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El mando lo tengo yo

Tino Pertierra

Tino Pertierra

Personas de total confianza me hablaron tan mal de un programa de televisión de cierto éxito que no pude resistirme a la tentación (¿morbosa? Nadie es perfecto) de echarle un vistazo. No diré cuál es para no dar ni una pizca de publicidad y porque me retiré de la crítica de televisión cuando mi nivel de resistencia al fango catódico con realities casposos, tertulias vocingleras y circos del corazón se redujo a cero. Me sorprendía tanta negatividad porque el espacio está a las órdenes de alguien que hace años y con otras orientaciones menos políticas (mejor dicho: menos partidistas) me caía simpático porque se tomaba muy en serio asuntos que no lo eran, como si realmente se creyera lo que estaba contando con un entusiasmo contagioso. En fin, las cosas cambian y las personas también cambiamos, para bien y / o para mal. En este caso, para muy mal, visto lo visto durante largos minutos trufados de publicidad interminable. Y es que nuestro comunicador se ha creído tanto su papelón de defensor a ultranza de la libertad de expresión que cualquier crítica que se le haga es rechazada de plano como un ataque frontal a la misma, lo que recuerda a esos personajes de la farándula que se desgañitan asegurando que había más libertad hace décadas que ahora, y no se dan cuenta de que el mero hecho de que puedan "denunciar" en horarios de máxima audiencia esa dictadura ya invalida su argumentario pueril e injusto. Pero volviendo al caso que nos ocupa (y que no debe preocuparnos mucho, después de todo la guerra de las audiencias y las publicidades tiene como daños colaterales la falta de mesura y el sectarismo), resulta cuando menos curioso que voces que se proclaman estandartes de la independencia y la ecuanimidad solo lleven a su programa a gentes de un solo palo, a supuestos expertos en ciencia, política o economía que disparan sus dardos en una sola dirección, sin que sea posible el debate ni la discrepancia porque todos reman sincronizados hacia un mismo horizonte. Menos mal que el mando permite (aún) tomar distancias sin contaminarse.

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