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Tino Pertierra

Alma en suplicio

Sí: era una mujer rota. Destrozada por una vida en la que conoció a demasiados canallas, a demasiados depredadores. Fue una víctima desde niña, cuando el monstruo de Hollywood le arrebató la inocencia y la convirtió en una máquina registradora. El arco iris se le vino encima y entre los cascotes surgió una mujer atormentada, adicta a la destrucción, dañada por sus amores tóxicos y condenada a vagar como alma en suplicio por escenarios donde daba una de cal y otra de arena. Extinguida antes de llegar a los 50, Judy Garland es el mejor ejemplo de cómo el mundo del espectáculo puede devorar a sus hijos más vulnerables.

A ese personaje contradictorio, frágil y aturdido se aproxima Rupert Goold y su equipo dando prioridad a los momentos patéticos: desahuciada de la suite del hotel con sus hijos pequeños, acorralada por sus fiascos sentimentales, iracunda contra los espectadores en sus noches más desoladas, solitaria y perdida por las calles, juguete roto e irreparable. Para aliviar tanto drama, la película muestra también a Judy en momentos de incierta felicidad en amores rejuvenecedores o entrando en amable contacto con admiradores gays, mientras se van colocando actuaciones musicales que van de lo grotesco a lo vibrante según sea el estado de ánimo y la situación física de la gran artista.

Como casi todos los biopics habidos y por haber, Judy se conforma con acercarse al personaje desde la superficialidad y la falta de mordiente, pasando de puntillas por el pasado de la Garland infantil en un pantano infestado de cocodrilos bien trajeados. Correcta y monótona en sus hechuras formales, la película sostiene todo su andamiaje en la interpretación de Renée Zellweger, considerada (erróneamente) la actriz más indicada para encarnar a la atormentada Garland por sus propios encontronazos con la industria. El resultado, que le reportará un "Oscar" excesivo, alterna instantes en los que sí acierta a reflejar la devastación de la actriz de "El mago de Oz" echando el resto en miradas profundas y quebradas, con otros en los que aparece su amplio e inoportuno catálogo de tics y muecas.

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