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En recuerdo del historiador Carlos Seco Serrano

Cuando se llevan vividos tres cuartos de siglo son muchas las personas a las que has tratado y querido y a las que ya no volverás a ver ni a gozar de su compañía. Pero sabes que seguirán viviendo en tu recuerdo. Con el paso del tiempo vas experimentando una

Carlos Seco Serrano (Toledo, 14 de noviembra de 1923-Madrid, 12 de abril de 2020) nos ha legado el ejemplo de una vida casi centenaria dedicada al estudio de la Historia, como prueba su extensa labor docente (universidades de Barcelona y de Madrid) e investigadora, acreditadas por el testimonio de muchos de quienes fueron sus discípulos directos, y por la infinidad de libros, artículos, conferencias y dedicación a instituciones como la Real Academia de la Historia. No voy a hacer un listado de sus muchas obras, pero sí voy a permitirme evocar algunos datos de mi relación personal con un maestro de historiadores. Quizá pueda interesar a lectores conocedores de su obra.

Los que estudiamos Historia en el segundo lustro de los años sesenta en la Universidad de Oviedo conocimos pronto algunos de sus libros, como su colaboración a la "Introducción a la Historia de España" que escribió junto a Ubieto, Reglá y Jover, o su libro "Alfonso XIII y las crisis de la Restauración". En el manual citado Seco resumió lo que ya había escrito en el tomo V de la "Historia de España" del Instituto Gallach (Barcelona 1992), bajo el título "La España actual", a partir de la Segunda República, la etapa más próxima a nuestra época a la que no solían llegar los libros o las clases de Historia de aquel tiempo. La primera vez que le vi fue en el tribunal de la tesis de nuestro profesor David Ruiz sobre el movimiento obrero en Asurias, tema totalmente novedoso en aquel tiempo con un salón de actos lleno de público (1968), en el que la presencia de Carlos Seco en el tribunal estaba más que justificada: él estaba trabajando en transcribir las actas de la recepción en España de la I Internacional (publicadas con un estudio prelimiar por la Universidad de Barcelona en 1970). Yo era un disciípulo indirecto suyo puesto que era un lector atento de sus libros y artículos, de manera que, cuando decidí presentarme a las oposiciones a las cátedras de Geografía e Historia en Institutos de Enseñanza Media y vi que en el tribunal estaban Carlos Seco y Miguel Artola, le dije a mi mujer: yo voy a sacar estas oposiciones, y así fue (1972). Seco no me conocía de nada, pero me reconoció tres años después cuando con mi amigo Enrique Álvarez Sostres fuimos al funeral de Ciriaco Pérez Butamente, y recibimos el trato afectuoso de Seco y de Artola. Cuando se afianzó mi relación con Seco fue durante el tiempo en que me ayudó a realizar mi tesis doctoral sobre Pérez de Ayala. Debo a este escritor ovetense haber disfrutado durante años del magisterio y la amistad de Carlos Seco, desde sus visitas a Asturias y, sobre todo, cuando yo iba a Madrid, primero en la Facultad de Ciencias de la Información y, desde que se jubiló en 1989, en la Real Academia de la Historia. A don Carlos, "maestro y amigo" le dediqué mi libro Ramón Pérez de Ayala, testigo de su tiempo, libro publicado por la Fundación Alvargonzález de Gijón, que él presentó en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Seguí visitándole o escribiéndole con el pretexto de hacer algunas investigaciones para disfrutar de su conversación, consejos, preguntas preferentemente centradas en Asturias; valoraba mis opiniones, siempre interesado en que razonase cualquier juicio o información de asuntos actuales o del pasado histórico. Yo volvía a Oviedo eufórico. ¡Cuantas veces he añorado aquellos encuentros!

La personalidad de Carlos Seco era la de un liberal, al estilo de Gregorio Marañón, "estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo y no admitir jamás que el fin justifica los medios": ejercía ese liberalismo de forma natural, trataba de entender al otro y sus razones, rechazaba las visiones maniqueas. Confesaba su admiración por la escuela francesa de los Annales, aunque defendía una "historia total"; no se consideraba pertenecer a dicha escuela y menos a seguidores que se regían por "un estricto materialismo de cuño marxista". Resume sus criterios historiográficos de la siguiente manera: "La Historia no puede ser concebida como una pugna de buenos y malos: porque el historiador ha de proponerse una toma de contacto, no una toma de posiciones, ante la realidad. El historiador debe buscar las razones de sus protagonistas? Cada hombre tiene 'su razón' en 'la razón'. La postura del historiador debe ser exactamente todo lo contrario: debe impregnar su pluma, para ser objetivo, en una simpatía universal que amplíe su 'yo', en vez de ahogarlo".

Carlos Secó contó muchas veces que su padre había sido fusilado por los "nacionales" al no sublevarse en Melilla el "17" [de julio de 1936] a las "17". Huérfano de padre se abrió camino en la vida gracias a su tesón e inteligencia hasta obtener la plaza de catedrático de Historia general de España en la Universidad de Barcelona en 1957, después de brillante oposición que elogiaba uno de los miembros del tribunal, nuestro don Juan Uría Ríu. En una de las últimas conversaciones que mantuvimos me repitió lo que había escrito y comentado con otras muchas personas. Antes de morir su padre escribió una carta en la que pedía a sus hijos que nunca practicasen cualquier tipo de venganza. Don Carlos cumplió el deseo del comandante Edmundo Seco. Porque es fácil captar que, en su vida y escritos, su compromiso como persona e historiador era la concordia entre los españoles. Repito: la concordia.

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