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Rosario González Investigadora y docente de Sociología en la Universidad de Oviedo

"A estas alturas, si no eres feminista, eres machista"

"Hay que trabajar en otra forma de masculinidad, porque está la tóxica y hegemónica, pero también la cómplice que le ríe las gracias y mira hacia otro lado"

Rosario González, en los patios de la Laboral de Gijón. | |. PLAZA

Rosario González (Madrid, 1967) es investigadora y profesora de Sociología de la Universidad de Oviedo. Adscrita al Instituto Universitario en Género y Diversidad, ha liderado varios estudios sobre la violencia de género y las conductas machistas en la región.

–La violencia machista tiene una perspectiva histórica muy larga.

–Sí, desde una lectura desde las ciencias sociales, en España venimos de un marco normativo heredado, que durante el franquismo estuvo muy vigente, con el que el esposo podía corregir a la mujer e incluso quitarle a sus hijos sin más. Esas mujeres son herederas del débito conyugal, que era una violación encubierta, y en aquella épocas cuestiones como el piropo, el "algo habrá hecho" y el "la maté porque era mía" eran lo habitual. A nivel cultural, el refranero popular está ahí: "la mujer en casa y con la pata quebrá", "calladita de te ves más bonita", "mujer al volante peligro constante". Ese era el imaginario colectivo, las representaciones sociales del discurso de la época, nuestros patrones culturales. La violencia contra la mujer es algo que permanece y que atraviesa cualquier periodo histórico y cualquier región del mundo. Es también, desgraciadamente transversal: se adapta a los distintos formatos y discursos que surgen.

–¿Cuesta más identificar los nuevos tipos de violencia?

–Claro. Está el libro emblemático de Miguel Lorente, "Mi marido me pega lo normal". Él escuchó esa frase en su clínica, se lo dijo una señora. Ella creía eso, que su marido la pegaba lo justo, lo normal. Esas mujeres bebieron de esa fuente. Hoy las chicas no toleran un piropo que nuestras madres y abuelas aguantaban, o no tolerarían conceptos como el débito conyugal, pero sí están expuestas a violencia en redes sociales. Y las chicas de ahora creo que padecen una violencia distinta que pasa por la sexualización y pornificación en redes sociales, acompañado de acoso e insultos de todo tipo. Y una presión sobre el cuerpo y la estética, que me parece importante, y que alimenta problemas como la anorexia. Tenerte que intervenir el cuerpo para entrar en unos tipos de cánones son un también un tipo de violencia, quizás simbólico, pero está ahí.

–¿Cree que la infancia se ha acortado, que esa sexualización de las jóvenes comienza antes ahora?

–Lo que sí ha habido siempre, y eso hay que verbalizarlo, son las agresiones sexuales a niñas, y casi siempre por conocidos, solo que antes se callaba más. Lo que sí pasa ahora es que las niñas salen más, tienen más libertad de movimiento y están en redes sociales a edades muy tempranas.

–¿Se ha estancado el movimiento? Ahora se debaten ideas como la "ideología de género", un temor a las leyes contra la violencia machista que antes no se verbalizaba.

–El gran punto de cambio fue la ley de 2004 y todo el debate social y político que se creó y que caló en la sociedad. M arcó un antes y un después. Lo que pasa es que esos avances es como estar todo el rato haciendo un castillo en la orilla del mar, que si te descuidas llega otra ola, en este caso ultraconservadora, que empieza a relativizar esos avances sociales y aplican un revisionismo torticero e interesado con el que blanquean las agresiones. Y sí es verdad que parece que esas conquistas las tenemos conseguidas, pero no se puede bajar la guardia. Esa ola ultraconservadora, y en realidad ultramisógina, crean confusión.

–A muchos les cuesta aún identificarse como feministas.

–Llevamos un tiempo trabajando en una investigación sobre violencia en redes sociales y en gente joven. Y lo que encontramos es mucho discurso feminista, sobre todo en chicas, pero también en chicos. Y en el aula también lo noto. Lo que pasa es que como dijo la historiadora Michelle Perrot, todo feminismo despierta un antifeminismo virulento. Entonces el feminismo va avanzando y permeando en la sociedad, pero se topa con brotes reaccionarios. Pero sí quiero quedar claro que el feminismo ha llegado para quedarse y que cada vez hay más chicos jóvenes varones feministas.

–¿Y cómo afrontar esos brotes?

–Creo que hay que apuntar hacia la prevención. Porque no queremos más víctimas. Es importante atender a las supervivientes, pero el foco es evitar que haya más agresiones y garantizar una vida libre de violencias machistas. Y eso es prevención. ¿Desde dónde? Desde los patrones culturales. ¿De quiénes? De los hombres. Las violencias machistas son un problema de los agresores varones, y hay que apuntar ahí. Sabemos que cada vez hay más hombres feministas, afortunadamente, pero el perfil del agresor es hombre, cis, heterosexual... Es lo que hay. Y hay que apuntar ahí y a la gente más joven. Hay que trabajar en otra forma de masculinidad.

–A quienes dirán que no se identifican ni con el machismo ni con el feminismo.

–Por eso es tan importante esto de la educación. Porque está la masculinidad tóxica y hegemónica, pero ojo con la masculinidad cómplice, que son gente que no son abiertamente machistas pero terminan riéndoles las gracias o mirando hacia otro lado como si la violencia fuese un problema nuestro, de las mujeres. Es como con el resto de luchas. Si a mí me preocupa el racismo, como mujer blanca tengo que ser también consciente de mis privilegios. Pero en el caso del machismo parece que es siempre un problema de las mujeres, que no es un problema de ellos. Lo decía Luther King cuando alertaba de la pasividad de los mansos. Si es que nosotras no podemos hacer más: hemos accedido a los estudios, al mercado laboral, hemos gestionado nuestros cuerpos y nuestros deseos. Hemos hecho todo un recorrido y hemos planteado una agenda alternativa. Y ahora lo que falta es que los hombres, los del problema, inicien ese recorrido en sentido inverso.

–¿Cómo hacer que esos hombres se identifiquen con el movimiento?

–Es que es sospechoso. Porque si yo estoy en contra de la homofobia siendo heterosexual y empiezo con los "peros"... Es que entonces seguimos con el chiste de "ni machista ni feminista". Y no: si no eres feminista, eres machista. No hay posiciones neutras, eso es falaz. Y creo que eso es lo que no terminan de entender algunos, pero no lo hacen de forma interesada, porque forman parte del grupo privilegiado.

–¿Le da la sensación de que el debate avanza a distintas velocidad por una cuestión generacional?

–Claro. Como lo de Plácido Domingo, que primero lo negó todo y luego lo reconoció diciendo que era hijo de su herencia cultural. Como si tocarle el pecho a una mujer en tu camerino fuese una cosa de tu herencia cultural. No vale ese argumento tampoco, es tramposo. Multitud de hombres de su misma generación jamás hicieron eso. Y antes hablábamos de la sexualización de la chicas, y es que me preocupa también la pornificación de las generaciones nativas digitalmente. Eso se está viendo mucho en parejas jóvenes que normalizan cuestiones realmente peligrosas, violentas. Para mí y para muchas la pornografía es el escaparate de la prostitución.

–¿Qué está pasando con la ley "sí es sí"?

–Lo que está pasando a mí ya me suena: ya lo hemos vivido con la ley de 2004. Una ley a la que Naciones Unidas le dio un premio internacional en 2014 y que en su día fue la ley que más problemas tuvo a nivel constitucional. Se aprobó y hubo una avalancha de juzgados planteando que era inconstitucional. Ahora sale otra ley, volvemos a hablar de violencia, y regresa el debate político, social y judicial sobre el tema. Qué casualidad... Creo que es el mismo problema: una misoginia exacerbada que reacciona ante cualquier avance. Y otra vez el poder judicial. Esto es como lo de feminismo y machismo: si no estás a favor de las víctimas, estás a favor de los victimarios. Se han ofendido por decir que los jueces son machistas. Pero la pregunta es: ¿creemos que los jueces son feministas? Porque si no son una cosa son la otra.

–En el colectivo se habla ahora también de la carga mental sobre la mujer, la sensación de haberse incorporado al mundo laboral sin llegar a lograr una equidad en las tareas de cuidados.

–Tiene que ver con lo que hablábamos antes de cómo nosotras sí hemos hecho ese recorrido tan costoso y que lo que falta ahora es la corresponsabilidad de la otra mitad del mundo. Hasta entonces eso pasa factura, es una carga tremenda. Lo que nos ha enseñado el feminismo es la ética de los cuidados: poner en el centro la sostenibilidad de la vida, el autocuidado y cuidado de los demás, y quiero pensar que estamos ante un cambio de paradigma con el que vamos a poner la vida en el centro y cambiar la lógica de la competición por la de la colaboración.

–¿Los hombres son también víctimas de la cultura machista?

–Bueno, víctimas... Digamos que son parte damnificada. Pero sí, está claro: el prototipo de la masculinidad hegemónica deja fuera a muchos sujetos. Si volvemos a la mirada histórica, aquellos hombres de antes se perdieron el paternaje, no podían llorar, tenían que ser los proveedores de toda la familia. No me voy a poner en su papel, ese trabajo de deconstrucción lo tienen que hacer ellos, pero está claro que la masculinidad hegemónica también les afecta.

–¿Y cómo explica eso a estas alturas del debate? ¿No se están separando las posturas?

–Es agotador estar haciendo pedagogía todo el tiempo. Y es que, sí, a estas alturas hemos avanzado tanto que quien no quiere entender ya es porque tiene teflón, tiene unas compuertas mentales de no querer entender. Es más fácil, la zona de confort es la del discurso victimista de "yo, pobre hombre, que no he hecho nada, y ahora resulta que todos somos agresores y vienen a por mí". Pero todo esto se ha explicado de sobra. Los quieran entender, lo entenderán.

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