Entrevista | María Álvarez Artista gráfica y profesora
María Álvarez, artista gráfica y profesora: "En casa no entendían que quisiera dibujar, pero mi madre me apoyaba"
"Vine de Luanco a Oviedo con 14 años para cuidar a cuatro niños, estudiar el Bachiller libre y prepararme en Artes y Oficios para el ingreso en Bellas Artes"

La artista plástica y profesora María Álvarez, en su casa de Tiñana (Siero). | LUISMA MURIAS / Javier Cuervo
María Álvarez Morán, (Luanco, 1958) es graduada en dibujo publicitario en Escuela de Artes Aplicadas de Oviedo, licenciada en Bellas Artes por la Universidad Politécnica de Valencia y Doctora en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid. Amplió su formación en el Pratt Graphic Manhattan Center en Nueva York en el campo de las "Aplicaciones de las Técnicas Aditivas a la Gráfica Contemporánea".
Un largo camino como una raya que parte del lápiz con el que empezó a disfrutar dibujando y a partir de la cual se imaginó un futuro en el que aprendería a hacer arte de ese placer.
Está jubilada desde hace 5 años de la Escuela de Arte de Oviedo, donde fue responsable de los departamentos de Grabado y Técnicas de Estampación, de Edición de Arte y de las actividades culturales.
Expuso por primera vez en Asturias en el Salón de Té el Teatro Campoamor y a lo largo de los años sus obras han pasado a formar parte de colecciones importantes, pero no frecuenta las galerías más que cada seis años porque su autocrítica la mantiene trabajando mucho y enseñando poco lo que hace.
Combina la timidez con la energía de echar para delante. Le gusta sobre todo viajar y leer. Está casada, no tiene hijos y vive en Tiñana (Siero).
–Nací en Luanco en 1958. Vivíamos en un piso alquilado en la avenida del Gayo. Tengo un recuerdo triste, gris y de una vida sin descanso, que con el tiempo ha cambiado. Mi hermana, Cecilia, tres años mayor, cuidaba un poquito de mí cuando éramos niñas. Yo heredaba toda la ropa de ella, desde el bañador un poco estirado al traje de comunión. No había presupuesto para atender a las dos en esas cuestiones.
–Hable de su padre.
–José Manuel Álvarez Uría. Fue panadero y trabajaba en Bustio, Santolaya, en la casería de sus padres y, a veces, en el ocle. Siempre lo veo trabajando. Con la panadería trabajaban de noche y dormía mucho de día. Era muy campechano, muy estimado en Luanco porque era risueño y de enfado difícil. Su apodo y el de su hermano era "El capellán", porque un familiar antiguo estudió para cura. La casería era "El capellán" y hoy es un centro de cría de caballos de alta cuna que ha conservado el nombre, que se le puso también al primer potro que nació allí. Ha estado allí la infanta Elena y más figuras. La casa ha desaparecido, sigue la panera y los prados, aunque distribuidos de otra manera, están muy cuidados.
–¿Qué padre era?
–No mostraba mucho los afectos porque, en ese sentido, era introvertido. Recuerdo Algún castiguito si nos enfadábamos mi hermana y yo o si nos tirábamos de la coleta a ver quién llegaba más al suelo, pero nada fuerte.
–¿Cómo era su madre?
–María Jesús Morán Fernández venía de familia marinera. Mi abuelo materno era patrón de barco, su hermano era marinero y sus hermanas estaban casadas con marineros algunas trabajaban en la conservera. Ese mundo ha desaparecido. Mi madre era una modista excelente que arreglaba y cosía desde muy jovencita. Recuerdo su exactitud, pulcritud, exigencia y creatividad. Era excepcional. Fue una gran influencia para mí. Estaba todo el día con nosotras y era muy efusiva, todo besos y abrazos. También era muy sociable. Más adelante trabajó de cocinera. Cuando la echo de menos lamento no haber aprendido las cosas que sabía. Era muy echada para adelante. Mi padre se retraía y mi madre empujaba.
–¿Tenían ideología?
–Ni estricta ni bien perfilada, pero ambos tenían querencia hacia lo más social, como demostraron en la democracia con su voto al PSOE. Mi padre vivió la guerra con 8 o 10 años y recordaba que cuando iba con su madre, andando a comprar pan, veía los cadáveres en la carretera a Avilés. El abuelo, que era echado para delante, refugió a algún republicano y desoyendo que si le encontraban alguien, lo pondría en cima del cucho y le dispararían.
–¿Había religión en su casa?
–No faltábamos a misa, pero no había fervor. De mayor, todo eso quedó absolutamente eliminado. Mi madre, cuando le murió en la mar un hermano, llevaba como un hábito marrón y algún escapulario como luto.
–Primeros recuerdos de Luanco.
–Tengo poca memoria de atrás y marché joven. Me encantaba ir a la playa a bañarme y mi madre me perseguía por la arena porque corría desnuda y no quería marchar para comer. Disfruté muchísimo las amiguitas que íbamos a Candás a la fiesta del Cristo. Recuerdo pasarlo mal en los días de niebla, estremecida por los pitidos de los barcos.
–¿Y los veraneantes?
–Al principio unas pocas familias muy conocidas de Oviedo como los Caicoya. Los mirabas con otros ojos. Mi madre me decía: "Marichu, no digas ‘ye’, que queda mal".
–¿Qué tal le fue en la escuela?
–Bien. Tuve una etapa muy religiosa del mes de mayo y las flores a María y de unos mapas que ibas apuntando países según las misas que hicieras. Era de juguetear y corretear y nunca fui bruta, ni extraña.
–¿Su primer recuerdo de creación artística?
–Sensitivamente, cuando empezamos a hacer en la escuela cuadros con lentejas o garbanzos, un tipo de trabajo muy paciente, muy minucioso, como ahora que soy capaz de estar horas debajo de la lamparita. A los 8 años noté que me gustaba dibujar mientras jugaba con los cacharritos debajo de la mesa y las sillas alrededor como si fuera una tienda. No sabía encauzarlo más porque en mi familia no tengo ningún referente plástico. Me di cuenta en el bachillerato.
–¿Cómo estudió?
–Estuve en el instituto de Luanco hasta cuarto de bachiller e hice libre a Secundaria desde Oviedo, salvo el COU en el IES de Ventanielles.
–¿Por qué marchó a Oviedo?
–Para dibujar. Oí hablar de la Escuela de Arte de Oviedo a una chica de Luanco que había estudiado allí. Mi objetivo final era la escuela superior Bellas Artes que tenía una prueba de dibujo muy dura.
–¿En su casa les pareció raro?
–Sí, pero fueron positivos: no lo entendían, pero mi madre me apoyaba. Estudié cinco años en la Escuela de Artes Aplicadas y oficios artísticos, hice dibujo publicitario y recuerdo especialmente a los profesores Bernardo Sanjurjo y Fernando Alba y que aprendí mucho de otros más clásicos como Folgueras y Magín Berenguer.
–¿Cómo pudo vivir en Oviedo con 14 años?
–Cuidé a los 4 hijos -el mayor de 8 años- de unos veraneantes en Luanco que conocía mi madre. Así sacaba un poco de dinero, además del que me daba mis padres. Fueron tres años buenos.
–Le daba tiempo a todo?
–Sí. Vestía, daba el desayuno y llevaba al cole a los niños. Las clases eran de 5 a 9 en la calle del Rosal. Estudiaba el bachillerato. ¡Tenía una energía!
–¿Qué arte le gustaba?
–No tenía referencias artísticas de lo que se hacía en el mundo, pero las encontré muy pronto en los libros y, cuando podía, viajando a Madrid.
–¿Qué tal por Oviedo?
–Bien, salía con compañeros de clase.
–¿Había ambiente artístico?
–La gente era muy diversa, desde monjas a gente muy mayor. Éramos pocos jóvenes que quisiéramos vivir de lo que aprendíamos. La escuela era el único referente. No perdía las exposiciones de Tassili y la Caja de Ahorros, no mucho más. Los dos últimos años subimos al Cristo, pasó a dirigir la escuela Bernardo Sanjurjo y empezó el cambio, del que formé parte junto a compañeros como María Jesús Rodríguez, Vicente Pastor, Hugo O’Donell y fui gran amiga de Covadonga Álvarez Quintana.
–¿Y mejor?
–Hubo algún movimiento por cosas que no gustaban, se encerraron... Yo andaba preocupadísima, porque iba a venir la prueba de acceso y se me echaba el tiempo encima. Me acuerdo de decirle a Hugo: “dejadme venir a la estatua, nada más”. Pero no, porque estaba cerrado y listo. Esos dos años compartí piso con otras chicas en la calle Pérez de Ayala. Por la mañana llevaba dos niñas a la escuela de La Gesta.
–¿Tenía novio?
–Una compañera que estudiaba Medicina tenía un primo segundo que iba a verla y allí conocí a Lino, que es mi marido que estaba terminando Minas . Era de Quintanilla de Flórez, un pueblo de León entre Astorga y La Bañeza. Es seis años mayor y ejerció como director en las fábricas de cemento y en la enseñanza. Nos casamos en Astorga en 1980. No tenemos hijos.
–Tenía una noción más clara de lo que quería.
-Sí, Núcleos grandes, potentes, con actividad artística. Pensaba en dedicarme a la escultura. Se me daba de maravilla y Alba me ponía dieces. Siempre me gustó mucho modelar pero dejé la especialidad pronto porque tenía recursos mínimos y eso me obligaba a depender de pedir favores para mover piedras. No había nada eléctrico sino un carrito normal y corriente, con una ruedina y a una compañera le cayó y se fastidió el pie.
–Al final, nunca se examinó para entrar en Bellas Artes.
–Se quitaron las pruebas de acceso ese año porque se convirtieron en facultades dentro de la universidad. Mandé cartas a todas las facultades. Me hubiera gustado ir a Madrid o Barcelona, pero tenían el cupo lleno, me contestó Valencia, me dio referencias de ella José Andrés Gutiérrez, el pintor de Luanco y no lo pensé más. Fuimos juntos tres asturianos.
–¿Cómo fue ir a Valencia?
–Me encantó salir. Una de las cosas que más me gusta es viajar y cuanto más confín, mejor: desde Ushuaia a Cabo Norte. Estaba ansiosa de conocer, aprender, abrirme. Era mi madurez y libertad.
–¿Cómo era Valencia en 1978?
–Grande, muy destartalada, con campos de alcachofas en medio de la ciudad y mucho más barata que Asturias. El piso allí costaba la tercera parte que en Pérez de Ayala. Y aquella luz. Cuando llovía -tan poco salvo con la famosa gota fría- me encantaba verlo y cómo olía. Compartí pisos con otra gente, ninguno de Bellas Artes. Me encantaba ir a los mercados, me regalaban las naranjas antes de cerrar. Había más actividad artística. No se les pone nada por delante y las fallas les retrata muy bien.
–¿En qué maduro?
–Tuve una toma de conciencia política, social y de comprometerme y eso me construyó mucho como persona y artísticamente. No milité en nada.
–¿Por qué tuvieron problemas?
–Había profesores que no nos gustaba cómo impartían la materia. Tampoco nos gustaba el método: algunas estatuas tenían pintadas de alumnos hartos de seguir dibujándolas. Hubo una huelga de modelos, que salió en la revista «Interviú». Algunos compañeros me decía que era chaquetera porque iba a hacer escultura al taller de uno de los profesores cuestionados, que tenía conmigo un trato excelente. Hasta que en una asamblea me levanté, me puse a hablar y no paré ni cuando llegué a profesora. Yo era muy modosita, pero ya estaba más hecha.
–¿Y ese cambio?
–Ese carácter estaba adormecido porque era más obediente y sólo me centraba en aprender. Cuando vas aprendiendo y tienes más capacidad de análisis, de reflexionar y vivencias, te transformas.
–Pasó el intento de golpe de Estado en Valencia con los tanques en la calle por orden de Milans del Bosch.
–Estaba en un taller de la facultad en el histórico edificio del Carmen y me vino a avisar una amiga de que había que marcharse. Fue como un cortocircuito. Estaba todo lleno de coches, había colas en las tiendas y quedamos aislados. Casi palpabas el miedo. Pensé: «¡con qué facilidad se estropea todo!».
–Terminó Bellas Artes y echó currículum para varias escuelas. ¿Quería ser profesora?
–No, pero no quería depender del arte. Sabía que nunca iba a conseguir vivir de mi obra porque es dificilísimo.
–Se formó en el Pratt Graphics Center de grabado en Nueva York.
–Ese viaje a mediados de los ochenta fue muy importante para mí. Vivía en casa de una amiga de Bellas Artes de Valencia y fueron tres meses viendo originales en el MOMA, sola, pateando con mi cámara de fotos. Hice una exposición de fotos cuando volví. Nada más llegar hice una serie de pinturas, American Dreams, que me gusta muchísimo. Son blancas, no he trabajado mucho con el color porque ha dominado mi formación más dibujística.
–¿Cómo llegó a profesora?
–Me presenté en la escuela de León y sacó la plaza Miguel Galano. Salió plaza en Oviedo y la saqué yo. Vine en marzo de 1984 me entrevistó Bernardo Sanjurjo, que me conocía y que luego me decía «con lo modosita que eras como alumna y el demonio que ha venido ahora».
–Iba a ser profesora, ¿qué espacio dejaba a la creación?
–Lo llevé paralelamente, pero frené un poco la creación porque no me metí sólo de docente sino a organizar exposiciones, jornadas... Tenía ímpetu para todo. Fuimos formando un grupo de grabado. Avisé a Mojardín, a quien tuve de alumno un año, y es una pieza fundamental para mí, para las escuela y para el departamento. Es un manitas con la cabeza perfectamente amueblada. Había avisado también a Pablo Maojo, pero no quiso. Fuimos configurando grabado y técnicas de estampación pasando por distintos planes de estudio, para cuyo diseño siempre contaron con nosotros en Madrid. Entró Isabel Cuadrado, que lleva serigrafía y en litografía fue fundamental Josán López de Pariza. Conseguimos la especialidad de edición de arte, la única que se imparte en España. Poco a poco me fueron “echando” sanamente del taller para hacerme cargo de los proyectos de grabado y edición.
–El grabado en España.
–Va en paralelo al desarrollo de las artes plásticas. Persiste el grabado tradicional y la gente lo va mezclando, con otra libertad. Hemos formado generaciones sobre todo de chicas como Marta Fermín, Fernanda Álvarez, Sara Sarasola y muchas más que han seguido dando clase.
–¿A qué atribuye eso?
–No lo sé, tal vez a más constancia en el trabajo del grabado, a que en la escuela tuvieron donde mirarse y a que las actividades demostraban que se podían hacer cosas. Tuvimos mucha repercusión a nivel nacional, traíamos exposiciones de grabados, de fotos, de todo.
–¿Cuánto dedica a su obra desde hace cinco años cuando se jubiló?
–No soy de muchas horas, pero son nocturnas porque yo soy muy nerviosa y no me concentro. Soy muy tímida, a pesar de ser muy echada para adelante y necesito soledad y tranquilidad. Estoy mucho tiempo maquinando en la cabeza y el trabajo es muy exigente porque como lo dejes un poquito cuesta volver a engancharse.
–Expone poco.
–No me gusta. Lo paso mal. Soy enfermizamente crítica. Tardo 6 años en reunir material que exponer, pero no tengo prisa hasta que no pueda hacer lo que realmente me piden mi mente y mi cuerpo. Estoy impedida para hacer otra cosa. Soy bastante dubitativa y sufriente creando.
–¿Y en el resto de la vida?
–Para la vida soy positiva y resiliente. Tiendo a quitar lo malo de mi cabeza, ir a otra cosa y sanearme. La pintura me cuesta más porque dudo mucho de mí. No tengo toda la confianza que debería de tener a pesar de los años que tengo. Es un mundo abstracto muy distinto. En el dibujo y en el grabado siempre he estado más cómoda.
–¿Qué más le gusta hacer?
–Viajar y leer. Sin libros no puedo vivir. El cine y la fotografía también me gustan, pero en los libros en papel sigo formándome y viviendo.
–¿Qué tal la jubilación?
–Pensé que iba a trabajar más y me costó el principio. Coincidió que falleció mi padre, lo que me causó mucho dolor y tuve un impás. Tenía ganas de dejar la escuela, que estaba cambiando, mi tiempo estaba llegando. Es bueno contar con uno, vivir de otra manera, no siempre trabajando, aunque la escuela ha sido un lujazo para mí donde me dejaron hacer todo. Siempre me lo pasé bien y con los alumnos, en general, muy bien.
–¿Qué tal cree que le ha tratado la vida hasta ahora?
–No me puedo quejar. Vengo de una familia humilde y el recorrido que he hecho me parece gigantesco. Voy a seguir leyendo y trabajando. Es un reto el tiempo que queda por delante.
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