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Matías Vallés

El efecto "mariposavirus"

El contagio a una hora de Ginebra de un británico que vive en Marratxí desata anulaciones en el Mobile World Congress a celebrar en Barcelona

La denominación coronavirus es efectiva para designar los garfios que facilitan el anclaje del ser no viviente en sus infectados. Sin embargo, el contagio a una hora de distancia de Ginebra y de la cumbre del Mont Blanc de un súbdito británico que reside en Marratxí inspira el término "mariposavirus".

En una paráfrasis de la generación de tifones a miles de kilómetros, la agitación de un mariposavirus en Mallorca desatará una oleada de anulaciones y la subsiguiente crisis en el Mobile World Congress de Barcelona. O replanteará reservas hoteleras en una ciudad tan distante como Madrid. Todo el mundo conoce la localización de la isla global que ha acuñado el primer contagio de coronavirus. La ubicación es más borrosa respecto a las capitales madrileña y barcelonesa, mucho menos famosas. Aun bajo esta cautela, la transmisión mediática de la infección está garantizada.

El daño colateral no debe distraer del impacto que el caso confirmado de coronavirus supone para la temporada turística mallorquina. Si el sector ya contenía el aliento desde el estallido de la epidemia en China, ahora cabe hablar de un pánico moderado. Pese a las pretensiones ecuménicas de los románticos, el único método para controlar una epidemia consiste en aislar a las posibles víctimas. En menos de un año, se ha constatado en voz baja que la solución al cambio climático y al contagio vírico consiste en limitar la globalización aérea. Ríanse del daño del diésel al sector del automóvil.

Fuera de China, los contagios son todavía lo suficientemente escasos para individualizarlos. Ayer se registraron las dos primeras víctimas mortales extranjeras en el gigante asiático, un japonés y un estadounidense. El foco de la epidemia acapara todos los fallecimientos, a excepción de un ejemplo en Filipinas.

En busca de la originalidad, el británico de Marratxí es el primer ciudadano de un país que ha sido detectado en otro, y después de haber sufrido el contagio en un tercero. Este trayecto laberíntico confirma la posición de Mallorca como encrucijada. En una evocación a la vez preocupante y tranquilizadora, el papel de avanzadilla de un virus trágico ya ocurrió con el sida. Baleares acaparó los primeros casos de los dos colectivos más castigados, homosexuales y heroinómanos. Desde entonces han muerto en la comunidad decenas de miles de personas, la inmensa mayoría por causas ajenas al síndrome.

Las epidemias cambian de nombre, pero suscitan conflictos éticos permanentes. En el caso del sida en Mallorca, los jueces condenaron la difusión informativa de datos que podían contribuir a localizar al paciente cero mallorquín. La preservación de la intimidad puede ser respetable en una enfermedad que requiere del contacto íntimo para transmitirse. Treinta años después, el dilema resulta más acuciante en una infección que se difunde por el aire. El paciente británico mostró una notable conciencia pública, al comunicar su estado inmediatamente después de enterarse del contagio de un compatriota con el que había convivido en Francia. Ahora bien, si no se divulga la identidad del vecino de Marratxí, ¿cómo se puede alertar a quienes estuvieron en contacto con él y necesitan ahora una revisión tranquilizadora? Máxime cuando el coronavirus carece de las connotaciones estigmatizadoras del sida.

Ahora mismo, el impacto del coronavirus es superior al daño que ha causado, aunque se transmita a mayor velocidad que su familiar del SARS. De hecho, las curvas de propagación demuestran un crecimiento cada vez más amortiguado del número de víctimas, junto a un incremento perceptible del número de enfermos totalmente recuperados.

A pesar del peligro de los excesos sintetizados por la Organización Mundial de la Salud en el término infodemia, la avalancha informativa es protectora. Esta conclusión resultaría parcial de labios de un periodista, por lo que cabe remitirse al diagnóstico más equilibrado de Yanzhong Huang, responsable de salud global en una de las instituciones más respetables de Nueva York. A su juicio, "la mejor estrategia para combatir el estallido de cualquier enfermedad es la transparencia". ¿Y el sensacionalismo? "Incluso tomando en consideración el potencial para desatar el pánico, necesitas que la población esté preparada".

Treinta años después, se observa que con el sida afloró lo mejor y lo peor del ser humano. Sin embargo, la sobredosis de información contribuyó a que nadie pudiera sentirse ajeno al síndrome, que por otra parte jamás alcanzó las dimensiones pronosticadas por los agoreros.

Los ciudadanos aislados y sanos de Wuhan aseguran que el confinamiento les ha ofrecido una nueva perspectiva vital, aunque está claro que invita al autoritarismo. A propósito, ¿es racista Pekín al aislar a una población superior a la española?

El planeta se enfrenta a un virus populista, porque obliga a contemplar la globalización como una amenaza. Los amigos de moralejas pueden sentirse obligados a concluir que el mariposavirus de efectos inesperados demuestra que no habrá un enriquecimiento desigual del planeta. Sin embargo, esta conclusión se alcanza con mayor claridad examinando la película "Parásitos" que describiendo la trayectoria de la infección.

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