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David González, una voz clamorosa

Sobre un autor que construyó una mitología de resistencia

Posaba de tipo duro al igual que uno de sus maestros, Bukowski. Y lo fue a la manera de los que pelean cada día con su sombra, esa mancha inhóspita en la que crece el moho de la autodestrucción. Por su talante antiburgués y su propensión a ver en la bohemia radical una forma de vida, David González hizo suya la exhortación de Baudelaire en favor del exceso y abrazó hasta el final el marbete de “maldito”, esa tradición que viene de Verlaine y su famosa antología. De Rimbaud, otro de los admirados, tomó palabras de su epistolario africano para retratarse también como un hombre con las suelas de viento. Todos estos autores, y otros que van de Kerouac a Fante o Carver, le permitieron construir una mitología de resistencia y una visión del poema como vaciamiento interior, como página de los daños propios y ajenos.

David González empezó a escribir en la cárcel. Los versos como redención, quizá. Lo contó en vida. Y se hizo poeta para no acabar como aquellos quinquis de nuestra generación, cuando las transiciones a la democracia sumaban incertidumbres, fiestas y tragedias cotidianas. Vio en lo que escribía Roger Wolfe, que ha sido quien mejor adoptó la estética del realismo sucio a una seca dicción castellana sin florituras, un modelo al que darle una vuelta de tuerca. De ese proceso salió con una inconfundible voz clamorosa, contundente, en la que caben la autobiografía descarnada, el coloquialismo, la enfermedad, la rebelión y una sentimentalidad orgullosa de todas las derrotas. Nieto e hijo de obreros, reivindicaba sus orígenes en San Andrés de los Tacones y la educación callejera en el barrio de Cimavilla, sus territorios gijoneses. Escapó de los talleres siderúrgicos para poder escribir lo que le daba la gana y mantuvo una acracia estremecida con la que ponía bajo sospecha toda forma de autoridad. Unos policías lo acusaron una vez de enfrentarse a ellos con un desvencijado paraguas.

Isla Correyero incluyó los poemas de David González en Feroces: muestra de las actitudes radicales, marginales y heterodoxas de la última poesía española (DVD, 1998). El poeta asturiano fue perseverante, fiel a los enunciados del título de ese libro. Y beligerante con otras estilísticas en las que veía prolongaciones de un sistema literario español con beneficiarios y perseguidos. Afirmó que él escribía “poesía de no ficción”, aunque le gustaba pensar que la suya era además “poesía de la consciencia”, según fórmula de Natalia Salmerón, buena conocedora de la obra del gijonés.

He discutido mucho de poesía con David González por las aceras y barras de la noche y los amaneceres. Nadie leía tan bien como él en público, aunque el auditorio fuera escaso y municipal: con la fuerza de una estrella del rock. Andaba siempre levantándose de sí mismo, sembrando hogueras y rezando lo que sabía. Escuchó con atención lo que el demonio le silbaba n las orejas.

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