Dolor invisible
Cristina Gómez, experta en neuropsicología: "Acompañar no significa eliminar el dolor, sino evitar que se viva en soledad"
El verano, culturalmente asociado al disfrute, puede ser un periodo especialmente sensible para quienes afrontan la pérdida de un ser querido

Sofía Pérez Ramiro
Sofía Pérez Ramiro
Para la mayoría, el verano es sinónimo de alegría, descanso y reencuentros. Es ese momento del año en el que aparecen los viajes, las vacaciones y las reuniones que el ritmo cotidiano obliga a aplazar durante meses.
Sin embargo, para quienes atraviesan un momento especialmente difícil, como la pérdida de un ser querido, la estación puede convertirse en un obstáculo emocional complicado de salvar. En una época en la que parece obligatorio disfrutar, sentirse triste puede aumentar la sensación de estar fuera de lugar y hacer que la ausencia pese de una manera diferente.
La psicóloga Cristina Gómez matiza que el verano no intensifica necesariamente el duelo ni afecta de igual manera a todas las personas. Sí puede convertirse, sin embargo, en un periodo especialmente sensible, precisamente por todo aquello que culturalmente representa.
Ella inició su formación en la Universidad de Salamanca, donde cursó el Grado en Psicología. Posteriormente, amplió sus estudios con un Máster en Neuropsicología y un doctorado en Psicología, desarrollados también en esta universidad.
Esta trayectoria le permitió especializarse en neuropsicología, un ámbito desde el que trabaja cuestiones como los trastornos del estado de ánimo, la estimulación cognitiva, la psicología infantil, la valoración neuropsicológica o el deterioro cognitivo, entre otras. Actualmente, ofrece atención profesional en Hervás, donde se encuentra su consulta física.
Cuando alrededor parece obligatorio ser feliz
Vacaciones, viajes, fiestas, comidas familiares y encuentros con amigos construyen una imagen del verano asociada casi permanentemente al bienestar. Para alguien que acaba de perder a una persona importante, el contraste entre esa expectativa de felicidad y su verdadero estado emocional puede resultar difícil de gestionar.
A ello se suma la transformación de las rutinas. Las obligaciones habituales proporcionan estructura y mantienen ocupada parte de la atención. Durante las vacaciones aparecen más horas libres y, con ellas, también más espacios para pensar, recordar y conectar con las emociones.
Cristina explica que pueden hacerse más visibles sentimientos como tristeza, nostalgia, soledad, irritabilidad, vacío o culpa. No significa que el duelo esté evolucionando incorrectamente. El verano simplemente puede actuar como un "amplificador de emociones" que ya estaban presentes.
Vacaciones que despiertan recuerdos
Hay además situaciones aparentemente cotidianas capaces de adquirir un significado completamente diferente. Una comida, una canción, unas vacaciones, una fiesta o un lugar concreto pueden estar estrechamente vinculados a quien ya no está.
El cerebro construye asociaciones entre personas, olores, espacios, fechas y actividades. Volver a encontrarse con alguno de esos estímulos puede provocar que un recuerdo aparezca de manera repentina y con especial intensidad.
Las redes sociales pueden añadir otro elemento de comparación. Fotografías de viajes, celebraciones y reuniones muestran continuamente la cara más alegre de la vida de los demás. Frente a ella, quien atraviesa un duelo puede llegar a preguntarse por qué no consigue sentirse igual. La especialista insiste en una idea fundamental: estar triste durante el verano no significa estar viviendo mal el duelo.
No hace falta vivir el verano de siempre
Una de las claves pasa por abandonar la obligación de reproducir exactamente los planes de años anteriores. Cristina aconseja permitirse vivir un verano diferente, adaptado al momento emocional de cada persona.
Mantener cierta estructura diaria puede ayudar, incluso durante las vacaciones. Cuidar el descanso, la alimentación, la actividad física y el contacto con otras personas permite conservar algunos puntos de referencia.
También es posible adaptar los compromisos sociales. Decir que no a una reunión, marcharse antes, elegir un plan más tranquilo o decidir con quién compartir determinados momentos son opciones válidas. Eso no significa, sin embargo, convertir la evitación en la única respuesta. Poco a poco, cada persona puede decidir qué situaciones está preparada para afrontar y cuáles necesita aplazar.
Además, recordar tampoco tiene que convertirse en algo prohibido. Hablar de quien ha fallecido, recuperar anécdotas, visitar un lugar especial o crear un pequeño ritual puede ayudar a integrar su recuerdo. El objetivo, señala Cristina, no consiste en olvidar ni en conseguir que desaparezca completamente la tristeza, sino en "reconstruir progresivamente la vida incorporando esa pérdida a la propia historia".
Acompañar no significa intentar animar
El entorno desempeña igualmente un papel importante. Frases pronunciadas con buena intención como "tienes que animarte", "distráete", "ya ha pasado tiempo" o "tienes que disfrutar del verano" pueden producir precisamente el efecto contrario. Quien está sufriendo puede interpretarlas como una señal de que debería encontrarse mejor de lo que realmente está.
"Acompañar no consiste en eliminar el dolor, sino en evitar que la persona tenga que atravesarlo sola", explica Cristina. Por eso resulta más útil escuchar, validar y preguntar qué necesita que intentar encontrar una frase capaz de solucionarlo todo.
También funcionan mejor las propuestas concretas. Ofrecer un paseo, acompañar a alguien a una comida familiar o simplemente quedarse a su lado cuando no quiere estar solo puede resultar más útil que dejar un genérico "llámame si necesitas algo".
Estar también cuando pasa el tiempo
El acompañamiento cobra especial importancia cuando transcurren las primeras semanas. Tras una pérdida suele producirse inicialmente una gran movilización del entorno, pero poco a poco los demás recuperan sus rutinas mientras la ausencia continúa formando parte del día a día de quien permanece.
Seguir preguntando cómo se encuentra, mencionar por su nombre a la persona fallecida y permitir hablar de ella puede convertirse entonces en una forma sencilla de continuar presente.
No todas las personas tienen que vivir agosto de la misma manera, y a veces el mejor plan del verano no consiste en ayudar a alguien a olvidar durante unas horas, sino en sentarse a su lado y dejarle recordar.
Fuente: El Periódico de Extremadura
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