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A vuelapluma

Franco Torre

Legado

Lo había dicho días atrás en un coloquio, y se lo repitió, cara a cara, en un contundente plano-contraplano. "Tú eres la razón por la que yo hago cine". Las palabras son de Rodrigo Cortés; el destinatario, Martin Scorsese. Infinidad de cineastas, presentes y futuros, suscribirían la frase de Cortés, uno de los directores españoles más estimulantes del momento. Porque Scorsese es, probablemente, el cineasta de su generación que más vocaciones ha despertado. Es el director favorito de muchos directores. Pero también él tiene sus ídolos, sus referentes. Durante su conversación con Cortés citó algunos: Méliès, Chaplin, Buster Keaton, John Ford, Samuel Fuller, Fellini, Elia Kazan, Orson Welles. Incluso Scorsese, que es un gigante, se sabe a hombros de otros gigantes. No pretende ser el más original: antes al contrario, disfruta contando cómo adoptó esta o aquella solución para un plano, para una secuencia, inspirándose en lo que habían hecho otros. Antes que cineasta, era cinéfilo. Aún lo es: ama profundamente este arte, se le nota en cada palabra, en cada gesto, en cómo se le iluminan los ojos cuando habla de la recuperación de "The Other Side of the Wind", la película inacabada de Orson Welles. Se percibe esa devoción por los maestros, ese sentimiento de deuda que ha transmitido a través de sus películas, pero también de su actividad en The Film Foundation. Desde ese amor al cine, Scorsese no puede ocultar cierta preocupación por los cambios que está experimentando el medio, arrinconado en pantallas cada vez más pequeñas y en plena evolución de espectáculo colectivo a experiencia individual. Quizá, vino a decir, el destino del cine no fuese el de existir más de ciento y pocos años. Pero también tiene esperanza. Porque el cine, el arte, lo ha sobrevivido a todo, sustentado en el legado de creadores como Scorsese, y en su capacidad para inspirar a otros. Y mientras haya cinéfilos, como los que ayer llenaban la fábrica de La Vega, habrá cine.

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