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Tres años del fallecimiento del mito

Especial Quini: sus bromas más memorables y los diez mejores goles de El Brujo

Quini firmó auténticas obras de arte, desde la volea de Vallecas al tanto que le hizo en un “Costa Verde” al padre de Mourinho, solo para testigos directos

Quini

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El hombre de la eterna sonrisa

Por más golpes que le dio la vida, la sonrisa de Quini nunca se borraba. Era su seña de identidad. Sonrisa de complicidad o risa desatada, contagiosa. Le gustaba compartir momentos de alegría y a menudo provocarlos, a veces a costa de los demás. Las bromas de Quini se hicieron casi tan célebres como sus goles. Y casi siempre se le perdonaron, a pesar de que algunas traspasaron algún límite. Porque era él. Porque era Quini, el hombre de la eterna sonrisa. Aquí repasamos algunas de sus más célebres gamberradas en el tercer aniversario de su muerte.

1 De la cuchara de Redondo...

Una de las primeras víctimas del Quini más travieso fue un joven José Antonio Redondo, que acababa de llegar a la primera plantilla del Sporting. Antes de un entrenamiento, El Brujo le metió una cuchara de postre en la bota. El defensa, pese a la incomodidad, aguantó toda la sesión con el añadido, para regocijo de Quini, que con la complicidad de sus compañeros animaba al lateral: “Qué bien le pegas de cuchara, Redo”.

2 A las cucharillas del tesorero y de Casaus.

En un viaje de vuelta de Madrid, en el aeropuerto de Barajas, la expedición del Sporting hacía tiempo en una de las cafeterías. Un escenario perfecto para las ocurrencias de El Brujo. En un descuido llenó con un puñado de cucharillas los bolsillos del abrigo del tesorero, Tino “El Camochu”. Los pitidos del arco de seguridad se confundieron con las risas de Quini y sus compinches, mientras El Camochu no sabía dónde meterse. Años después, Quini repitió la jugada con el vicepresidente del Barcelona, Nicolau Casaus, con idéntico resultado.

3 Cundi se quedó sin coche.

Los defensas fueron víctimas de Quini, en el campo y fuera. Lo sabe bien Cundi, que aguantó con su talante bonachón mil y una perrerías de El Brujo. Una de las más recordadas en Mareo fue cuando le cogió las llaves del coche y lo acabó “aparcando” en el campo número 2. Cundi, resignado, tuvo que buscar chófer para volver a Gijón y regresar al día siguiente. Allí seguía el coche y, sorprendentemente, las llaves volvieron a aparecer en la chaqueta de Cundi. Aun así, le costó sacar su vehículo de un césped recién sembrado.

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4 Y dos huevos blandos.

La carrera de Tati Valdés quedó marcada por la pérdida de su peluca en un partido frente a la Real Sociedad en El Molinón, encima televisado. Lo que no es tan conocido fue lo que ocurrió un par de días antes en una cafetería de Gijón. Aprovechando una visita de Tati al baño, Quini pidió a la dueña del bar un par de huevos. A la vuelta de Tati, con la colaboración de Herrero I, que le levantó la prótesis capilar, Quini le estampó los huevos en toda la calva. Al margen del apuro, Valdés siempre atribuyó la escasa adherencia del peluquín, y su caída ante toda España, a la enésima broma de El Brujo.

5 Una sorpresa en el armario.

Quini llegó al Barcelona en 1980, al mismo tiempo que otro chicarrón del Norte llamado José Ramón Alexanco. Hicieron buenas migas dentro y fuera del campo, lo que aumentaba las probabilidades de que el vasco se convirtiese en víctima propiciatoria de las ganas de juerga del asturiano. Hubo varias, pero la más sonada tuvo lugar en una concentración. Como compartían habitación, en cierta ocasión Quini esperó al defensa metido en un armario. Cuando Alexanco abrió la puerta y Quini se le echó encima, a su compañero casi le da un patatús. En ese momento, si le pilla lo mata, según confesión del propio Alexanco.

6 El spray de Uría.

Quini no se cortaba ni cuando estaba con la selección española. Y se la armaba hasta a los que le conocían bien, como Javier Uría. Una noche de 1978 en el Hotel Alameda, antes de viajar al Mundial de Argentina, partida de cartas con los dos asturianos frente a los vascos Arkonada y Dani. Uría, resfriado, tiraba de spray para despejar sus fosas nasales de vez en cuando. Bastó una llamada de teléfono para que, aprovechando su ausencia, Quini cambiara el líquido del envase por leche. Cuando Uría volvió a utilizar el spray no pudo disimular sus malas sensaciones. “Creo que se me ha avinagrado un poco la cena”, confesó entre el jolgorio de sus compañeros de partida, mientras Quini justificaba tanta carcajada: “Es que Dani ha contado un chiste muy bueno”.

7 Los palos de Joaquín.

El Sporting solía parar en Casa Quico, en la autopista del Huerna, para completar los viajes de regreso a Gijón. Joaquín siempre compraba una riestra de chorizos caseros para regalar a su suegro. Así que no cuesta imaginar la cara con que se quedaron, él y su suegro, aquel día que, después de desenvolver el paquete forrado con papel de periódico, se encontraron con un puñado de palos. Joaquín se lo tragó y no le dio a El Brujo la satisfacción de confesar su apuro hasta bastante tiempo después.

8 Petardos y agua helada.

Otra malvada costumbre de Quini era la de comprar en una tienda de chucherías petardos que, más allá del ruido, provocaban una humareda considerable en el vestuario. Más de una vez, El Brujo los tiró en la zona de las duchas para que sus compañeros, ante la falta de visibilidad y la lógica confusión, tuvieran que soportar encima unos cuantos manguerazos de agua helada.

El ídolo nacido para el gol

Sin contar los amistosos, Quini marcó 356 goles en su carrera profesional, 219 de ellos en Primera División, en la que consiguió cinco “pichichis” (tres con el Sporting y dos con el Barcelona), más otros dos en Segunda. Ésta es una selección con nueve obras de arte del gol.

1 La volea de Vallecas.

Minuto 59 del Rayo-Sporting del 21 de octubre de 1979. Con 0-1 en el marcador ocurrió el prodigio, así contado: “Avance de Mesa por la izquierda, con recorte a Custodio, para centrar pasado el segundo palo, en donde Quini empalma sobre la marcha un remate increíble con escasísimo ángulo de tiro, que se cuela como un obús por el otro palo, por alto”. Años después, para ganar la Eurocopa de 1988, Van Basten imitó al Brujo.

2 El portero no era un amigo.

Sporting-Barcelona del 28 de octubre de 1979. La noche que Enzo Ferrero salió a hombros por un gol genial, el que cerró la cuenta (4-1). Pero el que desencalló el partido, el 2-1 en el minuto 48, demostró que a Quini podías tumbarlo, pero no anular su hambre de gol: “Jiménez lanza en profundidad a Quini. Este avanza, sale Amigó y le pasa el balón por encima y, ya en el suelo y caído tira con la derecha y por bajo estableciendo el segundo gol, a cambio de un golpe al chocar con el portero”.

3 Una cabeza privilegiada.

Aunque en aquella época Santillana pasó por ser la mejor cabeza del fútbol español, Quini no le iba a la zaga. Por precisión y contundencia. No fueron pocos sus goles de cabeza desde una distancia considerable. Como el que le clavó el 5 de febrero de 1978 al portero del Salamanca, Antonio, un 3-0 saludado con pañuelos en El Molinón. Un avance de Tati Valdés en el minuto 77 por la derecha acaba con un centro abierto al área que Quini, “anticipándose a la acción del defensa, mete un cabezazo precioso, aprovechando la posición adelantada del meta. Y la pelota se cuela parabólicamente por el ángulo superior opuesto”.

Quini

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4 Urruti no se lo esperaba.

Segunda temporada de la segunda etapa de Quini en el Sporting. El Barça visita El Molinón con jugadores que saben bien cómo se las gasta El Brujo. Pero no del todo cuando el minuto 75, con 0-1, sacó un as de la manga en la banda izquierda del fondo del Piles: “Recogiendo el esférico casi a punto de perderse, después de que no hubiese podido tocarlo de cabeza, se apercibió de que Urruti se había adelantado esperando el pase del delantero y lo que hizo fue enviarlo directamente a puerta, sorprendiendo a propios y extraños”.

5 Mejorando lo presente.

Duelo de artilleros en el Sporting-Valencia del 14 de octubre de 1979 en El Molinón. Una volea de Kempes permite al Valencia recortar diferencias antes del descanso (2-1). En el minuto 69, con 3-2, Quini acabó con la incertidumbre a lo grande, mejorando el movimiento de El Matador: Centro pasado de Joaquín y Quini, “agachándose hasta caer al suelo y a la media vuelta, empalma una volea impresionante, que clava el balón en las mallas como un obús”.

6 Iríbar, a sus pies.

Tiempo añadido del Sporting-Athletic de la temporada 1978-79. Partido con alternativas, empate a tres y Quini esperando su oportunidad para batir por tercera vez a otro mito, Iríbar: “El Sporting avanza por la izquierda y Ciriaco hace una jugada sensacional. Salvó a dos contrarios, llegó a la línea de fondo, retrasó al centro y Quini, sobre la marcha, agarró un disparo durísimo, raso, que toca Iríbar pero por lo violencia del disparo no puede impedir que el balón llegue al fondo del marco. La apoteosis en el campo y en las gradas fue de las más espectaculares que recordamos en nuestro estadio”.

7 Como un Rayo.

Apenas seis meses después de su prodigiosa volea, Quini volvió a Vallecas para el partido de ida de los cuartos de final de la Copa del Rey. A la vuelta del descanso, con 1-0 para el Rayo, volvió a dejar su sello: “Uría centra sobre el área y Quini remata de cabeza, despeja Mora y Quini de nuevo, de cabeza y en parábola, consigue un gran gol que el público ovacionó puesto en pie”.

8 Dígaselo con goles (3).

Una semana difícil, en la que Quini tenía a la afición de uñas, acabó el domingo 9 de diciembre de 1973 con un hat-trick al Espanyol, la mejor de las reconciliaciones. Sobre todo por el que cerró la tarde: “3-0. Minuto 36 del primer tiempo, la jugada del partido y, quizá, del año. Valdés lanza un pase largo hacia Quini. El balón iba a botar medio metro delante del jugador rojiblanco, que no lo dejó caer lanzando un disparo en semivolea que entró como una exhalación en la portería de Bertomeu, que no se enteró de nada. El árbitro felicitó a Quini por el remate”.

9 Félix Mourinho puede dar fe.

No hay pruebas que lo respalden porque en aquel partido no hubo cámaras de televisión, pero los que asistieron el 5 de septiembre de 1970 al Sporting-Os Belenenses del trofeo “Costa Verde” aseguran que nunca se ha visto un gol igual, ni de Quini ni de nadie. Asombrados espectadores relatan que Quini controló un envío en largo al borde del área y, después de quitarse de en medio a tres defensas con tres sombreros consecutivos, enganchó una volea sin dejar caer el balón que se estampó en la red de la portería defendida por Félix Mourinho, padre del después famosísimo José. “Gol de malabarista”, confirmaban las crónicas. Y lo de siempre: “El Molinón se vino abajo con los aplausos”.

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