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Poemas para leer en el día mundial de la poesía

Cruce de caminos.

Cruce de caminos. / MIKI LOPEZ

Sin título

Rosario Neira

Esta pequeña mano

que sostengo en la mía,

que aprieto delicadamente 

como si de ese modo pudiera retenerte aquí,

en esta orilla del mundo.

Esta rugosa mano de anciana,

pequeña como la de una niña,

que ya no amasará más dulces,

ni sostendrá el libro apenas empezado,

ni seguirá tejiendo y destejiendo tardes.

Esta mano con la que te quisiera conducir de vuelta aquí,

pero que sólo puedo tomar para acompañarte

hasta el umbral del muro.

Esta mano que huye,

que sigue aquí pero ya no está,

que se escapa de entre mis dedos 

aunque la siga vana, inútilmente sosteniendo 

cuando ya te has ido,

en apenas el aleteo de un pájaro invisible.

Heridas

Laura Casielles

Freedom’s just another word for nothing left to lose

(KRIS KRISTOFFERSON)

Haber hecho daño es una espina 

clavada en el centro de la palma 

de la mano de un malabarista, 

una astilla 

que abre el corazón de otra astilla, 

la inesperada zanja 

que marca el fin del territorio 

de los mapas que seguíamos a tientas, 

las trabas que tendrá de ahora en adelante 

tratar de averiguar qué significa 

la palabra libertad.  

La mampara

Rocío Acebal

En la estación de trenes de mi ciudad

una mampara gris de metro y medio en el andén

separa a los viajeros 

               de sus acompañantes.

Me gusta imaginar que el encargado 

de esta compartimentalización 

lo hizo con intenciones más humanas 

que el control de billetes, el aprovechamiento 

máximo de recursos 

o simplemente por ahorrar espacio:

aquí las despedidas no pueden susurrarse 

con la cara escondida en el abrazo,

la arquitectura obliga 

a levantar la voz y la mirada 

para decir «te voy a echar de menos».

Bendito-condenado responsable 

de esa mampara gris de metro y medio, 

gracias a ti miré a los ojos del amor

una última vez.

P’anular los adioses

Lourdes Álvarez

Minúsculu deu índiz apunta’l cielu.

Col precuru de quien busca una ayalga,

múevese seliquino en círculos pequeños.

–Esta, esta, papa, atopéla agora mesmo,

la que meyor se ve, la que voi buscar siempre

porque ehí ha tar ella, rellumando na nueche. 

Ta diciéndonos hola, papa papa, atiendi–.

A pulsu, el padre llevántala del suelu, 

achúcala nos brazos y siente’l calor

col qu’un día, trenta años atrás, 

tamién a él lu achucaren,

cuando l’adiós, tamién, yera presencia

que cuayaba la risa y mermaba la infancia.

 Estrella de la mañana,

Lluceru de la mio alma,

Venus.

Esllumante estrella nes nueches de xineru, 

compañera instintiva p’anular los adioses,

pa creer que la vida siempre va ser amable.

Estrella de la mañana,

Venus.

Cola nena nel cuellu, busquen la mesma estrella, 

–ellí, ellí, papa–. Choquen les manes cómplices 

y pósala, otra vez, nel suelu. 

Al abangase, los cipreses, lloren a voluntá.

La paciencia del cobre

Fernando Beltrán

Apenas somos manos

asustadas,

abruptas intemperies

construyendo bancales

para aplazar el vértigo.

Apenas somos manos asustadas

construyendo caricias.

La piedra de la edad

y este silencio roto 

por tu azul.

Apenas somos manos 

asustadas,

cuerpos tendidos

para aplazar el vértigo.

Me muero de belleza 

y sangre roja

atada al corazón

Manifestación

Aurelio González Ovies

Subieron cielo arriba

con gigantes megáfonos:

«¡Quien entienda una guerra,

que levante las manos!».

Y sólo un presidente

y un rey refunfuñón

y un obispo reumático

y un fabricante de hambre

y un falso ecologista

y un inventor de marcas

y un coronel jorobo

y un vendedor de lágrimas

y un cazador de cuentos

y un dirigente ufano

y el abuelo de un monstruo

levantaron el brazo.

(Bueno…, y unos buitrecópteros

con pancartas carnívoras

que esparcían catarros).

Hermanos

Rodrigo Olay

Yo, que soy el mayor, dejé de serlo.

El pequeño en el talle y el mediano

me gana en estatura –les termino

la ropa–, y nos recuerdo

que el mediano se fue de casa antes,

que compró coche antes, que va a ser

en primavera padre

(ya lo ha sido).

Yo acumulo mi colección de dudas

y de libros y labro mis palabras

y lo que pude ser y tal vez nunca

a sílabas contadas lentamente,

mientras la luz lluviosa, abril, norteña.

Y hoy soy sólo el más viejo de los tres.

Así en el tiempo

Ricardo Labra

Déjame dormir en el jardín

de tus brazos

y no me despiertes 

hasta que el sueño se sacie

de su sueño.

Dormir en el jardín de tus brazos

con los ojos muy abiertos.

Con razón

Javier Almuzara

Qué fácil es cantar

por dolerías,

si no hay pena sin par

entre las mías.

Es más considerado

festejar hoy

por lo que fuera y soy

afortunado.

Para llorar

no hace falta prestar

mucha atención.

Piensa, poesía,

cómo alegrarme el día

con tu canción.

Contra la pausa

Martín López-Vega

Me tentó la buena suerte.

Sin proponérmelo, sin plan alguno,

un mediodía llegué a Nauplia.

Mi amor iba a mi lado leyendo a Amijai.

Habíamos cruzado juntos la Puerta de los Leones,

que da a un sueño cumplido de la infancia:

los olivos de Micenas entre la piedra roída. 

Atravesamos los campos y las colinas

con sus altas fortalezas que aguardan 

a impasibles bárbaros.

Y sin planearlo llegamos,

ignorantes alcanzamos Nauplia.

Nos sentamos frente al castillo en medio del mar

mientras las aguas latían como un corazón turquesa.

Tomamos el zumo de las naranjas de Argos.

Un barco zarpó sin llevarnos a bordo,

y sin embargo…

Aquí donde todo es templo derruido

es fácil pensar que la divinidad que contenían

se ha desparramado por los valles

inundándolo todo de mercancías del cielo. 

Y sí, reconozco que pensé: una pausa en la vida.

Que no os tiente la buena suerte.

No os dejéis tentar por las pausas

que ofrecen ilusorios mercaderes.

Pedid siempre solo vida, siempre vida,

con pulpa, con pepitas, con su cáscara amarga:

solo así no es mentira.

Tú me haces decir wow!

Sergio C. Fanjul

Quiero crear hipervínculos contigo,

quiero caramelizar el teriyaki;

vivir es inevitablemente tocar

en la orquesta del Titanic: mira,

a nuestros amigos les van saliendo ya

tumores, hijos, nuevos curros temporales.

Estamos definitivamente adultos.

Nosotros somos emprendedores,

de esos que emprenden la siesta,

entre las sábanas freelance de la tarde

aguantamos el envite de las tempestades,

de las recesiones, de las corruptelas

que suceden en el flanco exterior de las persianas.

Nos arrojan a un cosmos errabundo donde

predomina el misterio del vacío, pero

nada importa, te digo, ya solo tengo mimos,

–este es nuestro ánimo rebelde.

Pasará el tiempo y seguirás siendo

la cosa más asombrosa sobre la faz

de la Tierra a pesar de tus múltiples

adicciones cotidianas

–tú me haces decir wow! a todas horas–

Y pasarán los años, y llegará la muerte,

y apagará el router y el mundo será

un teatro monstruoso.

Pero yo

quiero crear hipervínculos contigo,

quiero caramelizar el teriyaki,

quiero que nos entierren juntos

aunque uno de los dos aún no

haya muerto.

Terminal

José Luis Piquero

Lo que infecta mi sangre

me pertenece.

Igual que cada célula que muta.

Mi propia muerte

tiene mis ojos.

Podría hasta firmar con su nombre: Mi Muerte, ese soy yo.

¿Curarme? ¿De qué tengo que curarme?

Equilibrio, certeza,

todo cuanto la gente busca como un grial

sólo ocupa el espacio de aquello que se niegan a sí mismos.

Yo no. No haré traición.

Si un dios lo ha decidido,

por mi parte ya sé qué dios es ese.

Yo soy la insania,

puedo vivir con ella.

Acepto mi apetito de extinción.

Quiero ser todo eso,

la enfermedad y todo lo que muere. La belleza.

El espejo

Carlos Iglesias

Tu figura traza una parábola, 

que va desde mi mano hasta 

la pantalla del ordenador.

Si te espío a través del cristal,

percibo los difusos límites

de un sueño,

un desleído aroma envuelto

en jazmín y limón.

Pero si al fin lograra alcanzarte,

más allá del silencio,

con tus dedos rozarías 

el eco infinito del deseo,

la certeza intacta

de quien solo anhela

convertirse en tu espejo.

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