Ciencias de la Tierra
Una nueva mirada al gran terremoto de Lisboa: el anillo de fuego” del Atlántico despierta de nuevo
Los científicos advierten que el borde que une Europa y África está cobrando vida 270 años después

Grabado de 1755 mostrando las ruinas de la ciudad de Lisboa en llamas y un maremoto arrollando los barcos del puerto. / Créditos: Autor desconocido, The Earthquake Engineering Online Archive - Jan Kozak Collection: KZ128, Wikimedia Commons.
Pablo Javier Piacente / T21
El devastador terremoto de Lisboa de 1755, que dejó en ruinas a la capital portuguesa y gran parte de Europa occidental, podría haber sido mucho más que un desastre aislado. Según un nuevo estudio, el temblor de magnitud superior a 8 en la escala de Richter no solo fue la peor catástrofe sísmica de su época, sino también una de las primeras señales de un proceso profundo en el fondo del Atlántico que de nuevo cobra vida.
Un equipo internacional de investigadores ha identificado, bajo el fondo marino frente a la costa suroeste de la Península Ibérica, una anomalía de alta velocidad sísmica que interpretan como un bloque de litosfera oceánica “desprendiéndose" del resto de la placa: un proceso que se habría iniciado con eventos como el abismal terremoto de Lisboa de 1755 y que modificaría las condiciones conocidas en el océano más tranquilo del planeta.
Según un artículo publicado en Science y el estudio que aparece en la revista Nature Geoscience, en el lecho marino frente a la costa de Portugal y España los especialistas han detectado fragmentos de la corteza oceánica que, empujados por su propio peso, se están hundiendo lentamente hacia el interior de la Tierra.
Este fenómeno altera la manera en que se distribuyen las tensiones bajo el mar. Aunque todo sucede a docenas de kilómetros de profundidad, esos movimientos pueden desencadenar terremotos de gran potencia. Para entenderlo mejor, los equipos científicos liderados por la Universidad de Lisboa, en Portugal, realizaron simulaciones por ordenador en las que recrearon dos bloques de corteza con características distintas: uno más fuerte y otro más quebradizo.
Una dinámica desconocida hasta hoy
Al presionarlos entre sí y dejarlos “envejecer” virtualmente, vieron en las simulaciones que tras millones de años uno de los bloques simplemente se separa y desciende. Esa caída genera empujes que viajan hacia la superficie y rompen la plataforma continental, provocando fallas que pueden dar lugar a eventos como el de 1755.
El trabajo, firmado también por investigadores de otras instituciones europeas, integra datos de sismómetros de fondo marino, tomografías teleseísmicas y modelos numéricos que reproducen la extracción del bloque litosférico y su impacto en la corteza. Además del terremoto de 1755, los autores también apuntan a otros eventos históricos, como por ejemplo los ocurridos en 1356 y 1761, como parte de un patrón regional coherente.
De hecho, esta misma dinámica podría explicar por qué en 1969, frente a Cabo San Vicente, ocurrió un terremoto de magnitud cercana a 8, sin apenas señales externas de montaña plegada o volcanes visibles en la región. La “ruptura desde abajo” es silenciosa en tierra firme, pero letal en el fondo marino, donde el deslizamiento de grandes bloques desencadena olas y movimientos bruscos que luego llegan a la costa.
Algo está cambiando en las profundidades
Luego de integrar los datos históricos y la nueva información, los geólogos propusieron que estamos ante los primeros pasos de un cinturón de actividad geológica que, lejos de parecer estable, podría volverse tan dinámico como el famoso arco volcánico del Pacífico. Con el tiempo, podríamos ver surgir nuevos volcanes o zonas de terremotos recurrentes a lo largo de todo el Atlántico, desde Islandia hasta el norte de África.
Referencia
Seismic evidence for oceanic plate delamination offshore Southwest Iberia. João C. Duarte et al. Nature Geoscience (2025). DOI:https://doi.org/10.1038/s41561-025-01781-6
De confirmarse esta hipótesis, el nuevo contexto obliga a replantear los mapas de riesgo. Las ciudades costeras, desde Lisboa hasta el sur de España y el norte de Marruecos, deberían considerar escenarios que hasta ahora parecían improbables. Los responsables de protección civil y los urbanistas tendrán que incluir en sus planes la posibilidad de olas gigantes, movimientos de tierra y hasta erupciones submarinas.
Ahora, será imprescindible ampliar las redes de detección en el fondo del Atlántico y mejorar los modelos que predicen esos despegues de corteza. La lección de 1755, mezclada con la ciencia del siglo XXI, parece entregar la evidencia en torno a que el Atlántico está despertando.
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