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Chus Neira

¡Balambambú!

Con la muerte de Little Richard desaparece una forma de aporrear el piano y el último pionero puro del rock

Muere Little Richard casi un año después de que Doctor John se fuera a vivir con los caimanes y es como si hubiera sido, otra vez, el día en que murió la música (1959). Por el lado de los pianistas, desaparecido también Fats Domino hace pocos años, no se me ocurre ningún aporreador de pianos de la rama negra aún en pie. Por la otra, la de los pioneros, solo queda Jerry Lee Lewis, pero ni su sombra ni sus luces son tan alargadas como la de aquel enano ensortijado con los ojos a punto de salirse, vudú vivo y voz del coro gospel del domingo de tantos éxitos.

No es solo que Little Richard merezca el mismo lugar que Elvis y Chuck Berry. Es que su propia circunstancia vital, el haber llegado a la improbable edad de 87 años en activo, le convierte en quintaesencia del género: conoció el paraíso de las listas de éxito y el infierno de los casinos de Las Vegas, y ofreció al mundo del rock y del espectáculo en general todo el dolor y el color de una sexualidad tumultuosa y lasciva cuyo disfraz él mismo, puro pastiche, había aprendidio de otro pionero del Rhythm'n'blues, Eskew Reeder "Esquerita".

En Gijón, hace 15 años, pudimos verlo todavía en pie, histrión, glam, furioso y telepredicador. Fue un concierto maravilloso. Venía con una banda de músicos de sesión de primera, casó a parejas y repartió entre el público un libro de autoayuda cristiana, "Buscando la paz interior", que todavía conservo. De vuelta a Madrid, por la noche, se pasó el viaje preguntando si alguno de aquellos castillos que veía a lo largo de la A-6 eran la residencia del Rey de España. Y cuando empezó a amanecer, se puso a cantar, muy bajito, esas alabanzas religiosas con las que su voz, doliente y voraz, aprendió, una vez y para siempre, a celebrar la vida. ¡Salve a la reina!

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