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Abelardo se sincera: "Del Sporting dimití, pero me tenían que haber echado mucho antes"

El gijonés triunfó como jugador, con clasificación para la UEFA, y como técnico, con un ascenso y una permanencia milagrosos

Abelardo posa con la camiseta del Sporting en La Escalerona. | Juan Plaza

Abelardo posa con la camiseta del Sporting en La Escalerona. | Juan Plaza

Pocos como Abelardo Fernández pueden presumir de ser leyenda del sportinguismo en el campo y en el banquillo. Como futbolista todo le vino rodado desde que pegó el estirón y unió el físico a sus condiciones naturales. Como entrenador protagonizó algo parecido a un milagro.

O dos. Porque aquel ascenso y aquella permanencia del Sporting de los guajes todavía sirve como ejemplo de las cosas bien hechas, del sentido común y del coraje para superar las adversidades y llegar al éxito. Ahora, tras un par de experiencias lejos de Gijón, Abelardo Fernández Antuña (19 de abril de 1970) vuelve a disfrutar de su ciudad y de su equipo.

“Soy de Pumarín, de la calle El Bierzo”, señala Abelardo mientras recrea sus primeras patadas a un balón: “Jugábamos en un callejón, al que los coches solo entraban para aparcar. Con dos piedras o dos chaquetas hacíamos las porterías y montábamos partidos interminables”.

Mientras, el pequeño (Pitu) Abelardo vivía la mejor época del club, que luchaba con los grandes: “Ahora los chavales son del Madrid o del Barça, pero entonces éramos todos del Sporting”.

Como su padre no era futbolero, el enganche sportinguista de Abelardo llegó por otro lado: “Mi tío Avelino empezó a llevarme a El Molinón y con 6 o 7 años me hizo socio. Nos poníamos en la tribuna Oeste, detrás del banquillo visitante. Mi tío me recogía a las tres, jugaba una partida de cartas con los amigos y después, al campo”. Sus primeros partidos en el colegio Elisburu le llevaron pronto a la mejor cantera, la del Xeitosa.

Fue el primer capítulo de una larga serie de encuentros con Luis Enrique: “Teníamos un equipazo y ganamos el campeonato de Asturias al Sporting: 7-0 en casa y 2-3 fuera. Después de eso nos ficharon a seis”. En el Sporting alevín, con Uribe de entrenador, llegó el primer frenazo: “Ya era fútbol 11, campos enormes, barro, y yo era muy delgadín. En el alevín B tenía que venir Alberto, un centrocampista, para sacar de puerta”.

“En mi último año de infantil jugaba muy poco”, explica Abelardo como preámbulo a su primera salida de Mareo: “Mi ilusión era jugar al fútbol, hablé con mi padre y me marché a La Braña. Fue un año fatal y se me pasó por la cabeza dejar el fútbol. Pero entonces me llamaron del Estudiantes para el Primera Juvenil. Estuve dos temporadas, desarrollé y crecí 23 centímetros, de 1,60 a 1,83, y ya fue todo bien”.

Entonces llegó otro momento clave: “Me llamó el Sporting y no quería ir. Tenía una oferta del Caudal, de Segunda B, y estuve a punto de decirles que sí. Pero mi madre me desanimó porque mi padre no me podía llevar y tenía que sacarme el carnet para ir a Mieres toda la semana por una carretera complicada. Entonces mi padre fue a hablar con García Cuervo y le dijo si me podía asegurar que iba a quedar en la plantilla del B”.

“Al Sporting no le llegué a decir que no”, aclara Abelardo, aunque reconoce que en aquel momento le pudo “el orgullo de un crío dolido”. Pronto se dio cuenta de que había acertado: “La temporada 88-89 fue en la que mejor lo pasé en el fútbol. Y eso que me tocó la pretemporada más dura de mi vida. Estuve encantado, con amigos como Luis Enrique, Alberto, Ovidio... Era una hornada muy buena y ascendimos”. Su proyección se disparó de tal manera que Chuchi Aranguren le hizo debutar en la primera jornada de la Liga 89-90.

Y nada menos que en el Santiago Bernabéu: “El primer equipo tenía muchas bajas en el centro del campo y Chuchi me puso de pivote defensivo contra el Madrid. Estaba muy nervioso, pero como futbolista nunca sentí presión. Sí la tengo desde que soy entrenador”. Tras un breve regreso al filial, la destitución de Aranguren y el ascenso de García Cuervo le asentó como jugador de Primera División. Nada cambió la temporada siguiente, cuando Ciriaco tomó el relevo en el primer equipo.

“Con Ciri sale todo redondo y nos metemos en la UEFA con cuatro titulares de 20 años: Luis Enrique, Arturo, Manjarín y yo”, destaca Abelardo, que se convertiría en uno de los líderes del equipo hasta que, en 1994, fichó por el Barcelona: “Acababa contrato y hablé con el Sporting para que me renovase porque Cruyff había hablado conmigo. Tenía una ficha baja para ser mi quinta temporada y estar en la selección. Firmé por tres años más con una cláusula asequible para un grande, 275 millones de pesetas (un millón y medio de euros) porque siempre quise que el Sporting cobrase algo por mí”.

Abelardo

Tras ocho temporadas en el Barça y una en el Alavés, Abelardo colgó las botas: “No tenía la vocación de entrenador de compañeros como Guardiola o Pellegrino, pero en los últimos años empecé a fijarme más en los entrenamientos y a hablar con los entrenadores. Me ofreció el Sporting coger un infantil de la escuela y después estuve en el cadete, el juvenil B y el Sporting B, hasta que Emilio de Dios decidió cambiar”.

Esta vez, la salida de Mareo le sirvió de trampolín: “En el Candás y el Tuilla fue donde más aprendí como entrenador”. Hizo méritos suficientes para volver, primero como ayudante de Javier Clemente en el primer equipo y después como responsable del filial. En la temporada 2013-14, cuando el Sporting de José Ramón Sandoval flaqueaba, le llegó la gran oportunidad: “Fue complicado porque éramos séptimos y faltaban cinco partidos. Nos metimos en la promoción, pero tuvimos mala suerte contra Las Palmas”.

Y, de repente, el bombazo: “Había problemas económicos, no se podía fichar a nadie. No quedaba otro remedio que subir a los chavales del B. Las expectativas eran conseguir 50 puntos, pero hicimos una Liga impresionante, con récord de partidos sin perder y, al final, solo dos derrotas de 42 jornadas”. No se olvida de la afición: “En la primera vuelta y parte de la segunda, el ambiente de El Molinón era muy malo. Pero la gente se fue enganchando y en los dos últimos partidos el campo estaba lleno”.

Y tras un ascenso inolvidable, una permanencia agónica: “Tuvimos mucho mérito porque solo pudimos traer a Sanabria, Mascarell y Halilovic por el sueldo mínimo. En la segunda vuelta hicimos 24 puntos”. Abelardo reconoce ahora que aquella euforia le confundió: “Me equivoqué al seguir porque estaba muy cansado. Esos dos años fueron terribles, adelgacé seis o siete kilos. Tuve una oferta, pero me quedé por amor al Sporting. Empezamos bien, con 7 puntos de 9, pero ya entonces le dije a Iñaki Tejada que íbamos a bajar. Estaba a un 25 por ciento de energía y yo necesito estar al 200 por 100”.

“Dimití, pero Javier se portó fenomenal porque me tenía que haber echado mucho antes”, remata Abelardo, que renunció a las tres temporadas de contrato que le quedaban. ¿Habrá una quinta etapa en el Sporting? “No sé si volveré. Estoy a su disposición, pero no como entrenador. Cumplí una etapa, lo pasé bien y mal. Pero nunca se sabe. Tengo muy buena relación con Javier y con Joaquín”.

Mientras, disfruta con un Sporting que le recuerda al suyo: “Se parece mucho: problemas económicos por la pandemia, chavales que están haciéndolo fenomenal, un entrenador que ha apostado por ellos. Me encanta ver rendir a ese nivel a Guille, a los pablos, Gragera, Gaspi, Pelayo... Y la gente veterana, que los está ayudando. Veo al equipo muy bien, El Molinón es un fortín y fuera van a puntuar”. Y una recomendación: “Se lo tienen que tomar como hasta ahora”.

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