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Fiel a sí mismo

Si les pidiera que pensaran por un momento en la imagen de un rubio y algo desgarbado vaquero solitario que cabalga por una llanura desértica bajo un sol abrasador, estoy seguro de que irremediablemente su mente habrá vestido a este personaje con un gastado sombrero marrón y un raído poncho de lana. Esta icónica imagen del cine encarnada por Clint Eastwood obra el prodigio, al microsegundo de ser evocada, de hacer brotar en nuestras cabezas las impactantes melodías compuestas por Morricone. Porque las partituras del genio romano se han filtrado en nuestras almas de forma tan esencial como lo han hecho en cada una de las películas para las que fueron realizadas, es imposible pensar en una de ellas y no ponerse a tararear mentalmente un pasaje musical de los creados por el maestro. De igual manera es imposible hablar de Morricone sin citar a Sergio Leone, la carrera del compositor emergió con fuerza de la mano de su antiguo compañero de colegio, la casualidad hizo que ya siendo adultos ambos se reencontraran dando lugar a un puñado de formidables películas en una brillante colaboración tristemente finalizada a causa del prematuro fallecimiento del director. El padre de Ennio Morricone era trompetista en clubs nocturnos y music halls, él le enseñó a una edad muy temprana a tocar varios instrumentos, entre ellos la trompeta. Esta cercanía a la música popular, combinada con una posterior formación clásica, dio lugar el estilo ecléctico y sin complejos que asombró a todo el mundo. Muestra de ello es la inclusión, de manera preponderante, de las guitarras eléctricas junto a un empleo audaz y provocador de las voces corales para sus célebres composiciones en las películas de Leone. Para él, la voz humana era "el instrumento más hermoso de todos, con un sonido unido a la propia vida". Morricone percibía la música como "una experiencia antes que como una ciencia". Sin duda, esta percepción hace que su trabajo de compositor nos deje un legado profundamente unido al disfrute de la experiencia musical dentro de una sala de cine, siempre al servicio de la historia y sin eclipsar el resultado final de la película. Con este espíritu, y a lo largo de su obra, hizo siempre gala de una sensacional libertad, convirtiéndose en todo un referente para varias generaciones de cineastas entre los están Pasolini, Bertolucci, Henri Verneuil o Gillo Pontecorvo. Esta libertad le llevó a rechazar las ofertas de Hollywood viviendo y trabajando en Roma toda su vida. Sin duda esta circunstancia también afectaría a sus composiciones, ya sabemos que la dorada meca del cine hace pagar un peaje creativo a todos aquellos que pretender acercarse a ella y que el resultado de este periplo no siempre resulta grato a los artistas que se dejan seducir por sus oropeles. Este rasgo vital de fidelidad a sí mismo también se percibe en las partituras de Morricone, al que un cinéfilo empedernido como es Quentin Tarantino, brindó el homenaje final encargándole la música para su western "Los odiosos ocho," por el que en 2015 la Academia de Hollywood otorga el premio Óscar a un Morricone de 87 años consagrado ya hace tiempo como todo un referente en la cultura del siglo XX.

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