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Luis Fernández Roces, el escritor que aún se abre paso

Considerado un maestro tras su reciente fallecimiento en Gijón a los 88 años, el gran narrador y poeta asturiano es un desconocido para el público pese a la calidad de su obra literaria

El escritor Luis Fernández Roces, recientemente fallecido. | Ángel González

El escritor Luis Fernández Roces, recientemente fallecido. | Ángel González / José Luis Argüelles

José Luis Argüelles

José Luis Argüelles

Nació en Pumarabule (Siero) en 1935, hijo de un minero en Mosquitera, y creció en la posguerra "con los derrotados, las mujeres rapadas, la silicosis y la muerte"

El optimismo con que el escritor y crítico Dámaso Santos titulaba en 1977 su prólogo a "El buscador", obra ganadora del Premio Novelas y Cuentos de aquel año, nunca se cumplió del todo: "Fernández Roces llega, por fin, al público".

El narrador y poeta asturiano, uno de los más eminentes cuentistas de su generación, fallecía en Gijón el pasado 25 de agosto, a los 88 años, con una cierta aureola provincial de extraordinario orfebre de las palabras y un fiel puñado de admiradores. Pero, contra lo que apuntaba aquella previsión de casi medio siglo antes, sin tener muchos lectores más allá de los círculos de letraheridos del Principado. Y sin asiento en las historias de la literatura española. A veces pasan estas cosas, incluso entre los ganadores de galardones prestigiosos. La excelencia no siempre se impone.

Y es que los consensos por los que un autor entra o sale del canon son una cuestión tan ardua como la de la alta política. Lo primero es que te alaben críticos y estudiosos, claro, sobre todo los de ciertos suplementos literarios de difusión nacional y algunos reputados profesores universitarios. También suma, por lo visto, el apoyo de las editoriales poderosas.

Arriba, portadas de dos de sus recopilaciones de cuentos. En el centro, dos de sus novelas. Abajo, dos libros de poesía.

Uno de sus libros de recopilaciones de cuentos / José Luis Argüelles

Por su carácter, Luis Fernández Roces vivió alejado de esos obradores en los que se amasan las famas y se disponen los prestigios. "Siempre fui un escritor solitario y desubicado", confesó al periodista J. C. Iglesias, en 2007, en una entrevista en las páginas de este diario tras publicar, cuando era ya un septuagenario, su primer libro de poemas, "Viejos minerales". Y añadía: "Debo reconocer que es cómodo vivir en una esquina; te facilita comportarte y vivir como uno es y le gusta ser".

Tal vez a Fernández Roces, persona de talante sencillo y probada bonhomía –alejada, también, de muchas de las vanidades del mundo literario-, le bastaba con esos pocos lectores afectos y los cuatro o cinco reconocimientos institucionales que tuvo en vida: le dedicaron una plazoleta en Gijón, frente a la iglesia de los Capuchinos, donde se ofició su funeral el pasado 29 de agosto, muy cerca de su casa, y le dieron el III Premio de las Letras de Asturias. El Ateneo Jovellanos y la Feria del Libro de Gijón también le organizaron sendos homenajes en 2006 y 2018, respectivamente.

Cuando pusieron su nombre a esa placita de acacias y palomas se ofreció a cuidar él mismo del lugar, como un peón municipal más. Tenía esas cosas y su modestia no era un barniz; nadie más alejado de la infatuación. La entonces alcaldesa Paz Fernández Felgueroso dijo del escritor: "Es alguien a quien no le gusta darse importancia". Cierto. Lo que no quita para que le agradara el reconocimiento de sus méritos literarios. Y los tiene.

Un vecino cualquiera

A diferencia de lo que ocurre con los escritores gallegos, vascos o leoneses, por no salirnos del norte español, a los asturianos les cuesta mucho más superar el muro de niebla y caliza de su tierra, hacerse oír (bueno, leer) más allá del Negrón. "Quedarse en la provincia es meterse en un pozo", señaló en una ocasión el novelista Víctor Alperi. Hablaba por experiencia.

¿Quién ha escrito en lo que llevamos de siglo una novela tan potente como "Jugadores de billar", de José Avello? Por fortuna una editorial del Principado, Trea, rescató en 2018 esa narración mayor que estaba descatalogada. Es solo un ejemplo.

Y el timbre de gloria de esos escritores asturianos suele enmudecer después del par de necrológicas que se les dedica con urgencia tras su desaparición física.

Al funeral de Luis Fernández Roces acudieron muchos conocidos de la familia, pero apenas tres o cuatro amigos relacionados con la literatura. Tampoco hubo representación institucional. Un vecino cualquiera. Y eso que, tras su fallecimiento, se pregonó que había muerto un maestro. Despedimos a nuestros mejores autores con algunas líneas de tinta y poco más. El resto es silencio. Menos mal que su íntimo José Marcelino García subió al púlpito con algunos adjetivos de encomio y después se cumplió una última voluntad: la soprano Cynthia Zebaze emocionó a todos con su interpretación del "Ave María" de Schubert.

Luis Fernández Roces, el escritor que aún se abre paso

Otro de sus libros con recopilaciones de sus cuentos. / José Luis Argüelles

Autor de seis novelas ("Ven y arrójate al mar", "La arena de los ciclos", "El buscador", "La borrachera", "Diálogo del éxodo" y "El paraje escondido"), cuatro libros de poemas ("Viejos minerales", "Letras de cambio", "Salas de espera" y "Camino de las cárceles") y tres volúmenes de relatos que le muestran como un preciso y maravilloso contador de historias breves ("Ageón", una reedición de "Libro de los cuentos; "De algún cuento a esta parte" y "Un lugar muy lejos del mundo y otros cuentos"), la obra de Fernández Roces sería casi inencontrable si no hubiera sido por los esfuerzos que hicieron en su día la Caja de Ahorros de Asturias y, fundamentalmente, el sello Trea por publicar su narrativa breve y su poesía.

Los lectores que quieran hacerse con sus novelas tendrán que acudir a las librerías de segunda mano. Uno de esos títulos, "La arena de los ciclos", incluso seguía inédito pese a obtener un conocido premio. En sus últimos años, el escritor le daba vueltas a otra narración larga que no sabemos si concluyó.

A la altura de 2018, habló de esa historia que se le resistía: "Cuando la releo, sé que aún no es lo que quiero". Era autoexigente con la música del párrafo y le gustaba la prosa ceñida, la concisión y las palabras que se unen por primera vez para ofrecer una belleza nueva.

Luis Fernández Roces, el escritor que aún se abre paso

Una de sus novelas / José Luis Argüelles

Pese a sus orígenes humildes Luis Fernández Roces se construyó unos sólidos pilares literarios, culturales, y pulió desde niño su don para la gramática, el verso y la fabulación.

Nació en Pumarabule (Siero) en 1935, es decir, entre los sucesos revolucionarios del 34 y el inicio de la Guerra Civil. Su padre era minero en Mosquitera. Se autorretrató como un niño de la larga y dura posguerra española que creció "con los derrotados, las mujeres rapadas, la silicosis y la muerte".

"No soy una persona triste, pero conocí la tristeza, la soledad", le contó a J. C. Iglesias en la citada entrevista. Y también: "Los nacidos en los años 30 hemos estado sometidos a un estado provincial".

Por edad, pertenece a una generación de inquietos escritores asturianos: Luciano Castañón (1926-1987), José Antonio Mases (1929; uno de los supervivientes de ese grupo y otro gran narrador en la penumbra), Víctor Alperi (1930-2013), Marta Portal (1930-2016), Óscar Muñiz (1930-1997), Héctor Vázquez Azpiri (1931), Mauro Muñiz (1931-2011), Gonzalo Suárez (1934) o Fernando Poblet (1936-2013), entre otros.

Mucho más joven que Dolores Medio o Julián Ayesta y unos cuantos años mayor que Mariano Antolín Rato o Carmen Gómez Ojea, por dar solo algunos nombres de los mejores autores del Principado en la pasada centuria.

Fernández Roces fue un precoz redactor de artículos para LA NUEVA ESPAÑA. Buen aficionado al fútbol y los bolos, con catorce años enviaba crónicas deportivas del Santiago de Carbayín y fungía de inquieto corresponsal de las noticias de su pueblo y alrededores.

Luis Fernández Roces, el escritor que aún se abre paso

Otra de sus novelas / José Luis Argüelles

Unos meses después escribe una primera obra de teatro. Y a los dieciséis gana su primer concurso literario con un cuento. Le gustaba la poesía, llevar palabras al papel, enhebrar vocablos. Había hecho ya un descubrimiento crucial en su vida: en el hórreo familiar halló, arrumbados, unos pocos libros de Flaubert, Tolstoi o Verne. Los primeros planos de un tesoro inagotable. Siguió leyendo en la Biblioteca de Carbayín, heredera de la de Saús, donde dicen que conferenció Unamuno cuando la República y donde se conservaban autógrafos de Ortega y Gasset o de Casona.

Completó el Bachillerato examinándose como alumno libre en el Instituto de la Felguera, una etapa en la que se embarcó además en la creación de una compañía teatral que representaba sus montajes por las comarcas mineras.

La escritura y la supervivencia

Los estudios de practicante (el equivalente a lo que es hoy un asistente técnico sanitario) los cursó en la Universidad de Medicina de Valladolid: "Opté por escribir y por un trabajo que garantizase la supervivencia". Y fue así como acabó haciendo prácticas en el botiquín del pozo Pumarubule, la mina que era parte de su paisaje vital. Y como conoció a José Ramón Vázquez, que escribía guiones de cine, y a Alfredo Rodríguez, un tenaz lector de los Evangelios y de Santa Teresa que jamás iba a misa. Dos personajes que influyeron en Fernández Roces. Este habló siempre de ellos con cariño y admiración.

Luis Fernández Roces, el escritor que aún se abre paso

Uno de sus libros de poesía / José Luis Argüelles

En 1955 se le presenta una oportunidad laboral en la Cruz Roja de Gijón, la ciudad en la que residirá el resto de su vida. En 1967 se casó con Montserrat Zapico. El matrimonio tuvo dos hijas: Mónica y Montserrat.

Durante años laboró también en el dispensario médico de las empresas siderúrgicas Uninsa y Ensidesa, donde se jubiló en 1989. Allí tuvo una máquina de escribir, bautizada como "la errabunda", en la que tecleó durante las largas guardias muchas de las páginas de sus novelas y cuentos.

El novelista Ricardo Ménéndez Salmón, que dedicó "La noche feroz" a Fernández Roces y a José Antonio Mases –dos amigos que en las tertulias preferían escuchar a los jóvenes, sin desplegar sus muchas sabidurías–, ha calificado al autor de "El buscador" de "un maestro del idioma y de la técnica narrativa". Hay un cierto acuerdo crítico en que los veintitrés cuentos suyos que conocemos (escribió quizá un centenar, según explicó) son excelentes.

Aunque María Elvira Muñiz, autora de "Historia de la literatura asturiana en castellano", sitúa a Fernández Roces en "la línea de la escuela asturiana que arranca de Clarín", el escritor sierense está más próximo a cuentistas como Juan Rulfo, Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa. En Hispanoamérica se le ha dado más importancia a ese género que en España.

Luis Fernández Roces, el escritor que aún se abre paso

Otro libro de poesía / José Luis Argüelles

"Cuida celosamente la técnica y la expresión", resumió el catedrático José María Martínez Cachero en el prólogo a "De algún cuento a esta parte". Francisco García Pavón y Medardo Fraile incluyeron al narrador asturiano en dos volúmenes de referencia: "Antología de cuentistas contemporáneos" y "Cuento español de posguerra".

Fernando del Busto Naval es, quizá, la persona que mejor y más a fondo ha estudiado las novelas de Fernández Roces. En su opinión, la guerra y la soledad humanas son dos de los grandes temas del autor de "La borrachera", según afirma el filólogo y periodista en el prólogo que puso a la última edición de esta novela, el largo y lúcido monólogo del médico Sotero Granda que le valió a su autor, en 1981, el Premio Asturias de Novela. La habilidad "en el manejo del espacio narrativo" y las elipsis son algunas de las características de una novelística en la que encontramos, además, humor y ternura, según el citado investigador.

Y Fernández Roces fue también un poeta pudoroso que, durante décadas, ocultó en carpetas los versos que pergeñaba desde adolescente. Cuando publicó su primer poemario, "Viejos minerales", el escritor pasaba de los setenta años. Juan Carlos Gea, que reseñó ese libro, ha hablado de una lírica "emocional y reflexiva que muestra la perentoriedad de la memoria y su esquivez"; también una "honda compasión".

Buen lector de Antonio Machado, Dámaso Alonso, Cernuda, Valente, Gamoneda o Gimferrer, la poesía atraviesa en realidad toda la obra del fallecido autor asturiano. "Como lector prefiero la poesía, que es emoción, y como lector lejano, los cuentos", explicó.

Un escritor ajeno a las guerras y capillas gremiales que expresó, repetidamente, su convicción de que "lo decisivo en literatura es hacer una obra que se abra paso por sí misma". Y la de Fernández Roces es digna de lectura, atención y elogio.

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