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Ataques de risa, remates de cabeza y un secuestro: así fue la etapa de Quini en el Barcelona

El Brujo, que llegó al Barcelona siendo un veterano, dejó 73 goles de blaugrana, bromas memorables y un secuestro que le costó superar

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Las imágenes de Quini en el Barcelona

Vestuario del Salamanca. 5 de marzo de 1983. José Luis Romero da su primera y última charla a los jugadores del Barcelona. Es el entrenador tras el despido de Udo Latekk. Días después llegaría Menotti, pero a Romero le toca sacar adelante ese partido. Se dispone a cantar la alineación en un ambiente de crisis. Solo dos días antes habían despedido al técnico alemán, que había sido su jefe. La cosa no está para bromas. Caras serias, atentas. Hasta que Quini se empieza a tirar por el suelo del vestuario. Al Brujo le aborda un ataque de risa inadecuado por el momento y Romero mira al asturiano con una mezcla de alucinación y cabreo. Quini intenta reponerse. Incluso se disculpa sin parar de reír. No hay manera.

–“Lo siento, míster. Son estos hijos de p… ¡Qué me hacen reír! ¡Mire, mire como me hacen burla!”, se disculpa Quini, que no puede parar de llorar de la risa mientras varios compañeros, entre ellos el asturiano Julio Alberto, hacen muecas y burlas al Brujo mientras Romero habla de tácticas y estrategias. El cabreo del entrenador fue de aúpa. “No lo dejó en el banquillo de milagro”, recuerda Julio Alberto, autor intelectual de aquel despiporre en el vestuario.

La anécdota define a la perfección la etapa de Quini en el Barcelona. El Brujo tenía 31 años cuando cambió Gijón por la ciudad Condal. Fue la primera vez que salió de Asturias. El Sporting recibió 82 millones de euros por el traspaso. Quini dejó en Barcelona 73 goles y sonrisas. También títulos: dos “Pichichis”, dos Copas del Rey, una Recopa, una Supercopa y una Copa de la Liga. Rio e hizo reír. Hasta en el peor momento. Como el sonoro secuestro que sufrió el 1 de marzo de 1981, meses después de llegar al Barcelona. Aunque aquello al principio no hiciese ninguna gracia: fue un mazazo. Para él, para sus compañeros y para el equipo. “Íbamos primeros y nos desplomamos. No ganamos la Liga por su secuestro”, recuerda Amador Lorenzo, que coincidió con Quini en el Barcelona. El impacto psicológico en la plantilla quedó demostrado en el partido posterior a su secuestro. Los blaugranas jugaban contra el Atlético de Madrid. “No queríamos ni vestirnos. No sabíamos nada del Brujo, ni dónde estaba, y lo último que queríamos era jugar al fútbol. Nos obligó a jugar la Federación”, explica Lorenzo.

El Barcelona perdió ese partido, clave por la Liga. “Ni Dios habló de la derrota al llegar al vestuario, nos importaba un pepino. Seguíamos sin saber nada del Brujo”, relata Amador. El 25 de marzo fue liberado por sus secuestradores, tres parados desesperados a los que acabaría perdonando. A Quini le costó superar el trance. Y eso que los compañeros lo intentaron con lo que mejor dominaba el Brujo además del balón: la sonrisa. “Le gastamos alguna broma y se notaba que no lo había superado. Alguna vez nos escondimos en un armario del hotel concentración y al aparecer, Quini salió corriendo pidiendo ayuda. Otra vez, le dimos un buen susto y le tapamos la cara. Le dijimos: ‘Te vamos a matar’. Estábamos en un hotel en la zona del Tibidado y Quini salió corriendo en pijama a la calle”, rememora Julio Alberto, inseparable de Quini en Barcelona. “Íbamos mucho a tomar tapas y sidras al Centro Asturiano de Barcelona, que estaba en el Paseo de Gracia. Nos juntábamos con Enrique Morán, con Alexanco…Teníamos un grupo maravilloso. Quini era único, una persona que marca”, concreta el exjugador del Barcelona, actual director deportivo de la Piloñesa.

Pichi Alonso fichó por el Barcelona en 1982 y sobre el papel firmó su contrato para ser el sustituto de Quini, en la recta final como blaugrana. “Te meten esa responsabilidad y claro…Yo lo llevé fatal, pero Quini y yo nos reíamos mucho. El entrenador era Menotti, que a veces contaba poco con nosotros. Bueno, más bien pasaba olímpicamente. Los dos lo pasamos genial”, recuerda Pichi. El atacante, comentarista de partidos en la actualidad, era futbolista del Zaragoza cuando Quini fue liberado de su secuestro en la ciudad maña. “La comisaría a la que lo llevaron estaba muy cerca de donde vivía. Era el capitán del Zaragoza e intenté acercarme, pero me tuve que ir para casa de la cantidad de gente que había. Era increíble”, rememora el exfutbolista. “Quini era grande. Un tipo de p… madre. Recibía cientos de cartas todas las semanas y las leía todas, solía contestar. Era como un Beatle”.

Todavía recuerda Pichi como Quini le hizo una broma siendo un novato en el Barcelona. Él y un camarero con fama de gruñón en un hotel de concentración fueron las víctimas. “Me dijo que ese camarero tenía mucha mala leche y que íbamos a hacerle una broma tirando una botella al suelo. Me dijo, ‘Pichi, tú cuando venga a servir déjala caer y yo la pillo’. No pensé nada raro y cuando vino el camarero tiré la botella y Quini no la cogió y se rompió. Me miró muy serio y me dijo. ‘¿Pero qué haces, chaval?’. El camarero empezó a darme unas voces tremendas y Quini se reía por detrás”, dice Pichi, que todavía carcajea al recordarlo. Más serio se pone cuando analiza cómo cabeceaba Quinocho. Dice el exjugador que nunca ha visto tanta fuerza en una cabeza. “Era el mejor rematador que he visto con la testa. Se quedaba a practicar después de los entrenamientos y verlo era espectacular”.

Avala a Pichi el exjugador y exentrenador Víctor Muñoz, que también compartió vestuario con Quini en el Barcelona. “Llegó demasiado tarde. Sus mejores años los tuvo en el Sporting, pero aún así consiguió dos ‘Pichichis’ y ser una de las referencias del equipo. El barcelonismo lo adoraba. Después llegó Maradona”, recuerda Víctor. La vida de Quini era divertirse él mismo y divertir a la gente. Metiendo goles o haciendo bromas, da lo mismo”. Víctor todavía tiene imágenes guardadas en la retina. “Golpeaba al balón con la cabeza como si lo hiciese con el pie. Yo decía, ‘¿pero esto qué es? En el fútbol de hoy en día no veo a ningún goleador con esa cualidad”, asegura el exjugador. Víctor llegó al Barcelona después del secuestro de Quini. “No quería ni hablar de ello. Yo creo que dado su carácter que le quitasen la libertad le afectó mucho”, finaliza Víctor, que, como sus compañeros, recuerda a Quini como “un grande entre los grandes”.

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