Doria, al borde de las lágrimas por el recibimiento de la afición del Sporting: "Ver que me recuerdan, que me piden fotos... Emociona"
"Este club lo fue todo en mi carrera futbolística; formamos un equipo temible", recuerda el poderoso central argentino
"Mi intención era la de quedarme a vivir en Gijón y entrenar equipos en el club tras retirarme, pero la enfermedad de mi padre cambió todo", afirma
"Ofrecí en su día al Sporting a Andrés Silvera, un '9' que estuvo probando en Mareo, pero no se dio... Luego hizo historia en Argentina", desvela

Víctor Hugo Doria, este viernes, en La Escalerona de Gijón, con la iglesia de San Pedro al fondo. / Ángel González
Ser Víctor Hugo Doria (Comodoro Rivadavia, Argentina, 1948) y tratar de pasar desapercibido en pleno paseo del Muro de Gijón es difícil. Diez años ininterrumpidos vistiendo la camiseta rojiblanca, en una de las mejores épocas del club, marcan. Incluso 43 años después de su despedida de El Molinón. Humilde, sencillo y huérfano del ego que se presupone a toda figura del fútbol, el argentino comparte, entre emocionado y ruborizado, su alegría por sentirse todavía tan querido por el sportinguismo. "Caminar y escuchar a tu espalda que digan: 'Mira, ese es Doria'... Pensar que me están nombrando, que hay gente que me recuerda... ¡No puede ser!", comenta a LA NUEVA ESPAÑA, con los ojos vidriosos, mientras apura un cortado en un café situado frenta la bahía de San Lorenzo. "Que me digan: '¿Me puedo sacar una foto con usted?...' Me emociona. ¡Hacía tanto tiempo!" , explica quien este domingo volverá a pisar el césped de El Molinón dentro de los actos del 120 aniversario del club. El homenaje ya ha comenzado. Lo lleva viviendo en la calle desde su vuelta a Asturias, desde Buenos Aires, hace escasos días.
"Fui un defensa central. Creo que era un tipo que se imponía, e imponía respeto defensivo. No era un Quini, ni un Enzo (Ferrero), aunque algún gol metía. Fui sencillamente un defensa firme, fuerte y confiable", resume Víctor Hugo Doria sobre el futbolista que llegó a Gijón en 1973 para marcar una época formando pareja en el centro de la defensa con Ricardo Rezza. "El Ruso (apodo de Rezza) era increíble. Al que había que anular del equipo rival, lo anulaba. Hablé con él antes de venir ahora a Gijón. Mantenemos mucho contacto. Él vive en La Plata", dice sin dejar de recordar, con esa entonación argentina que hace bailar la sílaba tónica, aquella frase que hacía temblar a los delanteros contrarios: "Rematalo Negro (apodo de Doria), que va herido". "Ese era el Sporting, el de Redondo, Cundi, el Ruso y yo en defensa, con Ciriaco por delante. El que cogía el balón y era puro talento, un espectáculo del centro del campo en adelante. Ese era un Sporting temible", recuerda.
No muchos saben que Doria estuvo muy cerca de hacer carrera en Gijón también como entrenador. En sus últimos tiempos como futbolista rojiblanco, la intención era la de colgar las botas, quedarse a vivir con su familia en Asturias y acabar de formarse como técnico en Mareo. "Había sacado ya el primer título y tenía apalabrado quedarme entrenar en la cantera, pero todo cambió cuando enfermó mi padre (Manuel Gregorio)", detalla. Volvió a Comodoro Rivadavia para centrarse en sus cuidados y allí, además de construir un gimnasio regentado por su mujer (Adela Muñoz), ideó el que sería el vivero de varias promesas del fútbol argentino. "Me animaron a crear una escuela de fútbol. La sorpresa fue que, de repente, se apuntaron como 200 pibes. Más adelante creció. Creamos el CAI (Comisión Actividades Infantiles) Comodoro Rivadavia", explica sobre el que terminó consolidado como una referencia deportiva de la región. Tanto que "Pekerman, entonces seleccionador juvenil argentino, siempre pedía partidos amistosos ante nuestros equipos porque de allí salieron muchos chicos seleccionables".
Entrenador en juveniles de clubes de la importancia en Argentina como San Lorenzo de Almagro (donde le descubrió como futbolista el Sporting) o Defensa y Justicia, Doria desvela que llegó a traer a Gijón a una joven promesa de Comodoro que terminó descartada por el Sporting. "Era un '9', todavía en edad juvenil. Estuvo probando en Mareo, pero no se dio y no se dio... Quizá porque entonces no era habitual firmar juveniles", comenta, con sonrisa irónica, en referencia a que en el club no le vieron aptitudes para quedarse a aquel jugador. "Después hizo historia en el fútbol argentino. Andrés Silvera es su nombre. Póngalo en Google y vea todo lo que consiguió", cuenta de un delantero que fue campeón de liga y máximo goleador con Independiente de Avellaneda, pasando por otros equipos como Huracán, San Lorenzo o el Tigres mexicano.
Volviendo a su época como futbolista en Gijón, Doria conserva fresco aquel gol de falta en El Molinón al Espanyol "cuando Novoa me llamó para salir los últimos dos minutos. La gente cantaba 'Doria, Doria'. Lancé con toda la fuerza que tenía un tiro libre sobre 'el Quillo' (Mesa). Fue un golazo. Debí tocar dos balones ese día y aquello fue lo máximo". También tiene presente el recuerdo del homenaje que se le brindó en el municipal gijonés nada más finalizar su etapa en el Sporting. "En mi casa hay una vitrina con todos los regalos y fotos de aquel día", afirma. Para lo que dice sentirse no muy preparado es para volver a pisar el verde de El Molinón este domingo. "Estoy entre contento y nervioso", reconoce, sin poder evitar volver a emocionarse. "El Sporting es todo, lo fue todo en mi carrera futbolística", asegura. Tiene previsto alargar su estancia en Gijón, donde ha viajado junto a su mujer, hasta el próximo día 4 de mayo, tiempo en el que tratará de cuadrar su agenda para volver a ver a los muchos amigos que dejó y también para rendir visita a la Virgen de Covadonga. Todo, sin contar las paradas para atender las peticiones de fotografías que tanto emocian a un ídolo muy presente para el fiel seguidor sportinguista.
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