Ana Merino: "Los lectores de hoy somos hijos de la vida y el amor"
La escritora publica "El camino que no elegimos": "La literatura nos permite sumergirnos en lo más profundo que nos habita"

Ana Merino / Alejandro Meter.
La escritora Ana Merino recorre con “El camino que no elegimos” un paisaje literario marcado por la indagación en el desamor, “el primer espacio del que partimos”.
-¿Cómo nació la idea de recorrer El camino que no elegimos y qué le interesaba contar desde el primer momento?
Empieza como un hilo de sensaciones e imágenes. Quería indagar en el desamor, que es el primer espacio del que partimos. La decisión de un personaje, Connor, que decide romper su relación de dos décadas y cómo afecta a Juana. Pero, quería viajar por el interior de ambos personajes desde ese doloroso momento de la despedida. Acompañarlos sin juzgarles, consciente de que son parecidos a todos nosotros y de que sus nuevas vidas son plenas pese a lo que dejan atrás.
-La novela da gran importancia a decisiones que marcan vidas. ¿Qué le atrajo de explorar ese territorio emocional?
-Creo que la literatura nos permite sumergirnos en lo más profundo que nos habita. Definir las emociones y darles un espacio propio al formar parte de la evolución de cada personaje. El amor como concepto narrativo es el pálpito que mejor estructura el ritmo de la trama. Las emociones se fraguan en los personajes, y vamos a viajar por su tiempo, no solo en el presente, también en el familiar, en sus infancias y adolescencias. Las emociones se definen también en el espacio social, todos observan lo que está sucediendo con las parejas que se rompen. Y cualquier ruptura se convierte en un dilema que les incomoda.
-¿Hasta qué punto la historia tiene vínculos con experiencias personales o con observaciones de su entorno?
-Todos mis personajes son pura ficción, pero las atmósferas de los lugares están ligadas a mi propia vida. Mis años estadounidenses, mis viajes por Europa o mis observaciones de la realidad social que definen una época. Pero hay homenajes, a los soldados veteranos, como Marco, y que son recuerdo de alumnos que fueron a la guerra y volvieron rotos. También quise celebrar mi vida como profesora y los colegas que me acompañaron. El mundo de los científicos también merecía su propio homenaje. Científicos y humanistas se complementan y dan más emoción a la trama. A unos les habla la literatura, y a otros, las plantas. Me interesó representar las estaciones y sus climas extremos. Esas nieves, esos hielos, esos calores del verano, esas noches frías de la primavera y todo en un paisaje de pequeñas carreteras comarcales en las que Marco, el policía, será testigo del transitar de los otros protagonistas. Me gusta que la rede de las relaciones se condense en esas carreteras que son vigiladas por Marco.
-La memoria y las segundas oportunidades atraviesan el relato. ¿Cómo influyen en la construcción de identidad de sus personajes?
-Cada personaje trata de dar sentido a lo que está viviendo. Son conscientes de la edad que tienen y de lo que han experimentado. Unos tienen posiciones profesionales muy consolidadas, pero reconocen su fragilidad. Connor se enfrenta a sus adicciones y busca terapia o Marco, desde su hermetismo, trata de superar el dolor de las pérdidas de sus compañeros en las guerras. Sus vidas se renuevan en nuevos episodios donde el amor es el motor que les empuja a sentirse de otra forma, las segundas oportunidades están en la esencia del amor.
-¿Hubo alguna influencia literaria o cultural que guiara el tono y la construcción de la novela?
-Quise hacer un homenaje al siglo XIX, a la mirada de Stendhal y a su forma de definir el amor. Mis protagonistas, Cecile y Juana, son profesoras de literatura decimonónica, Stendhal y Galdós se deslizan por la trama, pero también están Turguénev, Emilia Pardo Bazán, Jane Austen, Tolstói o Flaubert. Y por otra parte está Robert Frost con su poema “El camino no elegido”, que le sirve al personaje de Juana para pensar en su propia vida y la de su hermana Maica. En mi caso trabajé en Dartmouth College, lugar que inspira la novela, y por el que pasó Robert Frost. Su figura, su mirada poética, me parecía perfecta para reivindicarla.
-¿Qué características buscó resaltar en los protagonistas para que el lector se identificara con sus dudas y contradicciones?
Su capacidad para reinventarse, todos enfrentan dilemas y son capaces de redefinirse desde esa mirada adulta que se queda observando la vida y no se arrepiente de lo que ha vivido ni de las decisiones que ha tomado. Había momentos en los que mis personajes se quedan en silencio. Guardan secretos que contienen muchas verdades,
-La novela plantea una reflexión sobre el rumbo vital. ¿Cree que interpela especialmente al lector de hoy o es un tema eterno?
-Ambas cosas se complementan, los lectores de hoy somos hijos de la vida y el amor. El rumbo vital que nos define se parece a esas dudas que definieron a nuestros antepasados. Aquí el amor en todas sus facetas construye la novela y hace que dialogue con los lectores, desde el lugar de cada uno de sus protagonistas.
-¿Qué parte del proceso creativo le resultó más compleja: la trama, los personajes o el tono narrativo?
-Trabajar una trama coral es siempre un reto, y, además, me ha preocupado que el entramado sea orgánico y les ofrezca un espacio armónico a todos los personajes. También me interesó buscar el equilibrio en cada parte y que los personajes se complementen. Arranca el desamor, pero luego aparece la pasión, para ir al amor y que todo se mezcle. Tal vez lo más complejo sea sostener la intensidad del amor y los secretos en torno a las emociones que viven.
-¿Qué espera que el lector perciba sobre la idea de “lo que pudo haber sido” al finalizar la lectura?
-Pienso que la aceptación y el disfrute de la vida son dos ideas que me interesan mucho. Mis personajes se dejan llevar por las circunstancias y en ese entramado aprenden a ser felices, a explicar su lugar en el mundo. Lo voy articulando desde tramas cotidianas parecidas a las nuestras, con la energía vital que nos compromete con el presente. Hay además un eco familiar que los define, y un contexto sociohistórico que juega a contrastar con el presente.
-¿De qué manera esta novela marca una etapa o evolución en su trayectoria como narradora?
-Con esta novela cierro mi etapa estadounidense. Han sido casi treinta años de vivir en ese país que ha impregnado mi imaginario y mi voz de narradora. Quería despedirme de los lugares que he vivido, y los he ido metiendo en diferentes capítulos: Columbus en Ohio, Pittsburgh en Pennsylvania, Iowa City, Boone en Carolina del Norte, o la República Dominicana. Investigar el amor de forma tan nítida me ha permitido definir una nueva etapa donde mis personajes evolucionan y aportan transformaciones dentro del proceso creador de la novela. Además, creo que condensar la historia en dos años aporta mucha fluidez.
-La novela se sostiene en una atmósfera emocional muy precisa. ¿Cuáles fueron los recursos literarios que consideró esenciales para modelarla?
-Me gusta jugar con el ritmo, y cuido mucho el texto. Hago borradores a mano, dibujo cada personaje y leo en voz alta todo el texto. Quiero que cada capítulo contenga emociones y mucha claridad, y para reforzar la trama pongo un título a cada capítulo. Hay también un universo botánico que representa las emociones de los personajes. Las plantas de Connor se quedan en la casa de Juana, el bosque en el que Lieke va a dibujar se transforma en un lugar inquietante, y esa experiencia la comparte una Cecile que anda paseando al perro de unos amigos. El invernadero de la universidad se transforma en un refugio emocional para Lieke y Connor. Desde allí Lieke es capaz de entender su propia vida y dibujar su futuro.
-¿Fue difícil gestiona el equilibrio entre las dimensiones íntimas de la historia y las implicaciones sociales o generacionales que aparecen en el trasfondo?
-Por mi formación de historiadora, me encanta poder mezclar ese puso vital y cotidiano de los personajes con la realidad social. Las realidades sociopolíticas nos afectan y son parte de nuestra época. Además, hay bastantes personajes secundarios intergeneracionales que obligan a pensar y a dialogar a nuestros protagonistas. La familia, presente en la cotidianeidad de todos los personajes, hace que el texto crezca y tenga mayor riqueza. También muestro la horrible tensión que supuso la victoria de Trump en ese 2016 y como afecta al devenir de algunos de mis personajes.
-¿En qué medida la novela dialoga con su obra anterior, tanto en lo estético como en lo temático?
Lo coral marca muchos de mis textos narrativos y teatrales. La tensión atmosférica es parecida a la de “El mapa de los afectos”, pero aquí concentro la acción en un lapso de dos años, entre 2016 y 2018. En este caso llevo la trama la zona de Nuevo Hampshire y cuatro de mis personajes están ligados a un college. En eso coinciden con la protagonista de mi novela “Amigo”, aunque allí sucedía todo en el Medio Oeste y aquí es la Nueva Inglaterra. Aquí también cultivo la línea clara, me interesa que podamos sumergirnos en el universo de cada personaje y empatizar con su realidad en pocas líneas. Por otra parte, el bosque en esta novela sigue guardando muchos de los secretos más siniestros.
-¿Qué desafíos encontró al construir personajes que viven entre la nostalgia, la expectativa y la incertidumbre?
-Disfruté muchísimo creando cada personaje, porque podía respirar sus vidas y su pasado, pero también me imaginaba su futuro. Cada día escribiendo la novela descubría nuevas cosas que los definían y eso me estimulaba muchísimo. Son cinco personajes complejos que están en momentos vitales muy diversos en una sociedad convulsa que los obliga en enfrentarla y tratar de salir adelante. Arranca en Estados Unidos, pero viaja a Europa y ofrece al lector un panorama existencial el que te también puede verse reflejado. ¿Quién no ha sentido alguna vez nostalgias, expectativas e incertidumbre? Esta novela busca que el lector se sienta parte de ese todo vital de los afectos y el amor, y que crezca y evolucione con las tramas.
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