Salud mental
Lo que el fuego arrasa por dentro: los destrozos psicológicos de los incendios
"Perder una vivienda o el trabajo en un incendio es vivir un duelo real, con fases de negación, ira, tristeza o desesperanza", explica la coordinadora del Grupo de Intervención Psicolóxica en Catástrofes, Ana Núñez. Convertir el dolor en resiliencia es el reto: con apoyo social, autocuidado y ayudas ágiles

Una mujer observa su casa destruida por el incendio en San Vicente de Arriba, en Ourense. / Adrián Irago
Elena Ocampo
Tristezas, insomnios o miradas perdidas. Detrás del humo quedan personas enfrentadas a un duelo que no se mide en hectáreas, sino en silencios. Son los rescoldos emocionales de lo que arrasa un incendio: recuerdos, legados familiares o pertenencias devastadas por las llamas. Desde el cerezo en el que aprendiste a trepar a los árboles a la casa construida por la familia o la granja que atesoraba el esfuerzo de dos generaciones.
Perder vivienda, pertenencias, recuerdos o incluso el medio de vida en un incendio supone, en palabras de la psicóloga Ana Núñez, coordinadora del Grupo de Intervención Psicolóxica en Catástrofes e Emerxencias, enfrentarse a un proceso de duelo. Su intensidad y duración dependerá de múltiples factores: desde cómo ocurrieron los hechos y el valor sentimental o económico de las pérdidas, hasta la vulnerabilidad social, los recursos y el apoyo recibido.
"Las emociones pueden ir desde la negación —la sensación de estar viviendo una pesadilla— hasta la ira, la tristeza profunda o la desesperanza. Son emociones muy duras, pero necesarias para elaborar el duelo", apunta.
En los días posteriores, las reacciones más comunes son tristeza, rabia, impotencia, culpa e incertidumbre ante el futuro. También es frecuente un estado de alerta permanente, derivado del miedo a que el fuego vuelva a reactivarse. "El cuerpo y la mente necesitan días para comprender que el peligro ya pasó", aclara Núñez.
La magnitud de la pérdida influye, pero no de manera determinante. Factores como fallecimientos cercanos, antecedentes de ansiedad o depresión, traumas previos o la falta de apoyo social pueden agravar el impacto. En cambio, disponer de una red sólida, buena salud previa, ayudas institucionales y rutinas que devuelvan sensación de control son elementos protectores.
"Si tras tres o cuatro semanas el malestar no disminuye, sino que aumenta, aparecen pesadillas, recuerdos intrusivos, insomnio, irritabilidad o hipervigilancia, es recomendable acudir a un especialista"
Respecto a las estrategias para manejar miedo y ansiedad, Núñez recomienda hablar con personas de confianza, recuperar rutinas de descanso, alimentación e higiene, practicar técnicas de relajación, limitar la sobreexposición a noticias y recurrir a fuentes oficiales. Y advierte: "Es fundamental no recurrir a la automedicación ni al consumo de alcohol o drogas como vía de escape".
El papel de la familia y los amigos es básico: "Contar con alguien de confianza reduce la sensación de vulnerabilidad y ofrece un espacio de desahogo emocional".
Sobre cuándo pedir ayuda profesional, Núñez es clara: "Si tras tres o cuatro semanas el malestar no disminuye, sino que aumenta, aparecen pesadillas, recuerdos intrusivos, insomnio, irritabilidad o hipervigilancia, es recomendable acudir a un especialista". La intervención debe adaptarse a cada caso, habitualmente en formato individual o familiar, mientras que la terapia grupal se aplica sobre todo a profesionales de emergencias.
En cuanto a la recuperación de la normalidad, la psicóloga destaca la importancia del autocuidado: restablecer rutinas y servicios básicos como electricidad, agua, comunicaciones, atención sanitaria y asesoramiento legal.
Vivir un incendio que arrasa una vivienda es, desde la perspectiva psicológica, una experiencia profundamente traumática. En eso coincide la psicóloga general sanitaria Paula Rodríguez: "No se trata solo de la pérdida material, sino de un espacio que representa seguridad, identidad y recuerdos valiosos". El impacto emocional puede ser devastador: se pierde no solo un techo, sino un refugio, una historia personal y una parte esencial de la vida.
Así, las reacciones no responden a un patrón único. "Cada persona lo vive desde su propia idiosincrasia" y no existe receta universal para atravesar este duelo.
Entre los síntomas detalla miedos intensos e hipervigilancia, confusión y desorientación, tristeza profunda y desesperanza, irritabilidad, insomnio o tensión muscular, e incluso aislamiento social, reforzado por comentarios que minimizan lo sucedido.
El riesgo, advierte, es que sin apoyo aparezcan cuadros de estrés postraumático, depresión o incluso ideación suicida. De ahí la importancia de un acompañamiento temprano que ayude a procesar lo vivido y recuperar equilibrio emocional.
Como estrategias de afrontamiento, Rodríguez propone crear un espacio seguro para expresar emociones sin juicios: "No hay una manera correcta de sentir. Todas las reacciones son válidas y merecen ser reconocidas". Recomienda reenfocar la narrativa hacia los recursos y fortalezas personales, recordando desafíos superados como fuente de resiliencia. Y subraya la importancia de mantener vínculos con familiares y amigos, porque la conexión social aporta apoyo decisivo.
Los días vividos en estado de alerta constante, con miedo, angustia y falta de descanso físico y emocional, pasan factura, explica también la psicóloga Vanesa Hernández Santos, del centro Norba Psicología, que alerta del fuerte desgaste emocional. Uno de los factores que incrementa ese impacto es la dinámica del fuego: "Parece que está controlado, pero cambia el viento y vuelve a desatarse. Esa montaña rusa emocional provoca un agotamiento añadido", señala.
Ayuda familiar, "básica"
Tras la emergencia, las reacciones emocionales son diversas. Algunas personas caen en un mutismo repentino, parecen ausentes e incapaces de asimilar lo vivido. Otras liberan la tensión con llanto intenso y frecuente, una descarga de la angustia acumulada. También están quienes aparentan falsa normalidad, como si nada hubiera pasado; en estos casos, la mente sigue en shock y aún no procesa lo ocurrido.
Para prevenir secuelas, Hernández Santos detalla técnicas como la EMDR, que ayudan a procesar la experiencia y evitar un trastorno de estrés postraumático.
El apoyo psicológico llega a través de equipos especializados del Colegio Oficial de Psicología y de Psicólogos Sin Fronteras, que actúan tanto en la emergencia como en el seguimiento posterior. Además, cualquier afectado puede solicitar ayuda si, pasado un tiempo, mantiene ansiedad, miedo, pesadillas o recuerdos recurrentes.
Más allá del acompañamiento profesional, la psicóloga subraya la importancia del apoyo social: "Lo más útil es simplemente estar, acompañar sin necesidad de decir nada". Y recuerda que la recuperación no depende solo del plano emocional: "Es fundamental que las ayudas materiales y económicas lleguen cuanto antes. Si la persona no puede restablecer su vida, prolongamos el daño".
"Cuando se quema una casa, también se quema el esfuerzo de conseguirla, el legado familiar, los recuerdos. Cuando se quema una granja, se pierde un medio de vida. Es mucho más que lo material: es la vida entera la que se ve amenazada", concluye.
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