Nada saca del bucle al Sporting de Gijón: derrota (2-1) en La Rosaleda
El equipo rojiblanco cae ante un Málaga muy superior tras adelantarse en el marcador con un gol de Duba que fue luego expulsado en el primer partido desde que se conoció la salida de Borja
El primer partido del Sporting de Gijón desde que la entidad rojiblanca dio a conocer que jugará ya sin entrenador acabó en una derrota (2-1) en La Rosaleda ante un Málaga superior. Mientras se decide el futuro, los rojiblancos han alcanzado otro hito en el presente: con esta derrota a domicilio ya van trece, un dato que supone la peor marca en la historia de la entidad en esta insoportable categoría que le tiene cogido por las piernas.
Hasta que el señor Óliver de la Fuente Ramos no descolgó el teléfono en Las Rozas, estaba el Sporting jugando en La Rosaleda uno de sus mejores partidos como visitante en meses, quizá en años. Este atemorizado grupo que sufre mal de altura a domicilio pareció exonerado de presión. Tiene estas cosas el fútbol, un deporte caprichoso e imprevisible. La renuncia de Borja Jiménez a liderar el siguiente proyecto pareció al principio animar a sus muchachos a jugar sin miedo y con más libertad hasta el punto de amenazar con asaltar uno de los campos más prestigiosos de la categoría. Fue un espejismo –duró unos instantes–. Incluso el entrenador se permitió la licencia de recuperar al denostado Perrin y apostar por un sistema con tres centrales que casó de maravilla con un arranque muy meritorio. Fueron quince minutos de un fútbol valiente y dañino, sin especular y donde los asturianos tuvieron varias ocasiones; incluso estrellaron un balón al poste. El esfuerzo, admirable y llamativo, se ganó el favor de la tecnología. Con suspense y tras el tiempo de revisión, Dubasin adelantó a los gijoneses en la Costa del Sol tras otra cabalgada de Guille Rosas. Pero, ya saben, no hay que fiarse de esta cuarta revolución que es la era digital. Porque el VAR, que había sido aliado del pingüino en su decimosexto gol del año –se dice pronto–, también le apartó del espectáculo cuando más estaba disfrutando, destrozando a la zaga malaguista a los espacios. Una patada karateca sacó a Duba del encuentro. Él no quería. Estaba de espaldas, mal perfilado. Pero el golpe dejó a Murillo con un hematoma, marca de guerra. Rafael Sánchez corrigió su acción y ahí cambió el encuentro.
Al menos por el momento. Los gijoneses no solo perdieron a su goleador, también a su único delantero y, después, el control del partido. Borja tiró sin referencia en unos instantes muy agobiantes para sus muchachos. Yáñez, pitado por La Rosaleda en su regreso al club donde se hizo hombre, sacó una mano valor gol a Izan –antes había sido Pablo Vázquez quien evitó el gol de Niño–. La parada del guardameta del Sporting sostuvo a su equipo. Y después fue Dotor quien entró en juego. El mediocentro, exoviedista y clave en este renacido Málaga de Pellicer, derribó a Gaspar para tapar un error de Murillo y lo hizo cuando el canterano aún debía correr cuarenta metros para alcanzar la guarida de Herrero. Era el último hombre, así que el colegiado murciano lo mandó a los vestuarios. La expulsión de Dotor fue un gran servicio para un Sporting ahogado, ya sin fuerzas, que pedía tiempo muerto cuanto antes. Aguantó la embestida como pudo el equipo gijonés, vivo y superviviente al descanso.
Y el Sporting volvió a ser ese equipo inconstante, acomplejado y frágil que acostumbra este interminable curso, sobre todo a domicilio. La expulsión de Duba le dio un mal viaje. Pareció tan aturdido que ni le afectó que luego le sucediese lo mismo a su contrincante. Se olvidó de atacar, se limitó a sobrevivir. Sin duda, un plan arriesgado en un campo desapacible como es La Rosaleda. Y el Málaga se le tiró a la yugular. Tanto que Chupe, un delantero que apunta a la élite, marcó un golazo que desnucó a su rival, muy limitado. Borja intentó dar aire a los suyos; mandó al campo a Otero y quitó a Gaspar. Luego incluso tiró abajo la defensa de cinco –entraron Kevin y Manu Rodríguez por Cuenca y Diego–. Sin nada que perder, mandó a los suyos a por el partido. También lo hizo Pellicer, que veía cómo se le escapaba el tren del play-off.
Pero los gijoneses recordaron viejas costumbres y, al final, abdicaron. Joaquín tuvo la pausa y los zagueros rojiblancos le dieron también el tiempo para pensar y mandar la pelota con sutileza a la red. La Rosaleda estalló y la gente brincó tanto que por un momento la tierra en Málaga pareció resquebrajarse. Gente llorando de felicidad en la Costa del Sol. Aficionados felices en Málaga, ilusionados con volver a Primera División tras pisar barro. Una imagen que contrasta con la depresión en la que vive este club, soterrado diez años en una tierra en la que no quiere estar nadie y en la que se siente superior por su condición e historia, pero cada vez menos temido y respetado por los rivales. Se va Borja y llegará el siguiente. Y el asunto cada vez parece más delicado.
Andrés: El primer partido del Sporting de Gijón desde que la entidad rojiblanca dio a conocer que juega ya sin entrenador acabó en una derrota (2-1) en La Rosaleda ante un Málaga superior. Mientras se decide el futuro, los rojiblancos han alcanzado otro hito en presente: con esta derrota a domicilio ya van trece, un dato que supone la peor marca en la historia de la entidad en esta insoportable categoría que le tiene cogido por las piernas.
Hasta que el señor Óliver de la Fuente no descolgó el teléfono en Las Rozas, estaba el Sporting jugando en La Rosaleda uno de sus mejores partidos como visitante en meses, quizá en años. Este atemorizado grupo que sufre mal de altura a domicilio pareció exonerado de presión. Tiene estas cosas el fútbol, un deporte caprichoso e imprevisible. La renuncia de Borja Jiménez a liderar el siguiente proyecto pareció al principio animar a sus muchachos a jugar sin miedo y con más libertad hasta el punto de amenazar con asaltar uno de los campos más prestigiosos de la categoría. Fue un espejismo –duró unos instantes–. Incluso el entrenador se permitió la licencia de recuperar al denostado Perrin y apostar por un sistema con tres centrales que casó de maravilla con un arranque muy meritorio. Fueron quince minutos de un fútbol valiente y dañino, sin especular y donde los asturianos tuvieron varias ocasiones, incluso estrellaron un balón al poste. El esfuerzo, admirable y llamativo, se ganó el favor de la tecnología. Con suspense y tras el tiempo de revisión, Dubasin adelantó a los gijoneses en la Costa del Sol tras otra cabalgada de Guille Rosas. Pero, ya saben, no hay que fiarse de esta cuarta revolución que es la era digital. Porque el VAR, que había sido aliado del pingüino en su decimosexto gol del año –se dice pronto–, también le apartó del espectáculo cuando más estaba disfrutando, destrozando a la zaga malaguista a los espacios. Una patada karateca sacó a Duba del encuentro. Él no quería. Estaba de espaldas, mal perfilado. Pero el golpe dejó a Murillo con un hematoma, marca de guerra. Rafael Sánchez corrigió su acción y ahí cambió el encuentro.
Al menos por el momento. Los gijoneses no solo perdieron a su goleador, también a su único delantero y, después, el control del partido. Borja tiró sin referencia en unos instantes muy agobiantes para sus muchachos. Yáñez, pitado por La Rosaleda en su regreso al club donde se hizo hombre, sacó una mano valor gol a Izan –antes había sido Pablo Vázquez quien evitó el gol de Niño–. La parada del guardameta del Sporting sostuvo a su equipo. Y después fue Dotor quien entró en juego. El mediocentro, exoviedista y rojiblanco y clave en este renacido Málaga de Funes, derribó a Gaspar para tapar un error de Murillo y lo hizo cuando el canterano aún debía correr cuarenta metros para alcanzar la guarida de Herrero. Era el último hombre, así que el colegiado murciano lo mandó a los vestuarios. La expulsión de Dotor fue un gran servicio para un Sporting ahogado, ya sin fuerzas, que pedía tiempo muerto cuanto antes. Aguantó la embestida como pudo el equipo gijonés, vivo y superviviente al descanso.
Y el Sporting volvió a ser ese equipo inconstante, acomplejado, frágil que acostumbra este interminable curso, sobre todo a domicilio. La expulsión de Duba le dio un mal viaje. Pareció tan aturdido que ni le afectó que le sucediese luego lo mismo a su contrincante. Se olvidó de atacar, se limitó a sobrevivir. Sin duda, un plan arriesgado en un campo desapacible como es La Rosaleda. Y el Málaga se le tiró a la yugular. Tanto que Chupe, un delantero que apunta a la élite, marcó un golazo que desnucó a su rival, muy limitado. Borja intentó dar aires a los suyos; mandó al campo a Otero y quitó a Gaspar. Luego incluso tiró abajo la defensa de cinco –entraron Kevin y Manu Rodríguez por Cuenca y Diego–. Sin nada que perder, mandó a los suyos a por el partido. También lo hizo Funes, que veía como se le escapaba el tren del play-off.
Pero los gijoneses recordaron viejas costumbres y, al final, abdicaron. Joaquín tuvo la pausa y los zagueros rojiblancos le dieron también el tiempo para pensar y mandar la pelota con sutileza a la red. La Rosaleda estalló y la gente brincó tanto que por un momento la tierra en Málaga pareció resquebrajarse. Gente llorando de felicidad en la Costa del Sol. Aficionados felices en Málaga, ilusionados con volver a Primera División tras pisar barro. Imagen que contrasta con la depresión en la que vive este club, soterrado diez años en una tierra en la que no quiere nadie y en la que se siente superior por su condición e historia pero cada vez es menos temido y respetado por los rivales. Se va Borja y llegará el siguiente. Y el asunto cada vez parece más delicado.
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