La plantilla del Sporting visita a La Santina y pide para que a final de temporada "le traigamos algo"
Rubén Yáñez y Alejo Sarco fueron los encargados de depositar junto a la Virgen una camiseta del Sporting y un balón, símbolos de la temporada que comienza

M.R.
Ni la lluvia quiso perderse una de las tradiciones más arraigadas del verano rojiblanco. Bajo un orbayu tan asturiano como el propio Santuario de Covadonga, el Sporting cumplió esta mañana con su habitual visita a La Santina para encomendar el inicio de una nueva temporada y pedir que el camino conduzca, esta vez sí, al ansiado regreso a Primera División.
“Esta lluvia trae buena suerte, con esta se gana”, bromeó el capellán del equipo, Andrés Fernández, nada más recibir a la expedición rojiblanca. Sus palabras arrancaron sonrisas entre jugadores, técnicos y directivos, encabezados por el presidente ejecutivo, José Riestra y Joaquín Alonso, Responsable de Relaciones Institucionales.
Para algunos futbolistas era ya una cita conocida. Para otros, en cambio, suponía el primer contacto con una tradición profundamente ligada a la historia del club. Entre los debutantes estaba también el entrenador, Nicolás Larcamón, que vivió por primera vez una visita cargada de simbolismo para el sportinguismo.
La expedición llegó en torno a las 13:30 a la Santa Cueva, despertando la curiosidad de decenas de visitantes. En plena temporada alta, el santuario presentaba una gran afluencia de peregrinos y turistas, muchos de los cuales observaron con sorpresa el entrenamiento improvisado y aprovecharon para fotografiarse con los jugadores rojiblancos.
Ya en el interior de la Cueva, y bajo la atenta mirada de la Santina, José Riestra tomó la palabra durante la ofrenda. El presidente expresó el deseo de que esta temporada “se pueda traer algo”, en una alusión al gran objetivo del club: el ascenso a Primera División.
El momento más emotivo llegó con la entrega de los presentes. Rubén Yáñez y Alejo Sarco fueron los encargados de depositar junto a la Virgen una camiseta del Sporting y un balón, símbolos de la temporada que comienza y de las esperanzas depositadas en ella.
La ceremonia dejó también pequeños gestos que hablan de la implicación del grupo. Ya cuando el acto llegaba a su fin, Guille Rosas se apresuró para coger una vela y dejarla encendida en la zona de ofrendas antes de abandonar el santuario.
Con el sonido de la lluvia acompañando toda la visita y la expectación de los numerosos presentes, el Sporting volvió a cumplir con una tradición que va mucho más allá del calendario. Una parada obligada en el camino antes de afrontar un curso en el que, una vez más, la ilusión viaja de la mano de la fe.
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