Y no es para menos. Antes de separarse, la situación de deterioro económico había llegado a tal punto que Bárbara García se había visto obligada a recurrir a Cáritas. "Ella tenía que esconder la leche para que él no se la bebiese y dejase a las niñas sin ella", dijo una vecina, conocedora de la situación. Bárbara buscaba cualquier tipo de trabajo. Mientras la mujer trataba de conseguir desesperadamente comida para que sus hijas mantuviese la salud, al hombre se le veía por algún bar comiéndose una hamburguesa. "Estoy harta de que no le dé la gana de trabajar y no meta dinero en casa. No le voy a dar más de comer", dijo una vez a una vecina a la que pidió trabajo. Según otra, llegó a simultanear tres empleos, sobre todo de limpieza y hostelería. José Ignacio Bilbao era un "mantenido", que además no se cortaba en violentar verbalmente a su mujer. El año pasado tuvo que denunciarle y pidió una orden de alejamiento, pero el juez la denegó, dado que no se había producido violencia física. Ella pidió judicialmente que le entregase una pensión de alimentos, y le perdió de vista una temporada larga. El hombre regresó a su Basauri (Vizcaya) natal, a casa de su padre, que sólo le veía a la hora de dormir. La mujer, que había encontrado un nuevo apoyo sentimental, y que parecía superar un largo periodo de penuria, tuvo que denunciarle recientemente por los impagos de la pensión.

El pasado verano regresó a Soto del Barco, y alquiló un apartamento del San Juan de la Arena. De nuevo volvió a su política de siempre. Se le veía a todas horas por los bares, unas veces malhumorado, otras con la cabeza gacha y las manos a la espalda. Si le daba por hablar, siempre quería tener la razón. "Se daba ciertos aires", aseguró un hostelero de Soto del Barco. El tema de la separación lo llevaba mal, aunque lo expresase sibilinamente. "No se quejaba tanto de que su mujer estuviese con otro hombre como de que no podía ver a sus hijas más que unas horas, dos días a la semana", indicó un vecino de Soto. De trabajar, nada. Se dice que trabajó en Vizcaya en una fábrica, haciendo vasos de plástico, también en Cancienes (Corvera), incluso en una fábrica de pan, pero no hay seguridad sobre ello.

El día del crimen, que Delegación del Gobierno considera un caso de violencia de género, le pudieron ver a eso de las diez o diez y media de la mañana en el bar "Stop" de Soto del Barco, leyendo un periódico y tomándose un café al que le invitaron. Se le veía de lo más tranquilo. Luego se fue a la vuelta de la esquina, a la cafetería del centro de mayores, donde estuvo más tiempo, hasta eso de las doce y media o una de la tarde. Allí estuvo tomándose otro café, este con gotas. "Estaba de lo más tranquilo, como siempre. Me parece increíble que haya podido cometer algo así", indicó el dueño del bar. Bilbao Aizpurúa se marcharía luego a La Arena, pero regresaría para recoger a las niñas y llevarlas a su apartamento.

Fue allí donde se cometió el crimen, posiblemente poco después de llegar a la vivienda. No ha trascendido el motivo, la chispa que pudo impulsarle al doble crimen. La mecánica del mismo hace pensar en un suicidio diferido, en el que un suicida decida acabar con su familia más querida para darse fuerzas a la hora de quitarse la vida y para impedir que queden desamparados. Pero también puede estar la venganza, una venganza calculada desde hace muchos meses, perpetrada con una frialdad de psicópata.

Tras arrojarse desde el viaducto, a un conductor que pasaba por él le llamó la atención la forma en que el coche estaba estacionado y avisó a la Guardia Civil. Ésta descubrió el cadáver en poco tiempo, reventado tras estrellarse contra el quitamiedos y el asfalto. Contactaron con la familia que mostró su temor a que le hubiese pasado algo a las niñas.

Hora y media después entraban en la vivienda con las llaves del propio asesino. Una mujer lo decía ayer: "Ahora que estaban levantando cabeza, que se las veía sanas y felices, las mata. No tiene perdón de Dios".