Nos hizo felices: Rafa Gutiérrez y la huella de Mesa en una generación de sportinguistas
Si a tu jugador favorito lo apodaban «Siete pulmones», tú ya sabias lo que tenías que hacer en la pista de Begoña, en la escalera ocho de la playa o en entre el portón del garaje y el de las monjas de la calle Caridad

Mesa posa con el 9 de su amigo Quini. / Marcos León / LNE
Llegué a Gijón con apenas 6 años. Hasta entonces había vivido en Coballes; apurando la vida de un pueblo del que hoy una parte se encuentra sepultada bajo un pantano. Una salita de mi casa tenía (tiene en realidad) vistas a la escalera 8 de la playa; una playa a la que iba a la menor ocasión con la pelota debajo del brazo.
No tengo memoria de ningún tiempo en el que no me gustaran ni el fútbol ni el Sporting. Lloré derrotas, juré amores y odios eternos y los años me enseñaron también la cara más despreciable tanto del fútbol como del Sporting.
El Sporting y la playa marcan ese territorio de la infancia del que, como las primeras lecturas, estoy hecho. Decía uno de los personajes de la película «El secreto de sus ojos» que «Un tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios… pero hay una cosa que no puede cambiar. No puede cambiar de pasión». La pasión de la que habla la encarnaba el Racing de Avellaneda. Mi pasión siempre fue el equipo de mi ciudad y buena culpa de ello la tuvo un jugador, Manolo Mesa.
En los tiempos en los que a la chavalería no nos habían echado de los parques, la calle, la playa y los patios de los colegios, cuando íbamos a jugar no llevábamos la camiseta de nuestros jugadores favoritos, nosotros «éramos» ese jugador y teníamos que cumplir el rol. Si alguien era Quini se le exigían 8 goles por partido, solo podías ser Ferrero o Cundi si eras zurdo y en el caso del primero debías tener facilidad para sortear contrarios. Si eras Mesa el esfuerzo era innegociable. Si a tu jugador favorito lo apodaban «Siete pulmones», tú ya sabias lo que tenías que hacer ya fuera en la pista de Begoña, en la escalera ocho de la playa o en entre el portón del garaje y el de las monjas de la Calle Caridad. En este caso había que estar atento a que Antonio o Camilo no salieran a reñir si algún balón se estrellaba contra el cristal de la pizzería «Las Candelas».
Cuesta contarlo viendo el panorama actual, Manolo Mesa llegó de la Balompédica Linense y se convirtió en un jugador por el que se preocupaban especialmente el Madrid o el Barca de la época. 336 partidos, casi todos en Primera (una temporada la disputó en Segunda), siendo ejemplo. No creo que sea consciente de lo felices que nos hizo sentir a una generación. n
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