Islandia, la frontera ártica: relato de un viaje a la "tierra de hielo"
Un recorrido por la meca de los geólogos y el lugar de las auroras boreales, de los fiordos, de los volcanes que aún rugen y de los glaciares

Museo Etnográfico de Glaumbaer, donde ver las "casas de turba". / J. V. R.
Abrígate, hace frío. Lleva impermeable, llueve. Pégate al suelo, sopla fuerte el viento.
Pero que nada de esto te detenga, disminuya tú ánimo o te haga retroceder. Mantén la mente despierta, los oídos atentos, los ojos abiertos y la piel alerta. Anota lo que veas, describe lo que sientes. Las palabras siempre valen más.
Allá, en el norte, donde casi Europa (la princesa raptada por el insaciable Zeus) cede su identidad tibia a la frialdad glaciar del Ártico, está Islandia, "tierra de hielo", de tundra, de "Eolo" furioso, de volcanes; la que guarda en su interior el fuego capaz de emerger en violentas sacudidas de explosiones ígneas o de agua hirviente. Fuera, el manto blanco del otoño que anuncia el invierno aparece temprano para no desaparecer ya hasta la próxima primavera. El sol perezoso dejará que gane la noche. Pero aún en octubre los colores del verde al marrón y al negro cubren el suelo. El cielo gris y plomizo deja, de vez en cuando, paso a un sol que rompe las nubes y con la lluvia forma nítidos arcoíris dobles de todos los colores. Los ríos, que se desenvuelven zigzagueando entre las formaciones rocosas basálticas en rápidos y cascadas incontables o se aletargan en las planicies desnudas, llevan "tantas aguas" que la humanidad sedienta de la madre Tierra envidiaría.

1
No es imposible apreciar este país isleño, pequeño y extremo. Solo su idioma lo es. Islandia emerge desde el manto terráqueo, lejos, helada y perdida en el Atlántico Norte, donde el océano choca con el Círculo Polar. Viajar iniciado otoño hasta allí en avión es un suspiro de siete horas desde España. El recorrido en latitudes va desde los 44º norte de nosotros hasta los 66º de su norte. Atisbando apenas un trocito por la diminuta ventanilla del "pájaro volador" en el que viajamos, allá, abajo, la luna casi llena, mandando en un cielo de intenso negro que ilumina con rabia, se ve reflejada, cuando las nubes se abren, en un mar que gélido y calmado parece un espejo plateado; sobrecoge la intensidad tan blanca y negra.
Uno piensa en quiénes pudieron ser los aventureros que, en tiempos lejanos y en barcos que para nosotros ni siquiera merecerían tal nombre, divisaron por vez primera esa isla perdida, tal vez fantasmal en medio de la niebla o tal vez brillante por sus volcanes, quizá oscura bajo el cielo coronado por el sol eterno del verano. Quedan testimonios de un mercader explorador, un tal Pitheas de Massala (Piteas de Marsella), griego del siglo IV a.C., que se atrevió a traspasar las columnas de Hércules, o atravesando Francia, pegado a la costa, habría llegado a bordear las Islas Británicas hasta muy al norte describiendo que "a unos seis días de navegación" había un algo en lontananza que llamó Thule. En su "odisea" particular utilizó, no los trirremes griegos inservibles en estos mares, sino los barcos usados por los lugareños de cada sitio; describió con detalles su navegar y periplo por lo que hay verosimilitud al menos en parte del viaje. A su vuelta, con el bronce y el ámbar buscado, relató la peripecia. No quedan escritos directos (pocos testimonios hay directos de los griegos) pero su recorrido fue recogido y transmitido por otros. Algunos lo cuestionaron y otros lo creyeron. Siempre pasa igual. El caso es que ya desde entonces, entre la leyenda y la realidad, allá, muy al norte, se dibujó una tierra ignota que hoy llamamos Islandia.
En la mayor parte del mundo, la naturaleza que sirve de escenario a las colectividades humanas las condiciona con mayor o menor opresión según lo que hayan sido capaces de dominarla. A veces ese dominio se vuelve contra los hombres cuando "la naturaleza se enfada". Pero hay tierras forzadas a explicar juntas y revueltas el medio y la historia.
Dicen que Islandia es hoy la meca de los geólogos y admiradores de una naturaleza en constante creación y cambio. Y es peregrinaje de los amantes de las escurridizas y bellas "auroras boreales". Pero, marco fronterizo del Ártico, es mucho más. En su vida contada están presentes la herencia cultural y mítica de los vikingos nórdicos que se instalaron en ella hacia el siglo IX, de los monjes católicos "evangelizadores" desde las islas británicas, de los daneses que la dominaron o de los norteamericanos que se involucraron en su independencia el siglo pasado.

6
Ríos, cascadas, volcanes, montañas y glaciares, geiseres, agua caliente que brota de la tierra; extensiones de valles; prados y tundra donde pastan miles de ovejas lanudas y gordas, de esas que se tejen en ropa de abrigo picante; hay cabras, vacas y caballos adaptados a la dureza. Pueblos pequeños y granjas aisladas donde apetece clamar eso de que el ser humano vive en cualquier sitio. Pero no. Además de la ganadería, la energía regalada propicia invernaderos en alza y en los fiordos hay criaderos de salmón y pesca abundante de bacalao. La comodidad está en gran medida asegurada por la energía geotérmica aprovechando el agua hirviente de la caldera natural que bulle debajo. Por eso Islandia es electricidad barata básica en su vida y su desarrollo y para la atracción de empresas diversas consumidoras de energía. Solo su lejanía disuade, pero cada vez menos.
Islandia tiene algo más de 100.000 km (como la quinta parte de España) y anda por los 400.000 habitantes que residen en su gran mayoría en la capital, en contadas ciudades y pocos pueblos. El aeropuerto internacional de Keflavik, a 50 km de Reikiavik, suroeste del país, es la puerta de entrada desde el exterior. Parece que fue construido por el ejército de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial como apoyo a los aliados.

4
Recorrer "la isla de hielo" en su contorno, de suroeste a norte y volver por el este al sur sirve para apreciar la parte más asequible y habilitada con incursiones a zonas de gran belleza a veces demasiado salvaje. El interior exige más aventura, con vehículos adaptados y experiencia, igual que el agreste territorio del noroeste impracticable. Por el oeste en dirección norte, desde la península de Snaefellsness (¡así son los nombres!) permite ya ver cascadas maravillosas (dicen que hay más de 10.000 contabilizadas como tales), un litoral de acantilados escarpados, playas rocosas donde el mar da miedo, con agua de gris negruzco como el cielo y olas revueltas que traen restos de naufragios. En uno de sus volcanes inactivos situó Julio Verne la entrada del "Viaje al centro de la Tierra". La vista se relaja en valles, en escenarios apacibles como en la iglesia negra de Budir; pero repunta la sorpresa ante cañones de aguas turbulentas en Barnafoss y hasta se puede valorar cómo era posible sobrevivir tiempo atrás en aquel clima levantando las casas de turba del museo etnográfico de Glaumbaer ya en el norte.
Y es en ese norte, tan cercano al Círculo Polar Ártico, en el fondo de un profundo fiordo donde está Akureyri, una ciudad pequeña y coqueta, la cuarta más poblada del país, "la capital del norte"; hay librerías, comercios, casas cuidadas y cervecerías-restaurantes, un poco de todo decorado con gusto, y lazos y corazones rosas que quedaron de la "pandemia coloreada", aquel cercano tiempo distópico mundial en el que además una erupción islandesa dejó a parte de Europa sin vuelos. Al este y al interior de este norte, la zona volcánica de Krafla es visita obligada con un lago en el cono de un viejo volcán, o con otro más al que se asciende por un camino de ceniza negra; hay los campos de lava, prueba más del vulcanismo. Cerca, Godafoss (todas las cascadas son "foss") es de nuevo el agua hecha belleza. Es la "cascada de los dioses" y dice la leyenda que los islandeses, convertidos al catolicismo, olvidaron allí a sus divinidades vikingas, esas que encandilan en películas por su fiereza (Odín), su amor y belleza (Freyja) o su masculina intrepidez (Thor); dioses duros para una tierra aún más dura.

3
Hacia los fiordos del este, tierra adentro, está el área geotérmica de las fumarolas de Hverir con un olor a azufre intenso y un paisaje extraterrestre. Luego nos asombrará el frío penetrante y húmedo de la cascada "más caudalosa" de Europa, Detiffoss, una inmensa masa de agua que se precipita desde alto y protagonizó las primeras imágenes buscadas por Ridley Scott para "Prometheus". Y es que Islandia toda es un plató de cine de acción, de vida más allá de lo imaginable y de distopías. Muchas son las series y películas que han buscado en esta isla excéntrica sus decorados, aunque esté lejos y sea cara.
Es el este y sur islandés el que más atrae por los cañones; o por las playas terribles como la espectacular Reinisfjara con sus columnas basálticas, su arena negra o su oleaje y corrientes peligrosas de las que advierte hasta la página oficial de "Exteriores" sobre la "naturaleza salvaje de Islandia" que dicho así es, más que advertencia, reclamo. Antes hay que ver la laguna glaciar y la "playa de los diamantes" donde los trozos de hielo simulan joyas. Está a los pies del gigantesco glaciar Vatnajökull. No es el único, pero este cubre el 8% de la isla y, como en toda, su subsuelo volcánico es un peligro, por lo que se monitoriza permanentemente la actividad que pueda haber.

5
Cerca ya de la capital, cerrando el círculo de peregrinaje viajero, el "santuario geológico de Thingvellir" se ha convertido en un parque temático con masas humanas que se acercan para ver el lugar, único en el mundo, donde aflora la Dorsal Mesoatlántica, la cadena montañosa que recorre, expandiéndolo, el Atlántico de polo a polo y que es fundamental para el conocimiento de la vida geológica del planeta. Se dice que algo presentían de su trascendencia los vikingos que allí, al parecer, reunían sus asambleas.
Después de tanta naturaleza, Reikiavik es una ciudad moderna y bonita en permanente cambio donde viven la mayoría de los islandeses. Tiene casi de todo lo deseable, incluyendo centros culturales para pasar los días cuando no hay días. Atrae incluso a jóvenes europeos, y españoles, seducidos por los buenos sueldos y la calidad de vida y que, pese al clima infernal, deciden al menos ir un tiempo a esta nueva frontera en erupción constante. Un territorio entre violento, salvaje y apacible, donde proliferan los cisnes y vuelan los frailecillos convertidos en iconos plasmados en los recuerdos. Donde es posible conjurar la gelidez externa en una piscina al aire libre de agua termal. Diferente, interesante y sugerente este "paraíso no tan lejano".
Suscríbete para seguir leyendo
- El mejor Roscón de Reyes artesano se prepara en Asturias: estos son los obradores que compiten (de momento) por la mejor receta
- Colas en JYSK, la competencia directa de Ikea, para hacerse con el sillón de moda y más estiloso del mercado: tiene una rebaja del 40% por tiempo limitado
- Fallece un hombre de 57 años de manera repentina en pleno centro de Oviedo
- Despiden a un profesor asturiano tras 20 años en un colegio privado por 'una bajada del número de alumnos', y el docente gana el juicio
- Colas en Decathlon para conseguir el nuevo abrigo calefactable que tiene una rebaja de 253 euros por tiempo limitado
- El Rinconín' celebra su sesenta cumpleaños por todo lo alto: 'Tenemos que seguir cumpliendo años
- Colas en Lidl para conseguir ya el soplador de aire inalámbrico que deja los plumíferos y anoraks de invierno como nuevos después de meterlos en la lavadora: adiós a la secadora
- Dos de cada tres kilos de pescado desembarcado en Asturias se venden en la Nueva Rula de Avilés
