar virus y bacterias, pero no están en funcionamiento en el embarque y desembarque, momentos de riesgo para los contagios. Las calefacciones, además, pueden hacer el aire más seco.

Al COVID, resfriados y gripes le “gustan” los interiores

Gestal apunta otra de las razones por las que las infecciones respiratorias son más frecuentes en otoño e invierno: “Se está más tiempo en lugares cerrados, lo que favorece los contagios”. Y ahí se presenta una encrucijada: la necesidad de ventilar adecuadamente y a la vez evitar el frío y no derrochar energía –en plena crisis–, algo que técnicamente es factible y está contemplado en la legislación desde hace años, pero las administraciones no abordan. “La ventilación es muy importante para disminuir la carga de gérmenes que pueda haber en el aire de un local cerrado –recalca el epidemiólogo gallego–, pero debe compatibilizarse con evitar estar expuesto a corrientes de aire y abrigarse adecuadamente”.

“Si tomo más vitamina C evitaré resfriados y gripes”

Esta es una de las falsas creencias más clásicas sobre los catarros, resfriados y gripes. Desde hace tiempo se sabe que la vitamina C no previene la gripe, ni siquiera reduce sus síntomas directos. No existe evidencia científica de que lo haga. “Los últimos estudios sobre estudios clínicos –lo que conocemos en el mundo científico como metaanálisis y revisiones sistemáticas– concluyen tajantemente que solo las vacunas producen efectos preventivos, mientras que el efecto de la vitamina C es insignificante o nulo en cuanto a los síntomas directos de la gripe”, subraya Guillermo López Lluch, catedrático de Biología Celular de la Universidad Pablo de Olavide (Sevilla). Sin embargo, este investigador en sistemas inmunológicos y antioxidantes señala, en un artículo publicado en “The Conversation”, que la vitamina C sí protege de los “daños colaterales” de la gripe, los daños oxidativos generados por la inflamación general producida tanto por la gripe como por el COVID-19. “Estos daños a largo plazo podrían estar detrás de las secuelas que se han asociado con epidemias de gripe y que acaban generando muertes prematuras incluso años después”, indica el científico.

¿Sirven para algo los suplementos vitamínicos?

López Lluch señala que para utilizar la vitamina C en la prevención del daño oxidativo de la gripe no sería necesario utilizar suplementos cuando la persona está bien alimentada, pero sí “en casos de deficiencia o en personas mayores”.

En un artículo publicado en “Investigación y Ciencia”, José Manuel López Nicolás, catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Murcia, señala que los españoles “ingerimos [en cítricos, verduras, hortalizas, fresas...] entre un 200% y un 300% más de la vitamina C necesaria, por lo que consumir complementos con este micronutriente no tiene sentido”.

La catedrática de Inmunología de la Universidad de Vigo África González, autora del libro “Inmuno Power”, suele recomendar, además de ponernos las vacunas recomendadas por las autoridades sanitarias, evitar el estrés, el alcohol y el tabaco y dormir lo suficiente, entre 7 y 8 horas diarias.

Para todo lo demás cabe ponerse mascarilla FFP2 si se tienen síntomas –una de las lecciones de la pandemia– y aplicar ese dicho popular que sostiene que una gripe se cura en una semana... o bien en 7 días.

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