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"No hemos podido dormir", señalan muchos residentes en San Juan de la Arena

Los vecinos coinciden en que el parricida era un hombre poco conocido en el pueblo

Un cámara de televisión graba la puerta del apartamento en el que mataron a Amets y Sara Bilbao. RICARDO SOLÍS

Todos los viernes hay mercado en San Juan de la Arena. Es entonces cuando se comenta la vida que pasa y el sosiego cotidiano de una villa del Cantábrico con algo más de 1.500 habitantes. Los asistentes, ayer por la mañana, se mostraban indignados, consternados y alucinados mientras trataban de explicar lo inexplicable: que un padre asesinara a sus dos niñas, que lo hiciera a golpes y que, después, muerto por la culpa, se lanzase desde el viaducto de La Concha de Artedo de la Autovía del Cantábrico para fallecer contra el asfalto del antiguo puente, el de la Carretera Nacional.

La mañana comenzó con las unidades móviles de varias emisoras de televisión aparcadas en la avenida de Los Quebrantos, a la altura de la urbanización El Carrizal, el lugar en el que José Ignacio Bilbao presumiblemente mató a sus hijas pasadas las cuatro de la tarde de este pasado jueves. "No hemos dormido nada", explicó una vecina que hace corrillo con otras dos en una mercería de la misma avenida de Los Quebrantos en la que sucedieron los hechos. Frente a la tienda está el parque de La Arena donde los vendedores de fruta y verdura mantenían un interrogante en su rostro. "¿Cómo pudo ser?", se preguntaban. Los corrillos se multiplicaban por todas las esquinas. Y también la indignación. "Que salga el nombre de La Arena en la televisión por estas cosas...", se lamentó una de las mujeres, todavía sobrecogida y con la mirada puesta en los asesinatos de los hermanos Manuel e Isabel, en 2004.

Rosaura Heres, la del quiosco de Rosi, tomó la iniciativa de colgar en su escaparate dos lazos negros en señal de luto por las dos niñas muertas. "Sorprendidas, ¿cómo nos vamos a sentir?", añadió otra de las contertulias de la mercería. Los periodistas que se acercaron a La Arena entrevistaban a vecinos con la necesidad de discernir las causas del crimen del Carrizal. "Me lo dijo mi novio", contó María Montes, la camarera del Parque. "¿Cómo pudo hacer esto? Tenía que haber empezado por el final", se escuchó en el mercado de La Arena.

Pocos conocían a un hombre que no se quería dar a conocer. "Igual le puse un café, pero no le pongo cara", comentó el camarero de otro bar cercano.

En el entorno de la plaza de La Arena se trataba de retomar la forma pasadas las dos del mediodía. Los habitantes de la avenida de Los Quebrantos, donde murieron las niñas, se escondía. Era la hora de comer. La vida seguía.

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