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Franco Torre

La imaginación al poder

Estimulante musical cyberpunk con un fuerte mensaje anticolonialista

Al grito de “Fuck Mr. Google”, un grupo rebelde trata de zafarse del colonialismo tecnológico, en una selva perdida de Ruanda. Cantan, bailan y aman para combatir el control paramilitar, el expolio de las reservas de coltán, la deshumanización a la que son sometidos. Y ahí en medio están Neptune, hacker intersexual que renació como a los 23 años, y Metalusa, minero huido de una explotación de coltán.

Rareza absoluta y maravillosa, Neptune Frost es el fruto, se diría que imposible, de la fusión entre musical, cyberpunk, arte performativo de vanguardia, danzas africanas y cine de guerrilla. Una estimulante propuesta que sorprende por su desparpajo, su audacia, su vocación abiertamente experimental, su destreza visual y una insobornable honestidad.

Con medios más bien precarios pero con la imaginación por bandera y un gusto estético innegable, esta epopeya de ciencia-ficción que a buen seguro haría las delicias de William Gibson alcanza cotas vetadas a la mayor parte de las superproducciones que se alimentan del género, pródigas en medios y huérfanas de ideas. Para empezar, Neptune Frost logra construir un mundo propio, una Ruanda distópica que nos aguarda a dos latidos y cuatro chips de distancia, y que bebe de la mejor tradición del afrofuturismo. Pero además, en la mejor tradición del género, el filme hurga en la grietas del presente para armar una potente crítica política y social, en este caso a un colonialismo extractivo y rapaz, hecha a ritmo de tambor africano y canciones de guerra. Hipnótica, extraña, vanguardista, inclusiva, pertinente e inolvidable, Neptune Frost es sin duda una de las películas más insólitas de lo que va de FICX, pero también una de las mejores.

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